Chris Paul, la esperanza de los nostálgicos

Los entusiastas del progreso vuelven a levantar la voz. Con calculadora en mano, con pragmatismo obtuso, saludan la llegada de los nuevos tiempos. "No se detengan, caminen. Avancen. Rápido. ¡Más rápido!". Computadoras más ágiles, vehículos más confortables, almas más dominadas. Naturaleza intervenida, mercados regulados, humanos de laboratorio hechos a la medida de las necesidades existentes.

No miren hacia atrás, el futuro está por venir. La cultura de videoclip no permite la reflexión. Detenerse para pensar está mal visto en la revolución de la utilización y el descarte. Del ritmo y la aceleración. Tomarse cinco minutos, moldear la obra en función de la belleza, es perder dinero. Matemática despiadada arruinando para siempre a la poesía.

El chip está instalado y no permite segundas opiniones. Será lo que tenga que ser y será cuanto antes. Los números justifican el progreso despiadado. Si esto da resultado, ¿para qué cambiar? Si esto es lo que funciona, lo que pide el cliente, ¿hacen falta modificaciones? Pensar diferente muchas veces trae problemas.

Sin embargo, a veces vale la pena ir en contra de los mandamientos, sobre todo si uno duda seriamente de quién fue el que decidió ponerlos en marcha.

Chris Paul es la esperanza de los nostálgicos. Una fisura instalada dentro de la Matrix construida a partir de estandartes de numerología extrema. Despacio, a velocidad crucero, abre el pergamino y presenta ante el mundo un básquetbol analógico en la era de las redes sociales.

Es la biblioteca cargada de libros contra el banco de Wall Street. ¿De qué lado te gustaría estar?

Avanza, entonces, el representante de los que ya peinan algunas canas. De los que aún pueden diferenciar un base armador de un escolta compulsivo. De los cazadores de emociones que entienden que el deporte se diferencia de cualquier arte por lo que transmite. Por lo que moviliza.

Esa es la representación de Paul para el mundo. El placer de ver que los que se toman el tiempo que necesitan sin que los apuren a los empujones, también pueden obtener triunfos sustanciosos. Que la belleza de lo diferente puede quebrar el patrón de la producción en serie. La sensación de que todavía tienen cabida los que leen los textos hasta el final. Los que son capaces de pasar la barrera del minuto sin despotricar. Los que les importa poco y nada los seguidores y las interacciones compulsivas. Los que saben qué hacer cuando se corta internet. Los que pueden hacerse un rato, sin excusas, para jugar con sus hijos sin pantallas de por medio.

Chris Paul es el ícono que nos lleva a lugares que parecían olvidados. A visitar panteones de sensaciones extinguidas. A contradecir la lógica imperante. Nos dice, en cada ofensiva de tránsito lento, que existe espacio para los que esperan sin desesperarse. Para los que escuchan sin mirar el reloj, los que postergan lo que haga falta para tomarse ese café pendiente, los que no sucumben a la tentación de comprar lo que se ponga en frente para pertenecer. Los que esquivan los algoritmos del deber ser. La gente grande, pero grande de verdad, sabe que la felicidad está en las cosas pequeñas.

Quizás no le alcance para ganar el campeonato. Quizás Phoenix Suns, con su básquetbol de ejecución armónica, no tenga lo necesario para quedarse con el premio grande. O quizás sí. De lo que sí estoy seguro es que nosotros, los que disfrutamos con esta idea utópica de forma y sustancia, extraída de otros tiempos, haremos toda la fuerza del mundo para que el milagro ocurra. Para que pueda conseguirlo, para codear a quien tengamos al lado y decirle: ¿Ves que se puede hacer? ¿Te das cuenta que las cosas pueden lograrse de otra manera? Detenerse para contemplar el paisaje. Mirar una vez más hacia atrás para abrazar distinto el presente.

La lucha contra los preconceptos, los dogmas y el utilitarismo extremo es una batalla de todos los días.

Lo impredecible, lo maravilloso, lo extraordinario, siempre está por suceder.

Allá vamos.