Cartas desde Barcelona: "Radomir, te quiero"

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Barca rechazó propuesta de rebaja salarial (2:51)

En Jorge Ramos y Su Banda, Moisés Llorens informó que el presidente Josep Maria Bartomeu se reunió con los capitanes del equipo para encontrar una fórmula que permita reducir una parte del salario de los jugadores mientras dure la crisis del coronavirus. (2:51)

‘Radomir Radomir, Radomir te quiero’ bramaba el fondo del Vicente Calderón, obligando a todo el público a sumarse al cántico que atronó durante años en el desaparecido y nunca olvidado estadio del Atlético de Madrid. “Duró hasta el éxito de Simeone, hoy ya no se escucha, pero seguro que en el primer partido que volvamos a jugar en el Metropolitano lo cantaremos a pleno pulmón” recuerda un veterano hincha colchonero, abrumado, como todo el mundo, por la noticia de la muerte de Radomir Antic.

Y es que Antic, fallecido (Fallece Radomir Antic, ex técnico del Barcelona, Real Madrid y Atlético) este lunes a los 71 años, no era un personaje cualquiera. Único entrenador que en LaLiga (además de Zaragoza, Oviedo y Celta) dirigió a Real Madrid, Atlético y Barcelona, dejó un imborrable recuerdo en los tres grandes de España y ni el despido que sufrió en el Bernabéu (era líder) provocó que tuviera una mala palabra para el club, por más que nunca ocultó su pesar por la manera en que le trató Ramón Mendoza aquel mes de enero de 1991.

“No mira, de eso no te voy a decir” solía contestar, ya fuera por teléfono o caminando por los pasillos del Camp Nou, durante los escasos cinco meses, incendiarios, en que dirigió al Barça y en los que, contra todo, evitó el hundimiento definitivo de un club en barrena. “No te voy a decir” si era verdad que tal o cual jugador había llegado tarde a un entrenamiento, si aquellos dos habían casi llegado a las manos en el vestuario o si el presidente le había prometido bajo mano un contrato más largo para obligar al que ganase las elecciones a mantenerle… o Pagarle un cuantioso finiquito.

A Antic le dolió, también, que Joan Laporta, el ganador de las elecciones de 2003, no tuviera ni la amabilidad de hablar con él, pero ese dolor quedó en cuatro palabras sin apenas acritud. “Tendrá mucho trabajo si quiere cambiar este club” le justificó… Pero triste por no tener la oportunidad de dirigir un proyecto propio en un Barça que entendió, desde el primer día, era “diferente”… Aunque no más especial que el Atlético.

“LO PAGO YO”

“Decía que jugaba mal… porque no se atrevía a admitir el miedo que tenía del Barça” sintetizaba al recordar la razón por la que Mendoza le echó del Madrid a media temporada 1991-92, argumentando en que su equipo “no da espectáculo” en contraposición a un Dream Team que brillaba en el campo y ya le había quitado el podio en España.

Aunque entonces, seguro, desconocía que el destino le tenía guardado un lugar de honor en la historia del Atleti. Desde su victoria en las urnas en junio de 1987 y hasta el final de la temporada 1994-95 Jesús Gil cambió ¡30 veces! de entrenador. Desde Menotti y hasta Clemente, pasando por Luis Aragonés o Jair Pereira, el Atlético fue una trituradora de entrenadores… Hasta su llegada Gil tuvo a 19 técnicos distintos y él estaba llamado a sumarse a esa larga lista. Pero cambió la historia.

“Lo único que hice fue ayudarles a creer” solventó años después al referirse al milagro que protagonizó en el Calderón. Un milagro que comenzó con una discusión con el presidente y que cerca estuvo de motivar su salida antes de empezar. ¿Qué ocurrió? Pasó que Antic aconsejó el fichaje de un tal Milinko Pantic, un yugoslavo que jugaba en un equipo menor de Grecia y que Gil, que no le conocía de nada, sospechó era un ‘amigo’ o ‘negocio’ del propio Radomir.

El fichaje costaba 500 mil dólares de la época y Gil solo resolvió aceptar a ese desconocido yugoslavo cuando Antic le espetó “si no funciona, yo pago la mitad de mi bolsillo”… Y Gil, lo confesaría tiempo después, le había tomado al vuelo aquella promesa suicida. Pero Pantic, el tipo que llegó a tener dedicado en cada partido un ramo de flores al lado del corner, se convirtió en una leyenda.

Y ocurrió que el Atlético pasó de flirtear con el descenso las dos temporadas anteriores a convertirse en un equipo mayúsculo en aquella 1995-96. La llegada de Pantic, junto a la de Molina en la portería y Penev en el ataque, se sumó al crecimiento de Simeone en el centro del campo, a la eclosión de Caminero… Y el Atleti se llevó el doblete. ¡El doblete! derrumbando al Barça de Cruyff, el técnico que cuatro años antes había provocado su despido en el Bernabéu.

“Radomir Radomir, Radomir te quiero” resonó durante años en la grada del Vicente Calderón, donde nadie olvidó nunca la gesta de un Antic que, ley de vida, ley de Gil, acabó en falso su carrera en el banquillo del Atlético, sustituido por Arrigo Sacchi en el verano de 1998 porque el presidente entendía que el equipo precisaba “un arreón”… Desconocedor que meses después tuvo que volver a intentar salvar el barco.

Pero ya era un club en derrumbe y tal como vivió la gloria del doblete en 1996 sufrió el drama del descenso cuando en el año 2000 sustituyó a Claudio Ranieri y lloró en el banquillo del Carlos Tartiere un empate frente al Oviedo que condenó al equipo. “Creo que es la única vez que el fútbol me ha provocado una tristeza tan grande” explicó tiempo después… Recordando que ni aquel drama provocó que la hinchada dejase de quererle y que se convirtiera en una leyenda colchonera.

“¿Me dices que el Barça es un club difícil?… Pues no sabes qué es el Atleti” sentenciaba, con una sonrisa en la primavera de 2003, con un café en la mano y feliz por una aventura que no esperaba meses antes y que tomó al vuelo, sin tan solo discutir su salario con un Joan Gaspart que le recibió un dos de febrero y dimitió de la presidencia apenas una semana después.

“He sido un tío con suerte. Entrené a jugadores fantásticos y disfruté con ellos en los clubs más grandes” explicó una vez, allá por 2015 y tras su última experiencia, al mando del Hebei Zhongi de China.

La suerte, para muchos, fue conocerle y tomarle prestada su despedida en cualquier charla: “Un bratzo”. Era su manera de decir abrazo… Una palabra que, confesó en voz baja, ya sabía decir. Pero que no habría pasado a la leyenda que le acompañará por siempre.