Un día de golf en Augusta

Increíblemente y a pesar de los nervios, mi pelota bien golpeada volaba en la dirección correcta. Era mi salida desde el tee del hoyo 1 de Augusta. El tiro quedó a la altura de los bunkers de la derecha, en el medio del fairway. Eran las 11 de la mañana del lunes 12 de abril. Un día radiante, sin una sola nube en el cielo.

El viernes anterior había salido sorteado para jugar en la cancha, junto a otros once periodistas acreditados para cubrir el Masters, con las mismas banderas del domingo de la vuelta final. Un sueño largamente esperado.

Llegó el lunes y a las 10 de la mañana, una hora antes de mi horario de salida, y siguiendo estrictamente las instrucciones recibidas en la reunión informativa posterior al sorteo, doblaba a la derecha desde Washington Road y cruzaba el gran portón para recorrer los 300 metros de Magnolia Lane. Esta mítica calle, bordeada de magnolias enormes, es la entrada principal del Augusta National Golf Club, que lleva directamente al edificio del Clubhouse, construido en 1854. Frente a la puerta de la gran construcción blanca de tres plantas, entregué mi bolsa de palos y me guiaron hasta el “Champions Locker Room”. Me asignaron un armario que decía Tommy Aaron (1973) y Bubba Watson (2012, 2014). Dejé mis zapatos donde una semana antes había dejado los suyos Bubba.

Aproveché ese momento para recorrer la gran casa que estaba desierta. Fui a la sala del trofeo. Allí estaba, sobre un pedestal enorme, frente al gran ventanal, el original de plata pura que es una maqueta perfecta del edificio del Clubhouse. Ese trofeo tiene grabado el nombre del Maestro Roberto De Vicenzo como segundo en el año 1968, con aquel score mentiroso de 278 golpes. También el del Pato Cabrera en 2009. Luego salí por donde había entrado y me esperaba un carrito que me llevó a la cancha de práctica.

Ya en el driving, en uno de los lugares, había un caddie con mis palos. “Hi Ignacio, I am Gibby”, se presentó un señor muy sonriente enfundado en el clásico mameluco blanco. Una pirámide enorme de pelotas ProV 1 inmaculadas esperaban sumisas suponiendo que las maltrataría, y así fue...

Cuando faltaban 20 minutos para mi salida fui al putting green, consciente de que sería mucho más útil acostumbrarme a la velocidad supersónica que había visto durante el torneo, en vez de intentar sin éxito mejorar mi swing. Mi primer contacto con esos greens fue grotesco. Elegí una bandera que estaba a unos diez o doce metros de distancia, en el medio de esa enorme superficie. La toqué apenas. La pelota pasó cerca del hoyo a velocidad constante y terminó recorriendo 25 metros para terminar afuera del green. Golpe duro. Después de diez minutos conseguí entender algo del idioma encriptado que hablaban esos greens.

A las 10:55 estaba parado en el tee del hoyo 1 junto a Tim, Scott y Andrew, mis compañeros de juego. Un fotógrafo oficial nos tomó un placa para el recuerdo y... adelante y suerte.

Mientras caminaba hacia mi pelota, un punto blanco brillante allá arriba, sobre el verde inmaculado de ese fairway enorme, pensaba en todo lo que había esperado ese momento. Había decidido disfrutar de la caminata más linda de mi vida en una cancha de golf sin permitir que un muy posible mal score pudiera arruinarla.

El segundo tiro fue horrible. Con el tercero me pasé apenas del green, pero cerca de la bandera, que estaba sobre el lado derecho. Ya con el putter y a pesar de las advertencias de Gibby sobre la sutileza que exigía el tiro, mi cuarto golpe recorrió el camino inverso, unos 20 metros para terminar otra vez en el fairway, en la entrada del green. El quinto fue decente y quedó a dos metros para doble bogey. Fallé. Como dije, no pensaba dejar que un mal score arruinara mi día soñado en Augusta. Así, casi con orgullo, anoté un 7 en el hoyo 1.

