¿Cómo fue la primera final en la historia de los Mundiales?

Uruguay se consagró como el primer campeón en la historia de los mundiales al vencer 4-2 el miércoles 30 de julio de 1930 a la selección de Argentina en el Estadio Centenario de Montevideo en la final de la Copa del Mundo.

Una revancha mundial, un clásico que afirmaba que el mejor fútbol se jugaba en el Río de la Plata, un partido vibrante, y también el quiebre de una relación entre dos selecciones. Todo eso fue la final de 1930 donde un golero recibió un golpe de muñón, un consulado varias piedras, y el equipo campeón algunas denuncias y el trofeo Jules Rimet.

Cuando a las 14 horas y diez minutos la selección argentina salió al campo de juego ingresando por la tribuna Olímpica ya Carlos Gardel había cantado en ambas concentraciones finalistas y había decidido no acudir al Centenario. El combinado celeste aparecía inmediatamente después y se produjo el intercambio de ramos de flores entre los capitanes.

Tras el sorteo y el pitazo del belga Jean Langenus, Uruguay comenzó defendiendo el arco de la tribuna Ámsterdam y siendo superior a su rival; según relató en el fascículo número 13 ‘El Mundial del 30’ (de la revista 100 años de fútbol de 1970) el periodista Carlos Martínez Moreno.

La celeste alimentaba a sus punteros y atacando por el sector derecho pudo ponerse en ventaja a los doce minutos. El mencionado fascículo citaba la crónica del diario El País del día siguiente a la final del mundo donde se podía leer en relación al primer tanto uruguayo:

“Gestido pasa a Fernández y éste a Castro. El centro forward cruza ante Monti y Della Torre y pasa la pelota a Scarone, que viene a la carrera. Scarone ha tropezado con la pelota y la ha dejado un poco atrás; pero se detiene y, aunque forzado porque Paternoster y Suárez ya lo acosan, consigue devolverla a Castro, quien por lo bajo la pasa a la derecha. Dorado, que llega a la carrera, avanza con la pelota dos metros más y hace un fuerte shot bajo que cruza la goal line en la mitad de la valla, sin que Botasso pueda evitar el gol”.

La conjugación en tiempo presente parece reafirmar lo que el escritor argentino Ariel Scher concluye en su cuento Lamentos por el Mundial perdido (del libro Todo mientras Diego y otros cuentos mundiales, Grupo Editorial Sur 2018), donde el Gordo, asiduo cliente del Bar de los Sábados, confesaba derrotado que le hubiera gustado ser testigo de aquella final entre Uruguay y Argentina ‘con la expectativa que solo merecen un nacimiento o una revolución’.

En la discusión entre los parroquianos del Bar de los Sábados, el Alto aseguraba que ‘un hombre no es únicamente lo que vio, sino lo que siente y sabe. Y a ese Mundial lo sentimos y lo sabemos. No nos perdimos el Mundial del 30. Está acá, en esta charla, en este bar, con nosotros’.

El 1-0 a favor de Uruguay generó la euforia del público local pero también la respuesta del combinado argentino, que llegó al empate por medio de Peucelle (‘No nos pareció muy listo’ describió la crónica de El País sobre la floja respuesta del golero uruguayo Ballestrero). Luego la albiceleste se ponía 2 a 1 con gol de Stábile, goleador del torneo con ocho tantos; José Nasazzi protestaba offside pero la terna arbitral desestimaba el reclamo del capitán local y minutos más tarde daba por finalizada la primera parte.

“En el stadium soplaba viento de angustia”, escribió en su álbum Carbonell Debali, quien destacó que durante el entretiempo la alegría sólo estaba presente en el rincón de la Tribuna Olímpica destinado a los hinchas visitantes.

Sin embargo, a los 57 minutos llegó el 2-2 gracias al tanto del ‘Vasco’ Pedro Cea, quien tras volver a igualar el marcador en un partido clave (ya lo había hecho en las semifinales de los Juegos Olímpicos de 1924 y de 1928) recibió el apodo de ‘Empatador Olímpico’.

