Suárez, un guerrero mandado a hacer para Simeone

Luis Suárez, un jugador y guerrero hecho para el Atlético Madrid del 'Cholo' Simeone. EFE

Entrenamiento de Uruguay en Nizhni Novgorod, Rusia. El único abierto íntegramente para la prensa y público en general. Al finalizar, los hijos de los jugadores ingresan al campo y empiezan a correr y jugar. Suárez y su hija Delfina se van contra un arco a hacer paros de mano. El equipo de ESPN lo nota y Jean Claude, el cámara, lo filma. La imagen se divulga tanto al aire como por redes. Horas más tarde, ya desde el hotel, decido enviarle el material a un amigo del jugador para que se lo haga llegar. Pocos minutos después me llega la respuesta de Suárez: "¿Preguntale si sabe quién ganó?”.

La anécdota pinta a la perfección el grado de competitividad de Suárez. Sea en una Copa del Mundo, la Champions, La Liga, un entrenamiento o un juego con su hija, Suárez quiere ganar. Siempre. Ese rasgo identitario lo define. Y en la búsqueda casi obsesiva también quiere ganarle a quienes lo critican y a quienes no confiaron en él. Torcerle el brazo, demostrarle que están equivocados.

Todos sus grandes logros se explican desde la competitividad, rebeldía, capacidad de superación, características salientes desde que era niño. Es que Suárez vivió de desafío en desafío.

Nació en Salto, en una familia muy pobre. Vivió en una casa que daba a los fondos del cuartel en el que trabajaba como soldado su papá. Junto a sus hermanos, Luis recolectaba naranjas del patio del cuartel para cambiarlas por otros alimentos. La pobreza se agravó cuando la familia emigró a Montevideo. Vivían con su mamá en una pieza de pensión y mientras ella trabajaba Luis y sus hermanos pedían comida en las panaderías.

En esos primeros años, en los que las personas comienzan a formar su personalidad, en los que se moldea el carácter, Suárez luchó para sobrevivir. Aquellos momentos de lucha, de rebeldía, de perseverar para salir adelante, forjaron al hombre y al futbolista. Sin esa postura ante la vida, Suárez no hubiese llegado hasta donde llegó.

Ahora está ante otro reto. Mucho más agradable que los primeros, igual de desafiante que todos. En esta temporada Suárez tiene de dónde alimentarse. Su salida del Barcelona fue inconcebible, el maltrato que el ex presidente Bartomeu le hizo padecer, la ingratitud de un club al que le dio sus mejores años como profesional. Ese motor lo pone a andar cada día.

Simeone lo supo desde el primer momento. Se le deben haber iluminado los ojos cuando apareció del cielo la oportunidad de contratarlo. En momentos donde incluso una personalidad como la de Suárez dudaría de sí mismo ante tamaño destrato, el Cholo lo convenció de su importancia, lo involucró en el proyecto. Eso que le faltaba al Atlético lo resolvería Suárez, sería el salto de calidad que el equipo necesitaba. Y Luis se decidió. "No hay nada que me dé más pereza que jugar contra el Atlético. Es muy molesto", declaraba en El País de Madrid en sus tiempos como jugador del Barcelona. Ahora estaba del otro lado. De aquellos duelos tremendos contra el Atlético y su amigo Godín a encabezar el ataque colchonero, a ser parte de un equipo combativo, solidario, batallador, en el que a veces hay que generarse las chances de gol por sí mismo, con un técnico pasional, que juega al límite. Mandado a hacer para Suárez.

Sabía Simeone a quién sumaba. Tenía claro que en algunas zonas de la cancha la condición física no es lo más importante. A falta de velocidad, oficio. A escasez de piernas, clase. La comparación de la temporada pasada y la actual es elocuente. En la pasada Liga el 9 del Atlético anotó 12 goles. En esta, con menos de la mitad de los partidos jugados, ya la igualó. De empatar 16 partidos a dos. De terminar a 17 puntos del líder a ser líder con siete puntos de ventaja del segundo y un partido menos.

Suárez es una amenaza escondida, sigilosa, siempre dispuesta a dar el tiro de gracia. Cuando se cree que no puede hacer nada, hace todo. Hace del engaño un arte.

El Atlético tiene ahora un centrodelantero de elite, que se hace cargo del equipo y da un partido sí y otro también muestras de su vigencia.

Nada nuevo para Suárez. Todos saben que dentro del campo su forma de competir es extrema, concibe así el juego. El fútbol como un combate ritual, como una alegoría de la guerra. Así lo vive. Dentro del campo no se permite concesiones ni con su alma gemela. Exactamente igual que Simeone.

La autoexigencia lo define en la cancha. Lo que pasó queda atrás. Por mejor que haya sido, Luis mira para adelante: "Si hice dos goles, al otro partido quiero hacer tres o ayudar un poco más al equipo. No me conformo con un objetivo. He conseguido muchos objetivos con los que podría decir 'ya está, hasta acá llegué, estoy tranquilo' y no. Siempre tengo la motivación extra de tratar de conseguir más", me dijo cuando lo entrevisté en Barcelona para el libro Nuestra generación dorada.

Y en eso está Suárez por estos días. Motivado y en busca de más cosas. Porque si para algo está mandado a hacer es para superar retos y anotar goles. Ah, y para cerrar bocas.