Chivas, '¡ese, mi campeoncito de papeeeeel...!'

LOS ÁNGELES -- Primero, el escenario: América pasea pomadoso y de frac como escolta del líder Monterrey. Pipa y guante.

Y 14 puntos y 14 escalones debajo de El Nido, Chivas zurce los andrajos de la que alguna vez fue su gala como campeón de muy breve, de brevísimo reinado.

Vaya, tardó más el Guadalajara en coronarse que en abdicar. O en ser echado de un trono que evidentemente le quedó grande, no para poseerlo, sino para retenerlo.

Ahora, con el Clásico de Clásicos desplegando fanfarrias desde Coapa y repicando recelos desde Verde Valle, explicamos ese enigma de "¡ese, mi campeoncito de papel...!".

La frase la escupió con menosprecio una dama. Una rubia platino, de esas con el estío en la cabellera, y colgándole al cuello, hasta la inquietante llanura en el infinito escote, esa orfebrería de trigo hecho oro, según relataba el alguna vez campeón mundial mexicano y aficionado a Chivas, José Becerra.

"Parecía Marilyn Monroe", relataba el peleador, con un destello de lascivia en la mirada. Por entonces, Becerra era idolatrado después de grandes combates y victorias sobre el argelino Alphonse Halimi.

Y la recordaba con detalle, porque esa noche del 24 de octubre de 1959, José Becerra la pasaba mal en la arena tapatía ante Walter Ingram, estadounidense de West Virginia, de 24 años y sólo 134 asaltos en su cuenta. Sí: gavilán y paloma.

Pero Ingram sorprendía. José Becerra sentía lo duro y lo tupido. Pero, en ese momento, apareció la odalisca del pecado, entornando los ojos, detrás del azabache aleteo postizo de sus pestañas. Se cruzaron las miradas.

"¡Ese, mi campeoncito de papel!", le gritó aquella Afrodita, y después le soltó azufroso desprecio en una bocanada de humo. Pero, recuerda Becerra, la rubia platino se lo dijo silabeando, con ese acento de tugurio capitalino. Algo así como "e-se-mi-cam-peon-ci-to-de-pa-peeeeel...".

"Me cegué, me perdí. Me llené de rabia y me fui encima de él (Walter Ingram), ya no veía ninguna rubia, sino todo rojo, todo negro", reseñaba José Becerra.

Ingram se desplomó en su esquina. El réferi entró en histeria. Ingram no reaccionaba. No reaccionaría. Ingram agonizaba. Moriría dos días después en el Hospital Civil de Guadalajara. Becerra, católico, muy religioso, consideró el retiro. Nunca volvió a ser el mismo.

"¡Ese, mi campeoncito de papel...!". O más apegado a la memoria de Becerra: "e-se-mi-cam-peon-ci-to-de-pa-peeeeel...".

Regresemos a la Jornada 10. Clásico Nacional en lista de espera. América mira hacia arriba: Monterrey. Chivas mira hacia el fondo: el sótano está un escalón debajo, a un tropiezo...

Cualquiera apostaría por el América, especialmente tras descarrilar a La Máquina de Paco Jémez, con pocos sobresaltos. Cualquiera apostaría, siempre, porque hay 14 puntos de autoridad y 14 escalones de distancia. Cualquiera...

Pero, la única certeza que ampara a cada edición de un Clásico Nacional es que, a veces, los desfavorecidos y sentenciados, salen de sus tumbas, y se atreven como estertor de supervivencia, a darle un sopapo a la lógica, al sentido común y al magnífico favorito.

Hoy, desvencijado, eliminado, desahuciado, pero Chivas ciñe, tal vez apócrifamente, la corona de campeón. Sabe, el Guadalajara, sus jugadores, su cuerpo técnico, que pueden salvar su campaña, a pesar de ir contra un América cada vez más sólido, cada vez más compacto, cada vez más favorito y cada vez arrogante, consciente de su poderío.

La historia del deporte llena anaqueles maravillosos de casos así, como el de José Becerra.

A Chivas sólo le falta ese maniquí de cabello falso y joyas legítimas -tal vez--, que le susurre al oído, a cada uno de sus jugadores, con esa misma inquina que a Becerra: "e-se-mi-cam-peon-ci-to-de-pa-peeeeel...".