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El Padre del Viento

La amarga y maravillosa vida

Una noche lluviosa, bastante melancólica. Las últimas noches de una gran fiesta deportiva suelen ser así. En el Maracaná cerraban los Juegos de la XXXI Olimpiada de la era moderna. Rio de Janeiro lloraba el final de sus Juegos. Dos semanas que demandaron lo mejor de los cariocas y de todos los brasileños en 2016.

Esa catedral del fútbol había sido transformada en el sambódromo más grande del mundo. Los atletas de las más de doscientos países ingresaron entremezclados, sin bandera que los distinga. Acompañados por papelitos, música, luces y la lluvia, las ilusiones y las frustraciones olímpicas de los deportistas fueron desfilando hacia ese gran salón de fiestas.

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Te presentamos la historia de Santiago Lange

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En cuestión de minutos, los atletas eran también parte del elenco artístico.

Alegres como son, los brasileños quisieron despedir sus juegos con una demostración musical tan representativa de su cultura. Compañías de samba de toda la ciudad se reunieron para participar del cierre de los Juegos de Rio.

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Pasaron los actos oficiales. Bajaron la bandera olímpica, se extinguió el fuego. Brasil cerraba uno de sus capítulos más memorables de su historia. Brillantes, elaborados disfraces maravillaban la escena.

Una compañía entró al estadio con bailarines disfrazados de la flora brasileña. Así se paseaba, así bailaba por Maracaná, el bosque carioca.

Terminada la fiesta los atletas emprendieron su regreso a la villa olímpica. Envueltos en la alegría de la fiesta, en la celebración de un capítulo fascinante de sus carreras. También envueltos en algo aún más sorprendente, ¡los disfraces de las escuelas de samba!

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Atletas de todo el mundo llevando a casa un recuerdo de importante tamaño de la última fiesta en Río. Ataviado en un limón gigante salió de Maracaná una de las sonrisas más grandes de la noche.

Dentro de un disfraz de limón, Santiago Lange era difícil de reconocer pero también imposible no ver la sonrisa de Lange. El regatista argentino sonreía porque la vida le ha enseñado que cuando se sale de la ceremonia de clausura de unos Juegos Olímpicos vestido de un limón, se ha triunfado.

La vida ha sido amarga con quien llegó a Río como el competidor más veterano de su deporte con 54 años. Antes de 2016, Lange ya había participado en cinco Juegos, ya había ganado medallas de bronce en dos ocasiones. Fácil sería anticiparnos a creer que su historia es la de un atleta a quien la vida premia como resultado de su esfuerzo y perseverancia.


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En "Destino Confidencial, presentado por Avianca" conocerán el premio que Lange le da a la vida. La suya es la historia de amor al viento, el cuento de un padre que quiere seguir cerca de sus hijos, que encuentra un reto y después una tormenta para después salir de ella.

Lange peleó por medallas, le tocó pelear por la vida misma. Santiago Lange ha sobrevivido a un cáncer, ha regresado a competir y le tocaba darle un premio a la vida.

Eso fueron los Juegos de Río para él. Salir de la tormenta con una medalla de oro solo es el recuerdo físico de los momentos, del camino.

Dos semanas antes de cruzarme con Lange vestido de fruto tropical en la clausura de los Juegos, el argentino había vivido quizás un momento más feliz, una sonrisa más grande.

Lange había desfilado con dos de sus hijos, también regatistas, en la inauguración. Competir con ellos cerca era el resultado de sus ganas de vivir.

Ganar la medalla era un adorno para el momento más sublime: fundirse en un abrazo con sus retoños. El oro es un premio, el sueño cumplido después de tantas vivencias. Para Lange lo más importante fue el camino. Valió la pena una vida con amarguras para salir vestido de limón y con una sonrisa.

Fernando Palomo Es periodista y analista de ESPN. Lo puedes seguir en Twitter en @Palomo_ESPN.

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