El equipo local mejoró su rendimiento destacándose Lorenzo Fernández que comenzó a dominar el mediocampo (Martínez Moreno calificaba su juego como ‘fuerte y viril’; cronistas y futbolistas argentinos lo describían como un juego violento y muy agresivo). Por ello no fue sorpresa que Uruguay se pusiera en ventaja 3 -2 a los 68 minutos luego del ‘zapatillazo’ (así se lee en el fascículo mencionado) de Santos Iriarte.

Tras el potente shot la pelota quedó atrapada entre el soporte y la red por lo que Héctor Castro se apresuró a ‘liberarla’ siguiendo una cábala de la que no hay muchas referencias. Ya sobre el final del encuentro Castro puso de cabeza el definitivo 4-2 a pesar del esfuerzo del arquero Botasso, quien además de sufrir un cuarto gol en contra veía como un delantero rival (se puede apreciar en los registros audiovisuales del partido) agarraba y tiraba su boina al fondo del arco para burlarse de una nueva caída del goalkeeper.

Finalizado el encuentro, y mientras algunos argentinos apedreaban el consulado uruguayo de Buenos Aires, integrantes de la delegación visitante denunciaron amenazas hacia sus futbolistas Adolfo Zumelzú, quien se había autoexcluido del equipo, y al volante Monti.

El delantero Francisco Varallo (fallecido en 2010) le confesó a la agencia Télam algunos años antes de su muerte: "Monti había recibido amenazas de muerte para él, su madre y su tía. Estaba tan asustado que cuando se caía un uruguayo iba y lo levantaba".

El principal vocero de estas denuncias fue el delegado Augusto Rouquette, quien llegó a afirmar que el golero argentino Botasso recibió un duro golpe en sus costillas tras un choque con el muñón del ‘Manco’ Héctor Castro. Por aquellos días el pueblo uruguayo reaccionó ante las denuncias de Rouquette repitiendo el cántico escrito por la Troupe Ateniense que decía que ‘el pobrecito se queeeeja de verdá y dice que cuatro goles es una barbaridá…’.

Luego de las ovaciones, vítores y lágrimas que señalaba Martínez Moreno, Uruguay dio la vuelta olímpica con el trofeo Jules Rimet en su poder. Rimet, por entonces presidente de la FIFA, comentó sobre el partido: “Fue una lucha emocionante que terminó con el triunfo de los que mejor habían jugado”.

Argentina y Uruguay habían vuelto a reeditar una final del mundo (en 1928 habían jugado la final Olímpica en Francia) y demostraron, más allá del triunfo celeste, que, si bien las reglas del fútbol habían sido establecidas en Gran Bretaña, el juego de la pelota se había potenciado y desarrollado en el Río de la Plata. Desafortunadamente la final generó un quiebre entre ambas asociaciones, cuyas selecciones recién volvieron a enfrentarse en 1935.

Ficha del partido:

Estadio Centenario. Público: 68.346 (según registro de la Asociación Uruguaya de Fútbol). Miércoles 30 de julio de 1930. 15:30 (hora local).

Goles: 12’ Pablo Dorado (U), 20’ Carlos Peucelle (A), 37’ Guillermo Stábile (A), 57’ Pedro Cea (U), 68’ Santos Iriarte (U), 89’ Héctor Castro (U)

Uruguay (4): Enrique Ballestrero; José Nasazzi (capitán), Ernesto Mascheroni; José Leandro Andrade, Lorenzo Fernández, Álvaro Gestido; Pablo Dorado, Héctor Scarone, Héctor Castro, Pedro Cea, Santos Iriarte. Director técnico: Prof. Alberto Suppici.

Argentina: Juan Botasso, José Della Torre, Fernando Paternoster; Juan Evaristo, Luis Monti, Pedro Arico Suárez, Carlos Peucelle, Francisco Varallo, Guillermo Stábile, Manuel ‘Nolo’ Ferreira (capitán), Mario Evaristo. Directores técnicos: Juan José Tramutola y Francisco Olazar.

Árbitros: Jean Langenus (Bélgica), Ulises Saucedo (Bolivia), Henry Cristophe (Bélgica).