Rafa Márquez y el Síndrome del Fracaso

LOS ÁNGELES -- A falta de peras y manzanas (aún) en estas interacciones cibernéticas, aclaro puntualmente: fracasar no mutila ni estigmatiza a nadie como un fracasado.

El fracaso, a pesar de su rimbombancia fonética, de su estruendo fonético, es solamente la eventualidad y la posibilidad de empeñar la vida en la osadía de consumar algo.

Claro, hay niveles para fracasar. Yo puedo fracasar hoy tratando de argumentar ante Usted el fracaso de Rafa Márquez, pero mañana intentaré no fracasar argumentando algún otro tema. O al menos eso espero. Pero, si fracasan los misioneros de la ciencia en encontrar hoy la vacuna y la cura del COVID-19, se colapsa la humanidad… pero mañana volverán a intentarlo. Que yo fracase ante Usted, a lo sumo puede generarme una mentada de madre; si ellos fracasan hoy, será un día más de luto para la humanidad.

Sin peras ni manzanas, pues (de momento), en esta galaxia universal de la cibercomunicación, retomo las duras reflexiones de Rafa Márquez sobre el futbol mexicano, que son reiteraciones, tal vez más diplomáticas, porque las canas anestesian la beligerancia, ojo, sólo la narcotizan, no la aniquilan.

Alguna vez, con ellos todavía en activo, reporteé con Pável Pardo y Jared Borgetti sobre el trauma de las manos vacías de los jugadores importantes en México.

1.- Concluían algo que es totalmente irrebatible: se consideraban satisfechos con sus carreras exitosas, campeones en diferentes circunstancias, batallas y coliseos.

2.- Coincidían en algo que es totalmente comprensible: se consideraban insatisfechos, aún con sus carreras exitosas, porque muchas ilusiones, muchos sueños, muchas fantasías, quedaron truncas.

A eso me refiero al vincular a Rafa Márquez con el Síndrome del Fracaso, el cual, insisto, no lo convierte en un fracasado. Ni a él ni a quienes lo intentaron a su lado.

Además, recuerde Usted algo: Rafa Márquez fue el líder de dos generaciones y tal vez hasta de tres generaciones de futbolistas mexicanos. Tenía la autoridad de sus blasones por Europa, y, ni más ni menos, con el Barcelona, para ser, por ello, el adalid de la resiliencia mexicana.

Jugó los mundiales que quiso, y, dramáticamente, cuando regresó lastimadísimo de su funesto periplo de la MLS, y todos pensamos que regresaba a enterrar su osamenta en el retiro, escandalizó al asegurar que jugaría el Mundial de Brasil, mientras se preparaba para llevar al León al Bicampeonato.

Pero, ¿cree usted que satisfizo todos sus sueños e ilusiones y fantasías con la selección mexicana? Tal vez sólo parte de todas ellas.

De extracción rojinegra, en lo más álgido del proyecto Bielsa, cuando el Atlas le trasplantaría la medula espinal, la columna vertebral, a la selección mexicana (Oswaldo Sánchez, Márquez, Pardo y Borgetti), ni siquiera pudo alcanzar el primero de sus objetivos, ese Everest inaccesible de hacer campeón al mismo Atlas.

Pero, si en algo coincidían esos cuatro, era en trascender con el Tri. Charlas intensas e interminables sobre el quinto partido y más allá. Sueños legítimos, hambre legítima, anhelos legítimos.

Por eso, cuando este lunes, Rafa Márquez embiste –insisto sin la belicosidad de antes--, contra la forma torpe, aviesa, abyecta, corrupta, miope, negligente, bobalicona, mercenaria, suicida casi, en la que se maneja el futbol mexicano, en todos sus niveles directivos, más que poner el dedo en la llaga, ulcerada de fracasos, en realidad, en el fondo, es un desahogo de sus propios fracasos por metas rotas por manos ajenas.

Rafa Márquez, y tantos otros, otros muchos más, quisieron más, mucho más, en ese universo de sus posibilidades. En la conciencia desnuda de sus propios éxitos personales, Rafa Márquez sabe que había posibilidades de dar el gran salto, de ser mejores, de conseguir lo improbable y de atreverse a lo imposible.

Quiso ser un directivo genuino en el Atlas, porque entiende plenamente la mística poderosa y benditamente contagiosa, virulenta, de ese sadomasoquismo de ser Rojinegro, pero se encontró emboscado en una trinchera envenenada. Otro fracaso.

Quiso dirigir al gremio. Puso la cara y las finanzas, la voz, el mando, la imagen, para acaudillar el movimiento de jugadores en México. Lo traicionaron, lo abandonaron, fue abjurado por gente en la que confió. Porque encima, tras el problema legal con el Departamento del Tesoro de EE.UU., percibió de manera escandalosa y brutal la soledad del ex jugador, del hombre, del ídolo, que era no sólo abandonado, sino estigmatizado por ese futbol mexicano, por el que alguna vez apostó a muerte.

¿Me hago entender ante Usted, lector, ahora? Rafa Márquez, como otros, como muchos otros, ha visto cómo sus sueños, sus ilusiones, sus proyectos, sus fantasías de futbolista, fueron traficados, saboteados, mercados, saqueados, por una FMF y su sarta de dirigentes, manejando el futbol mexicano de esa detestable forma –reitero--, torpe, aviesa, abyecta, corrupta, miope, negligente, bobalicona, mercenaria y suicida.

Después de tantas vicisitudes, aún en medio de su olimpo personal de éxitos, Rafa Márquez debe entender, desconsolado, en medio de su pasión por el Tri –idéntica a la que Usted siente--, ese fragmento que inmortaliza el cuento Diles que no me Maten, de Juan Rulfo: “Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar, está muerta”.