Una previa tortuosa

BUENOS AIRES -- Las estadísticas vinculadas a las previas de los Superclásicos suelen ser lapidarias para River. Más allá de los tiempos y de los protagonistas, el magnetismo que tiene ese partido suele absorber las energías (y la concentración) hasta el punto de diezmar sus fuerzas.

Y si encima todo está condimentado por algo especial, como por ejemplo tres choques con Boca en 15 días, dos de ellos por Libertadores, y una vigilia que ponía en juego nada menos que una Copa, el impacto por un mal juego en el cotejo anterior a los de la cartelera central se vuelve más traumático.

Para el equipo de Marcelo Gallardo era una gran oportunidad la de derrotar a Huracán, alzar la Supercopa Argentina y encarar la saga que se le avecina con la moral por las nubes. Sin embargo, el peso de esas previas tortuosas se mostró implacable. River exhibió una cara muy pobre en San Juan y se volvió de allí con las manos vacías. Además, por cierto, de una valija llena de interrogantes.

Porque más allá de que se trate sólo de una mala noche, en la lectura no se puede soslayar que el traspié se produce cuando su archirival asoma en el horizonte. También se vuelve inevitable preguntarse cuál es el verdadero River, si el punzante y contundente que goleó a Banfield, o el irresoluto y previsible que no pudo con Huracán. Porque a lo largo del semestre ha estado coqueteando con esos extremos.

La deuda pasa hoy por conseguir un nivel más parejo que logre instalarlo en el medio de esas dos posiciones tan antagónicas. En este análisis no se puede (ni se debe) olvidar todo lo que fueron los días que se recorrieron hasta llegar al enfrentamiento con el Globo. En ellos les resultó muy difícil, al menos en lo público, posicionarse únicamente en la Supercopa. Los tres compromisos con Boca se llevaron la atención. Lo cual, de alguna manera directa o inconsciente, generó un efecto de distracción para River.

El cuerpo técnico trabajó mucho para evitar que esto sucediese, pero las pruebas avalan la certeza de que la labor fue infructuosa. Ahora sí tiene que empezar a mentalizarse en dos semanas que serán estresantes. Adentro del campo y fuera de él. Esto sin colocar en la balanza las posibles consecuencias, ya sean positivas o negativas.

Las primeras dispararían la autoestima hacia la estratosfera y harían olvidar la frustración que generó en haber perdido una Copa. De hecho hace apenas un par de meses le tocó paladear el gratísimo sabor de haber eliminado a Boca en un mano a mano contextualizado en un certamen internacional. Las segundas no hacen falta profundizarlas demasiado. Los coletazos de perder este tipo de partidos siempre dejan una huella profunda.

Quizás la goleada, con buen fútbol incluido, ante Banfield, un equipo demasiado permisivo, creó una imagen distorsionada de la realidad de River, que hoy no pasa por resolver sus compromisos con sencillez. Todo lo contrario, le cuesta el doble de lo que le costaba el semestre pasado. Y así, con esta idea, deberá mentalizarse para lo que viene. Tendrá que luchar y sufrir mucho para finalizar la trilogía con una sonrisa.

La mala actuación del sábado en San Juan no le resta posibilidades. Un solo cotejo no es medida de un ciclo exitoso. Además, los clásicos son diferentes a todo lo otro. Incluso hasta podría llegar a ser un toque de atención en el momento justo. Estará en la inteligencia del plantel saber transformar esa mala experiencia en un potencial festejo inolvidable.