La cancha estaba absolutamente vacía, salvo por nosotros, los doce apóstoles en la primera y última vuelta en el paraíso del golf. Este año no se instalaron tribunas, y como ya habían sacado las sogas, la cancha estaba tal como la juegan los socios. Un regalo.

Mientras caminaba por cada fairway y por cada green pasaban ante mí las imágenes de tantos tiros históricos, aquellos increíblemente buenos y también esos que llevaron a debacles estrepitosas.

En el par 3 del hoyo 4, que desde el tee de “members” tenía 185 yardas, jugué un buen tiro que picó en el medio del green y terminó afuera unos tres metros. La bandera estaba corta, apenas pasando el bunker grande del frente. Intentando interpretar a Gibby jugué con el putter un tiro que recorrió los primeros 15 metros por afuera del green, y que casi se detuvo cuando entró a la especie de asfalto que los cubre. Desde allí se fue acelerando de a poco mientras bajaba, para terminar a la altura del hoyo, a unos dos metros de distancia. Fallé para par. Una pena. O felicidad completa, como prefieran.

En el hoyo 9 hice par, el primero. Muy buen drive y un hierro 7 al green. La pelota quedó del lado derecho en la segunda bandeja. La bandera estaba en la primera, corta y del lado izquierdo. El día anterior había visto de muy cerca como Justin Rose jugaba ese mismo putt. A pesar de lo ridículo que me sentía apuntando casi en la dirección opuesta a la bandera, confié en mi memoria y en la experiencia del inglés. Mi caddie, Gibby, observaba en silencio. La pelota dibujo una insólita parábola con el mismo resultado que la de Rose. Emboqué para par desde 80 centímetros.

Terminé la ida en 47 golpes producto de ese lindo siete del hoyo 1. Hice bogeys desde el hoyo 2 al 6 y otro en el 8, con un injusto doble bogey en el 7. Mi felicidad era completa salvo porque ya había disfrutado de la mitad de este sueño despierto.

Siempre que camino en una cancha de golf tengo esa sensación tan especial de parecer el dueño de ese espacio enorme del hoyo que estoy jugando, y que por unos momentos me ha sido dado. En este caso sentía lo mismo, solo que la inmensidad de ese sentimiento estando en Augusta era difícil de asimilar. Un privilegio.

No hay un lugar más lindo en toda la cancha que el rincón donde está el green del hoyo 11, la salida y el green del hoyo 12 y la salida del hoyo 13. Toda esa parte, bien conocida como el Amen´s Corner, está vedada a los espectadores que solo pueden verla a la distancia desde una loma natural que sirve de tribuna. Llegar a ese lugar caminando por el fairway del 11 es algo único. Cruzar el Hogan Bridge por sobre el arroyo y llegar al green del fatídico hoyo 12 es como entrar en un museo. No me imaginaba que ese green fuera tan largo y tan angosto, por algo es tan temido. Luego me paré en la salida del hoyo 13, quizá el más lindo de todos los hoyos de la cancha. La vista es imponente. En ese momento pensé en todos los campeones que a partir de allí habían comenzado su marcha triunfal del domingo. Luego caminé ese fairway, con el arroyo divino corriendo del lado izquierdo. Llegué al “dog leg” y apareció ese cuadro impactante del green, rodeado de las flores, los bunkers y el Rae´s Creek, tantas veces retratado. Un ícono de la cancha. Ahí me di cuenta que el juego, los tiros y los putts ya no importaban mucho, aunque los ejecutara muy concentrado. Pero no eran más que los actos necesarios para poder disfrutar de ese paseo mágico.

