Tom Seaver y por qué en ocasiones realmente debes conocer a tus héroes

Para cuando tenía 5 años, ya entendía que Superman, Batman y Spider-Man realmente no estaban en algún lugar fuera de nuestro departamento en la calle West 10th.

Eso no aplicaba con Tom Seaver. Él era un súperheroe al que podíamos ir a ver a Queens.

El mejor pitcher del beisbol estaba en mi equipo, tenía mi nombre, usaba la misma gorra que yo tenía. Ciertamente él entendía por qué tomé un plumón negro y, con gran deliberación, consagré el dorso de una playera a rayas de los New York Mets con un maltrecho “41”.

Nunca perdoné a mis padres por dejar la ciudad de New York y mudarnos a Iowa (larga historia), pero aún lejos, cuando pasaba mis dedos sobre el trazo naranja de la “NY” en mi gorra, sabía que Tom Seaver estaba allí. Hasta que cumplí ocho años, conocí la real crueldad del mundo adulto a través de un cambio con los Reds. Mis padres tenían a Walter O’Mailley y yo tenía a M. Donald Grant.

Pese a que estaba en Cincinnati, Tom Seaver era mío y sabía que si él podía irse, eso significaba que podía regresar y sí volvió a los Mets en 1983 y entonces, conocí la agonía que aparece por querer que algo fuera como era antes. Seaver tuvo marca de 9-14 esa temporada. Tampoco fue un gran año para mis padres, quienes se separaron definitivamente.

Una de las primeras cosas que aprendí como joven escritor de beisbol era que más valía que estuvieras preparado para escuchar algunas cosas malas sobre los hombres a los que admiraste de niño. Esa risa de veteranos periodistas cuando preguntabas si este o aquél miembro del Salón de la Fama era “un buen tipo”. Con el tiempo, uno deja de preguntar.

Cuando cubría a los Mets en 1999 y se anunció que Tom Seaver regresaba al club como comentarista e instructor, tenía las cicatrices de casi tres décadas para prepararme para una decepción más, la que sabía que sería la mas dolorosa.

“Tom Terrific” llegó tarde a Port St. Lucie y dio una vuelta por el campamento en un carrito de golf, pero lo hizo ver como si estuviera en una carroza. Se deleitaba y saludaba de la forma que los dioses romanos y estaba claramente contento de ser Tom Seaver. Al final del día, los periodistas de diarios esperamos en el dugout por nuestra audiencia. También llegó tarde a ella. Volté a ver a Mike Vaccaro del New York Post, quien tenía mi edad y también era aficionado de los Mets, y le dije, “No me importa quién sea. Voy a destrozarlo”. Vac asintió con la cabeza.

Cuando Seaver finalmente tomó su asiento en la banca del dugout, se disculpó. Era un tipo encantador, pero, con la perspicacia de un ahora periodista con 29 años de experiencia que esto era sólo un acto que las leyendas hacen para los de afuera.

Ojalá pudiera recordar qué dijo, pero en un momento, hice una broma y Tom Seaver perdió la compostura. Total y ruidosamente. Yo me sonrojé. Vac se incline hacia mí y murmuró, “Eso fue incredible”. Le respondí también con un murmuro, “Lo sé”.

Ninguna otra persona con vida pudo haberme hecho sentir de esa forma. Batman no hubiera podido. El niño de 8 años que había llorado por un cambio en el beisbol aún estaba allí y no podía esperar a contarle sus padres, aunque tuviera que hacer dos llamadas.

Tom Seaver creyó que la broma era graciosa. Tom Seaver sabría mi nombre. Tom Seaver tomaría mis llamadas en el receso de temporada. Me contó algo gracioso que había dicho su esposa, Nancy, sobre cómo habían salido sus uvas ese verano, sobre cómo mi hijo tuvo que aprender a colocar ese pie en el piso si quería lanzar un gran slider.

Sí. Tom Seaver sabía exactamente lo grandioso que era, pero también sabía que su grandeza no era para que él se la guardara para sí mismo, porque era algo importante para gente como yo. Cuidó su leyenda como lo haría con sus uvas y yo sabía que andaba en el carrito de golf como un César romano, porque así era como los ciudadanos del imperio Mets necesitaban que actuara, el jugador más grande de nuestro equipo.

“¿Alguna vez te conté de la cena que organizo en Cooperstwon cada año?”, preguntó en alguna ocasión. “Somos yo, Sandy Koufax, Bob Gibson, Gaylord Perry y Warren Spahn. Sandy y Gibby son los únicos sin 300 victorias. ¿Sabes cómo los llamamos?”, ´dijo al hacer una pausa. “Nuestros cuarto y quinto abridores”.

Explotamos en carcajadas e inmediatamente, yo comencé a pensar en a quién podía contarle la broma.

Alguna vez me dijo al final de una conversación que siempre le gustaba hablar de beisbol conmigo, porque conocía el deporte. No me importa si realmente lo sentía. Tom Seaver quería que yo me sintiera incluido y eso, obviamente, era suficiente.

Ha sido mucho tiempo desde la última vez que hablé con él. Así pasa. Incluso a la distancia, Tom aún era mío. Fue devastador escuchar el año pasado que se retiraba de la vida pública por su demencia y que el ex Marine de Estados Unidos con una de las mentes más agudas en el beisbol desaparecía día a día.

Ahora recuerdo que amar a Tom Seaver siempre significó entender que algún día quizá tuviera que irse.