Zidane hereda el patíbulo a Koeman

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Real Madrid, justo ganador del Clásico ante un Barcelona sin creatividad (2:41)

Mauricio Ymay analiza el triunfo merengue en Camp Nou, luego de caer a media semana en Champions League. (2:41)

LOS ÁNGELES -- Zinedine Zidane entró al Clásico por la puerta del caos. Ronald Koeman sale del Clásico por la puerta con destino al caos. Barcelona 1-3 Real Madrid, aunque en la trinchera azulgrana le llamen “Real VARdrid”.

Koeman apostó por el cunero: Pedri y Fati, como acólitos de un sacristán oteando el retiro de la parroquia: Lionel Messi. Un doloroso bautizo de fuego para ambos con la catedral del Clásico en llamas. La audacia, la temeridad, tuvieron, sin embargo, un precio elevado.

Un partido a la altura, no de sus antecesores ni de sus antecedentes, sino de esa irregularidad manifiesta del presente de ambos equipos. Sin embargo, emotividad hubo, y la enmarcan un par de atajadas, especialmente la de Courtois a disparo de Messi.

Tras el bochorno ante el Cádiz y el Shakhtar, hubo orden en la Casa Blanca. Pero, mientras los párvulos del Barcelona son una apuesta, Zidane apagó la hoguera en leña verde a la que querían arrojarlo, con esa virtud que es la experiencia, en las tres anotaciones.

0-1, Piqué se le obsequia a Karim Benzema, quien como billarista anónimo, filtra el balón y coloca frente al gol a Valverde, quien le pega con la codicia habitual y una clase desconocida.

1-2, y revolotea esa relación incestuosa del Madrid con el VAR, que la vuelven más morbosa la teatralidad de Sergio Ramos y el bobalicón de Lenglet jalando la camiseta. Ramos cobra el balón titubeando, pero titubeó más Neto al ir por el balón.

1-3, luego de que Luka Modric se veía más nervioso en ese ritual fascinante antes de ponerse las espinilleras que al consumar el gol. Besa en los cuatro puntos cardinales las imágenes de su familia y de Jesucristo impresos en sus escudos de fibra de carbono, antes de ajustárselos y entrar a la cancha. Y el gol lo hace con la majestuosidad del Balón de Oro 2018. Recoge la pelota, tira la pared, acude al centro, amaga, recorta, y embelesa golpeando con la parte externa de su pie derecho.

Los viejos lobos del Real Madrid, rescataron a su entrenador en llamas. Ganar un Clásico, de visitante y con un marcador, aunque mentirosón, como el 1-3, devuelve la calma a un equipo que aún tardará en tomar su mejor forma.

Con el Barcelona es la apuesta tan necesaria como urgente. Metamorfosis precipitada. Queda la duda sobre si la reprimenda pública de Koeman, dejando en el aislamiento a Griezmann, no fue exagerada. La cuota ha sido elevada: perdió uno de los dos juegos que no debe perder en La Liga.

Sin embargo, osado y esperanzador, el entregarle las bayonetas a Pedri y a Fati, y cuando llegue el momento, este 1-3, será una delicia del anecdotario. A ellos se agrega Sergiño Dest, quien ratifica su solidez y su aporte.

El acercamiento de Coutinho y Pedri deberá prosperar, y no es fácil convertirse en la liebre del galgódromo, como lo hizo Ansu Fati, irrespetuoso con los años de Ramos y compañía. Messi, empeñoso, pero ya los regates cortos, y esas embestidas que derribaban murallas, se quedan en esa milésima de segundo tardía del último toque.

Donde le duele al Barcelona es en la palabra no cumplida por Koeman. Había descartado a Piqué y a Busquets, pero reculó. En este Clásico, ambos le firmaron la renuncia. Piqué llegó tarde e indeciso, entregado, a coberturas. Pero, también fue culpa de Busquets, porque Valverde se dedicó todo el partido a recomendarle las ventajas de buscar su futuro en la sección “asilo de ancianos” en el directorio telefónico.

Y claro, Koeman debe explicaciones. Dieciocho minutos después del penalti de Sergio Ramos, y el 1-2, decidió voltear a la banca. Hace cambios masivos ¡hasta el minuto 82!, buscando soluciones en quienes sólo han representado problemas: Griezmann, Dembelé y Trincao. Estertores sobre la plancha de autopsia. Y a un Jordi Alba que reclamaba silla de ruedas, lo releva con Braithwaite. A los cuatro los subió al patíbulo.

La victoria retoca las circunstancias de la víspera.

Así, Zidane vuelve a hacer de las suyas. Embalsamado como estaba por los dramas ante Cádiz y Shakhtar, saludaba, temporalmente tal vez, desde el pent-house de La Liga.

Koeman sufre por los consumados boquetes entre Piqué y Busquets, pero bajo la urgencia de que sus ungidos, Dest, Pedri y Fati, maduren antes de que los bajen del árbol.

Lo único intocable ha sido el VAR. Vive entre las sospechas en La Liga. Aunque, el jalón sobre Ramos tiene como prueba testimonial un metro y media de tela de magnífica calidad estirándose. Y en el impacto sobre Messi en el área, Casemiro miró y pespunteó perfectamente al balón antes que al jugador.

Ley de vida: todo cambia, para que todo permanezca igual.