Fue peor el silencio de Juan Carlos Osorio que el de sus propios jugadores

play
Juan Carlos Osorio: "¿Están listos para enfrentar a Brasil?" jugadores del 'Tri' no respondieron. (1:11)

El técnico colombiano recordó el duelo en el que México fue eliminado de Rusia 2018. (1:11)

LOS ÁNGELES - Después del hundimiento del 'Tri-tanic', Juan Carlos Osorio, decidió ahogar a cada uno de sus marineros y contramaestres, para confirmar que es un náufrago entre las desgracias ajenas.

En un deficiente “portuñol” (del híbrido de portugués y español), en charla con ESPN Brasil, el técnico colombiano aniquiló a la prole que dirigió el Mundial de Rusia, con una marca escarlata en la frente a todos y cada uno de sus integrantes: pusilánimes.

Relata en la entrevista, cómo le preguntó a todo el plantel, incluyendo a aquellas, las 'Divas Rubias' (aquellos seleccionados que en acto de rebeldía se tiñeron el pelo color güeros-colonizados), si estaban listos para enfrentar a Brasil en los Octavos de Final.

La respuesta que recibió el colombiano fue todo lo aparatoso y estruendoso que puede ser el silencio. Tan brutal, en tiempos de guerra, que el silencio apesta a rendición, a deserción. Y me recuerda el pasaje de Luvina de Juan Rulfo…

¿Qué es?, me dijo.

¿Qué es qué?, le pregunté.

Eso, el ruido ese.

Es el silencio…

En el afán casi genocida de aniquilar pública y moralmente a todos los jugadores de esa selección mexicana, bautizándolos como timoratos, Juan Carlos Osorio terminó por agregarse al exterminio propio. Al final, él era el líder.

Así como jactanciosamente describió su cronograma de la victoria sobre Alemania, como un 'pitoniso' iluminado, asegurando que en la víspera sabía casi, casi, hasta el minuto del gol del Chucky Lozano, y los cambios teutones, así debió reaccionar ante el silencio.

En la primera charla mano a mano con Osorio, le advertí: “Ojo, profe, el futbolista mexicano es un animal muy distinto del que usted pueda conocer”.

Osorio sonrío. “No se preocupe, no es distinto del colombiano”. Lo comprendió tarde. Lo entendió el Día del Juicio Final para el Tri en el Estadio Samara, cuando Neymar y Firmino, mataron las ilusiones volcánicas iniciadas ante Alemania, y que se fueron difuminando ante Corea del Sur, Suecia, y finalmente, los amazónicos.

El futbolista mexicano es mudo, más aún dentro de la cancha, lo he sostenido desde siempre. El mejor de sus líderes ha sido Cuauhtémoc Blanco, pero no con la lengua, porque de cada diez palabras, once son improperios y todos juntos, una obscena barbaridad o una bárbara obscenidad, pero que con actitud y futbol, es más fervoroso y genuino que cualquiera.

Así, el análisis de Osorio en ESPN Brasil, que tiene todos los elementos incriminatorios posibles, se recrudece cuando cuestiona la mexicanísima testosterona de sus capitanes: Rafa Márquez y Andrés Guardado, antes del juego con Brasil.

Les faltó “valor, valor… moral, para jugar contra los mejores”, arguye Osorio, mientras acompaña su discurso con ese gesto inequívoco al simular levantar las manos con puños de arena.

Explica Osorio que ante el ominoso ruido de semejante silencio—con las licencias de Rulfo--, les imputó a sus entumecidos y enmudecidos jugadores: “Yo estoy preparado, porque llevo 30 años trabajando para jugar contra los mejores”.

Ciertamente el colombiano equivocó la estrategia en el vestidor, como aceptaría que lo había hecho en el pizarrón ante Suecia.

Osorio propaga y propala que es un acucioso técnico, un estratega exquisito, pero, además, un hombre capaz de tocar y retocar el alma del futbolista. En una charla, me mostró una conversación a través de WhatsApp con Edwin Cardona, en la que el jugador le agradecía vivir su mejor –y efímero-- momento como futbolista.

Curiosamente, entre el arsenal de refuerzos motivacionales, como las parábolas anodinas del sembrador de bellotas, Imanol Ibarrondo; la otrora belicosidad de Gerardo Torrado, sus camisetas incendiarias (“Cero excusas”), y la fe en el liderazgo de Rafa Márquez, el mismo Osorio terminó por claudicar en uno de sus mayores alardes: el don de la palabra.

Tal vez Osorio no se dio cuenta, pero terminó por enmudecer ante los que critica que enmudecieron. Su silencio no fue mejor que el de ellos. Más grave aún, su silencio fue cómplice del de ellos. Peor aún, su silencio fue más desalentador que el propio silencio de los jugadores.

La alienación y la alineación de esos miedos silenciosos o de ese silencioso miedo, debió intimidarlos más que la alineación de los alienados maravillosos de Brasil.

En su alocución con ESPN Brasil, Osorio se embadurna de inocencia, ante un análisis obsoleto entonces, obsoleto hoy, y obsoleto siempre: “Brasil tiene mejores futbolistas que México”, dijo para justificar la impotencia de los impotentes.

Al final, aunque las partituras de Hollywood son un irritante y quimérico desafío a la vida real, le regalo a Don Juan --por aquello de las docenas de rosas que envió a numerosos domicilios en México—Carlos Osorio, una extracción fascinante del discurso de Tony D’Amato (Al Pacino) de la cinta Any Given Sunday (Un domingo cualquiera).

“Eres el tipo importante, al que todos van a mirar primero, el líder de un equipo, al que van a respaldar a muerte cuando ellos te comprendan. Eres el tipo por el que se van a romper, el cuello, las costillas y las narices, porque creen en ti. Porque tú los haces creer”.

Queda pues claro, que a los enmudecidos jugadores mexicanos en los vestidores de Samara, les sobraron los Osorios, los Márquez, los Ibarrondos, los Cantú y los Torrado, y les hizo falta alguien con la ficción beligerante de Tony D’Amato.

Otra joya: “Un domingo cualquiera ustedes van a ganar o perder. El punto es, ¿pueden ganar o perder como hombres?”. Al final, en el vestidor de Samara, debieron abundar bocadillos de queso… para todos.