Desde lo más alto del fairway del hoyo 15 la vista es impactante. Desde allí, a una distancia de unas 230 yardas, juegan los profesionales su tiro al green. Más allá de su evidente habilidad, hay que reconocerles gran valor. Qué difícil que un tiro tan crucial, ya sobre el final de la vuelta, demande tanta precisión. El agua parece enorme y el green tan chiquito.

Otro lugar divino es el hoyo 16, con esa laguna siempre calma y oscura. Luego, casi a la misma altura está el green traicionero en donde tantos torneos se han definido... el día previo, sin ir más lejos. Es imposible no mirar hacia el lugar desde donde Tiger Woods embocó aquel chip que entró al hoyo con el último cuarto de vuelta.

Mi caminata hacia arriba por el fairway del hoyo 18, yendo al green elevado, no fue aplaudida por nadie. Ya sobre el green, impresiona pararse en el lugar en donde casi siempre y cada año, festeja un campeón del Masters. Viéndolo así, como un turista, no parece el verdugo cruel que cada tanto arrebata alegrías. Miré de reojo hacia la izquierda, al lugar desde donde De Vicenzo debe haber pegado su tercer tiro a ese green, luego de haberlo fallado. La bandera, en el mismo lugar, testigo de un bogey que le amargó la vuelta, antes de la desgracia... o de la suerte.

En la vuelta hice bogeys desde el hoyo 10 al 13. Par en el 14. Bogey en el 15 y otro par en el 16 (pobre Schauffele...). Un bogey en el 17 y un tonto doble bogey en el 18 para cerrar los segundos nueve en 44 golpes. Total: 91, que creo fue justo, aunque como dije, solo una anécdota en un día de gloria.

La cancha desde el tee de “members” no es larga, tiene 6365 yardas, 1000 yardas menos que desde los tees del Masters. Las salidas de los par 4 y los par 5 son amplias en general y perdonan. El rough es benévolo y el bosque es bien abierto, salvo en pocos lugares. Los problemas empiezan con los tiros al green, ya sea desde las salidas de los par 3, o desde los fairways. Cualquiera sea la distancia, son desconcertantes y es fácil meterse en dificultades. Pero una vez con la bola sobre el green, tarea que demanda bastante esfuerzo, uno se enfrenta a lo desconocido. Si la vida del golfista dependiera de jugar un buen primer putt en Augusta, seguramente sería un deporte de riesgo, más peligroso que el alpinismo. En el tope, como el Everest o el K2, creo que estaría el green del hoyo 5. Diría que los greens son indescifrables en los papeles. Solo la práctica intensiva y muchos años pueden llevar a comprenderlos razonablemente. Un genio el Dr. MacKensie.

El almuerzo, tal como lo habíamos ordenado el día anterior, nos esperaba en nuestra mesa de la terraza, debajo de una de las tantas sombrillas blancas y verdes. Lo disfrutamos junto con una vista extraordinaria.

Otra de las obligaciones del día era hacer una parada en el pro shop de “members”. Un coqueto lugar que ocupa una de las casas aledañas al Clubhouse. Allí conocí a Tony Sessa, el profesional del club, que casualmente está casado con una argentina, Danila Fiore. Imposible no llevarse un par de remeras y unos gorros, recuerdos para los amigos.

Cuando decidí que ya era hora de partir volví a atravesar el Clubhouse y salí por la puerta. Un carrito me llevó hasta mi auto, por “un largo y sinuoso camino”. Cargué mi bolsa en el baúl y anduve muy despacio volviendo por el asfalto perfecto que zigzagueaba entre las construcciones impecables del lado izquierdo y las increíbles vistas de la cancha par 3 a la derecha. Tomé la última curva en la rotonda y volví a recorrer Magnolia Lane, en sentido inverso. Al salir otra vez a Washington Road, ya eran las 6 de la tarde. Con una interrupción de ocho horas, el mundo había vuelto a ser el mismo que era un par de minutos antes de las 10 de la mañana en un radiante lunes de abril, justo antes de cruzar el gran portón y entrar en Augusta National.