Cruz Azul, narcotizado por el triunfo ante Pachuca, pero no sanado

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Juan Reynoso pidió paciencia para un Cruz Azul que "empieza a gatear" (0:37)

El timonel de 'La Máquina Celeste' afirmó que intentar jugar con espectáculo no rindió frutos, por ello han optado por un sistema que los acerque más a la cosecha de puntos. (0:37)

LOS ÁNGELES -- La victoria anestesia, narcotiza, pero no necesariamente cura. Cruz Azul respira mejor, pero no está a salvo. Aún hay un silbido entrecortado de agonía. Se debate, aún, entre la eutanasia y la salvación.

El respirador artificial llegó de Pachuca. 1-0 sobre Tuzos, que sigue esperando magia de Pablo Pezzolano, quien no es Harry Potter, si acaso un ilusionista de kermés.

Las formas importan en un equipo como Cruz Azul. Un equipo de la élite no puede alimentarse de bazofia. Y ganar como le ganó a Tuzos fue como arrebatarle el mendrugo a otro menesteroso. Así no.

La Máquina de 2020, que resistía incluso ausencias como las del lunes por la noche (Luis Romo, Cabecita Rodríguez y Pablo Aguilar), sigue varada, estancada, secuestrada por aquella, la más triste de sus noches tristes, aquella #MegaCruzazuleada ante Pumas.

El festejo mismo del gol de Juan Escobar, entre una defensa hidalguense que seguramente tomó un curso dinámico de “Cómo no jugar el área” por parte de Chivas, esa celebración misma no tuvo el furor de la fe, de la confianza, del merecimiento, sino del alivio, del sosiego, del desahogo.

Ese festejo del gol de Juan Escobar no fue un festejo para mirar el futuro, sino para ocultarse de su pasado, de esos 23 malditos años de lastre de su pasado.

En tiempos de tormenta, como estos que vive Cruz Azul, el triunfo es un cómodo cobijo, pero es también un frágil, conformista y burdo argumento. Porque, cuidado, el Tsunami sigue afuera, pero, lo más grave, el Tsunami permanece adentro del equipo.

“Se trabaja mejor en la semana”, suelen decir los entrenadores, en un mensaje percudido de fracaso. Olvidan, quienes lo enuncian, que la victoria debe ser su modus vivendi, no su escondite. Pensar así es ampararse bajo el primer mandamiento del decálogo del fracaso.

¿Mejoró Cruz Azul? Si la desesperación por la supervivencia es la única prioridad en un equipo de futbol, lo hizo bastante bien. Entregó al rival la pelota, la responsabilidad, la iniciativa y su dignidad, y se acomodó en el fondo de su trinchera dispuesto a morir más que a matar.

Mientras los desordenados Tuzos de Pezzolano no supieron qué hacer con semejantes ofrendas, de 22 remates consumados sólo seis fueron al arco, y ahí estaba Jesús Corona, quien este martes cumple 40 años, 12 de ellos ya en ese inmenso, celeste y poco celestial Valle de Lágrimas de La Noria.

Pachuca, confeccionado tácticamente para no ganar por parte de Pezzolano, no supo resolver el retrógrado y huidizo crucigrama de resignación expuesto por Cruz Azul, y cargó con la derrota por su pusilanimidad.

El gol llega por un cabezazo de Juan Escobar. Un espléndido remate, en medio de los atolondrados Luis Chávez y Mauro Quiroga. La televisión traería la imagen de Jesús Corona en el otro extremo. No celebra, resopla; no festeja, exhala.

Si el 1-0 tiene la vestimenta del engaño, pudo ser aún peor. Al ‘68, el árbitro demuestra que debió tomar el curso en la escuela nocturna de Chiquidrácula Rodríguez o de César R. Palazuelos. Un claro penalti de Erick Aguirre sobre Adrián Aldrete lo castiga con bote de balón para el Pachuca.

Y los Tuzos ya habían pasado de la desorganización a la desesperación y el desorden, cuando en los minutos finales, El Piojo Alvarado, con piojoso remate, con todo a favor, perdona al Pachuca.

Las victorias, insisto, a veces narcotizan, a veces anestesian más de lo que curan. Para valorarlas, hay que dimensionar el rival ante el que se consiguen. Y este triunfo de Cruz Azul fue tan pequeñito como pequeñito es el Pachuca, y como pequeñito fue el espíritu de la misma Máquina.