¿Titanic Celeste? ¿Espejismo sobre espejismo?

LOS ÁNGELES -- Un Cruz Azul inesperado. Un Monterrey inesperado. Un desenlace inesperado.

Rayados 1-0 sobre La Máquina. 1-0 de Pizarro que destrozó la pizarra de Caixinha. Y eso, es una bendición. Porque el Juego de Vuelta lo dirigiría Tarantino con el sable de Kill Bill: a matar y morir, con el marcador, y sólo el marcador, ensangrentado.

Un Cruz Azul impensable. Un Monterrey impensado. Y un final, con dos finales, para pensar.

Porque La Máquina no esperaba la horda regiomontana que le asaltó apenas el árbitro graznó. Porque Monterrey decidió dejar de lado la abulia, el oportunismo, y asumió de manera espléndida el compromiso.

Un Cruz Azul desafiado. Un Monterrey desafiante. Y un desafío final para ambos.

Ahora Rayados queda emplazado a repetir o mejorar incluso sus 90 minutos de este miércoles, porque demostró que debe.

Y La Máquina tiene citatorio ante el patíbulo: debe superar todas las actuaciones de la fase regular, porque sabe que puede y que debe... demasiadas ilusiones constipadas durante 21 años.

1-0, con una sonrisa incompleta de Rayados. Afortunadamente. Porque, seguramente, sin recovecos, coloquialmente, a todos nos espera un juegazo, con un Cruz Azul desesperado y esperanzado, y un Monterrey que esperará embestir sobre los pecados capitales del rival.

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Monterrey pega primero en la semifinal

Rayados se impuso en casa por la mínima al Cruz Azul y encarará la vuelta en el Azteca con ventaja.

La responsabilidad en La Máquina recae en todos. Las miradas en Rayados se centran en dos jugadores: Funes Mori y un exuberante Rodolfo Pizarro, que volvió a ser el de las jornadas épicas de Chivas campeón, y que se reclamaba para el Tri de Rusia.

Bajo la obviedad insultante de que el 1-0 es más frágil que corazón de quinceañera, Rayados podrá juguetear con el reloj, con la desazón y con el vértigo de sus contrataques, después de que este miércoles pudo engordar el marcador y el epitafio celeste.

Y bajo esa misma obviedad insultante, Cruz Azul ya conoce las reglas del juego, aunque le toca la edición más peligrosa, al no marcar gol de visitante. Y porque la tragedia tiene esa perversidad inmoral de ensañarse con los más necesitados.

Por eso, si el juego de este miércoles por la noche vivió momentos extremos de drama, desde el remate fulminante de Rodolfo Pizarro --más abandonado, ignorado y desatendido que un ciudadano en oficina de gobierno--, hasta el último centro pateado con más angustia que intención al área de Rayados, si fue así, el juego de este sábado, se vivirá con los pucheros exasperados del suspenso.

Columpiándose en ese gol, en ese 1-0, Monterrey tuvo capacidad de respuesta absoluta en la sublevación celeste. Incluso, en instantes de desesperación, se vio otra cara oculta de Cruz Azul, sí, esa, la de entender qué tan endeble puede ser, en un descuido, el castillo de fantasías construido durante 17 jornadas y la ronda de Cuartos de Final.

Conforme el reloj se desangraba, Cruz Azul iba renunciando a la elaboración para abusar de centros al área, e incluso mostró esos síntomas inequívocos de la desesperación: faltas innecesarias, disparos desesperados, caprichos de gloria individual, balones mal entregados, detalles que permitieron incluso a Rayados posibilidades de hacer un segundo gol.

Y ciertamente el diagnóstico de Pedro Caixinha no rezuma hipocresía. El técnico celeste cuestiona la actitud de algunos jugadores. Si el compromiso cojea, se paralizan la atención, la concentración, la devoción y el orden.

Eso le preocupa de su Máquina a Caixinha. El poderoso acorazado de los anteriores 19 partidos tuvo en Monterrey espectros de Titanic. ¿Espejismo sobre espejismo?

Por eso, un Cruz Azul sorprendido, un Monterrey sorprendente y una sorpresa generosa para el Juego de Vuelta. Amén.