La maldición de Cruz Azul contagia hasta a Vikonis

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Mario Carillo: "Hoy sin duda faltó el Cabecita Rodríguez a Cruz Azul" (1:34)

El ex entrenador analiza el empate de la Máquina ante Puebla. (1:34)

LOS ÁNGELES -- Cada partido, el arquero Nicolás Vikonis tiene una rutina astral, mística, esotérica. De cara a su portería, dibuja universos de superstición y de fe. Invoca las siete Chacras. Evoca energía. Hace un ceremonial de Reiki y asegura que a través de esa danza de sus manos, de esos trazos, como teatro guiñol de la esperanza, protege su portería.

Le ha funcionado. Este viernes por la noche, el portero uruguayo atajó siete disparos domiciliados a la red y al marcador. ¿Uno por cada Chacra? Tal vez. Pero, hubo un octavo disparo. De un descreído. De un apóstata: Orbelín Pineda. Y terminó en gol. Era el minuto 92.

Puebla 1-1 Cruz Azul. Lo que Vikonis ignora es que Cruz Azul ahora exorciza sus propios demonios y sus propias maldiciones. Hoy, Cruz Azul ya no #Cruzazulea, sino que ahora, es el que impurifica a sus adversarios. Hoy #Cruzazulear se conjuga en tercera persona.

Sobre la anegada cancha del Estadio Cuauhtémoc, cuando el segundero cumplía ya su ronda 92 en el reloj, y con el Puebla irguiendo un infranqueable muro para salvaguardar el 1-0 (gol de Pablo González al ‘47), los Camoteros dieron positivo del #Cruzazulvirus.

Vikonis había sido el héroe. Había sido inmortal. Sus siete chacras custodiaban el arco. El uruguayo había guarnecido tan milagrosa como estoicamente su portería. Genuinamente, con cutículas y con dientes.

Cruz Azul se le plantaba en el área con cartucho cortado, pero Vikonis homenajeaba su nombre. Nicolás significa “victoria del pueblo”, y él trataba de rescatar la victoria del Puebla, mientras a sus costados, sus compañeros hacían gala de cabriola y media para ayudarle en la proeza.

El técnico Juan Reynoso había mandado hasta al genial responsable del Twitter del Puebla al área. Cruz Azul presionaba, desesperado, herido, por esa fastuosa creación de Cristian Tabó por derecha, hasta el tristón desvío de Catita Domínguez, y el bestial bazucazo de Pablo González, para la esmirriada ventaja poblana.

Pero, al 92’, de lo profundo del bosque poblano, sale un despeje por el centro de la cancha, en el límite del área. Orbelín Pineda hace todo de manera soberbia en un solo toque: controla, adelanta, perfila, y el zapatazo penetra arriba a la izquierda de Vikonis, donde ni arquero ni los espectros mágicos de sus conjuros pueden llegar.

Era el 1-1. Nuevamente, Cruz Azul ratifica que ya no la #Cruzazulea, sino que la maldición la esparce como virus fatalista de la cancha y del marcador a sus contrincantes.

La lluvia se encaprichó en ser tormenta este viernes en Puebla. Y arruinó la prometida fiesta. Encharcada la cancha, el trámite del juego se fue complicando. Sufría más Cruz Azul para desarrollar su juego, afectado por la ausencia de Cabecita Rodríguez, aunque tuvo a bien no perder la calma con el gol en contra.

Por adrenalina no quedó. Por testosterona, no hay queja. Quisieron ambos, Puebla y Cruz Azul, con momentos de mucha distinción por parte de La Máquina, pero, estaba ahí Vikonis, que repelió a los siete mensajeros del mal, hasta que llegó el francotirador Orbelín a escribir la historia definitiva del 1-1.

Antes del partido, los jugadores de Cruz Azul desoyeron el reglamento para hacerse oír. Mostraron una manta de solidaridad con su presidente, Guillermo Álvarez Cuevas, contra quien se ha girado orden de aprehensión por delincuencia organizada y lavado de dinero, no mucho, apenas unos 114 milloncitos de pesos, unos cinco millones de dólares.