Bolt embelesó al público del Engenhao en su debut

RIO DE JANEIRO (Enviado especial) -- La gente hacía la ola. En el estadio Engenhao se estaba disputando el heptatlón. Ya había pasado el salto triple, los 400 metros de la rama femenina y hasta se habían definido las medallas del lanzamiento de disco, con la consagración del alemán Christoph Hartings. Pero la gente hacía la ola. Hasta que se escuchó un bullicio ensordecedor. Una mezcla de exclamaciones, aplausos y gritos. Todo junto. Acababa de entrar Usain Bolt. Y se acabó la ola.

El hombre más rápido de la historia levantó los brazos en 'v' cuando escuchó al público, apenas asomó a la pista. Recorrió con mirada tranquila los cuatro costados del estadio. Se lo veía concentrado. Pero es Bolt. Es quien redime al atletismo de todo. El que corre para él, pero también para sus seguidores. Entonces, no puede salir a competir y nada más.

Miró los tacos correspondientes a su carril, el número seis, se acomodó en ellos y realizó una partida de precalentamiento. La gente explotó otra vez. Ni que hablar cuando, al terminar esa carrera de preparación, miró hacía las tribunas y aplaudió. Primero hacia un lado. Después para el otro.

Listo. Ya no había nada más. Todos miraban para la calle de los 100 metros. Para el sexto carril. Ahí estaba él. El único. El que todos habían venido a ver.

Pidió silencio con el típico gesto del dedo en la boca. Se pasó las manos por la cabeza, se señaló el pecho con la inscripción de Jamaica y volvió a aplaudir. Como si fuera un guía espiritual o un gurú, la gente hizo silencio. El Engenhao se quedó mudo. Era todo miradas para el hombre de Jamaica, el de las piernas eternas y la risa irónica. Que ahora estaba serio.

Corrió. Cumplió con el trámite deportivo. Se ganó la clasificación a la semifinal, que se disputará este domingo a las 21.00. La gente vibró viéndolo transitar a alta velocidad por la pista de atletismo. Pero más lo hizo cuando Bolt volvió a aplaudir señalando hacia todos esas personas que le demostraban su cariño.

Bolt, el único verdadero atleta-estrella de la actualidad, se percató que mientras saludaba, había un sector más ruidoso y expresivo que el resto. El bullicio venía desde un codo del Engenhao. Ahí estaba la hinchada jamaiquina, con una bandera del país centroamericano.

Él señaló hacia ellos con una sonrisa. Se quedó un rato mirándolos, tratando de escuchar lo que le decían desde lo alto. Los volvió a saludar y empezó a subir las escaleras hacia un área cerrada.

Debía ir a descansar, pero en el camino hacia los vestuarios se encontró con un joven de la organización de los Juegos que lo saludaba, más allá de una zona tapada con cortinas negras, pensada para que los atletas se retiren sin ser vistos por el público.

No le importó. Salió del área cortinada y le dio la mano al trabajador de Río 2016. El afortunado, de no más de 22 años, se seguía mirando esa mano, con una sonrisa que parecía indeleble en la boca, cuando todo el mundo se fue del sector.