BUENOS AIRES -- No hay equipos ni personas infalibles. Esto corre para el deporte y para la vida. Y aunque se trate de una obviedad sirve para enmarcar y darle introducción al momento que atraviesa River tras su derrota en el Superclásico.
Sin dudas el equipo no ha logrado reponerse del estrés que le generó la Copa Libertadores y el posterior viaje a Japón. Esto dejó de ser una posible excusa para convertirse en una realidad palpable. Desde que regresó de su periplo por Oriente, River ganó sólo un partido, empató otro y perdió tres, números inusuales para una formación que venía aceitada y con un funcionamiento medianamente confiable.
¿Esto justifica algo de lo sucedido el domingo? Nada, ni pretende hacerlo. River en el Superclásico fue una sombra de lo que era hace apenas unos meses. Por lo expresado, porque el recambio no ha rendido en la medida de lo esperado, porque están desgastados individual y colectivamente, porque este combo de circunstancias le disminuyó esa llama que le otorgaba un plus cuando lo futbolístico no aparecía.
En fin, son circunstancias diversas que conforman un presente que no es el mejor. Y en el caso del domingo hasta Marcelo Gallardo, quien durante mucho tiempo tomó decisiones acertadas, no estuvo tan lúcido para definir.
Vayamos por partes. Primero hay que marcar que esto no pretende marcar un estado de crisis que, por cierto, no existe. Siempre desde está columna tratamos de analizar el día a día y eso es lo que estamos haciendo. Como equipo, River no tuvo el fútbol ni la concentración que exhibió en clásicos anteriores. Se lo vio como apagado, mustio. Sin figuras en lo individual ni funcionando colectivamente. Como conclusión, entonces, estuvo voluntarioso, pero nada más que eso.
En el caso de Gallardo hay algunas decisiones que son motivo de análisis. La primera fue la de haber sacado a Leonardo Ponzio en el primer tiempo. El volante central es el alma del equipo, el que contagia, el que se carga la responsabilidad, el "señor de los Superclásicos". Es cierto que estaba amonestado y que coqueteaba con la tarjeta roja, pero no menos real es que en esa situación estuvo en los cotejos anteriores y siempre logró salir indemne. En este equipo que adolece de las luces de otros tiempos, Ponzio es fundamental. No puede faltar.
La otra cosa que abre el debate es la ausencia de Leonardo Pisculichi. Resulta innegable que quien fuera conductor del equipo en el primer semestre de Gallardo como entrenador no goza hoy de un gran presente, pero para un equipo sin fútbol, sin pelota parada precisa y con tan escaso porcentaje de asistencias, no ofrecerle la chance de estar unos minutos en cancha a alguien que hasta sabe lo que es convertirle a Boca, a la distancia y sin conocer el día a día del plantel resulta poco menos que curioso.
Ahora el campeonato se volvió una utopía para River. Barajar y dar de nuevo se observa como la fórmula más saludable, y en esta idea debería incluirse la posibilidad de descanso para la columna vertebral y recuperación para los lesionados (la ausencia de Jonatan Maidana fue determinante), algo así como una mini pretemporada dentro de la competencia pensando en la Copa Sudamericana, ese objetivo que Gallardo ya tiene en la cabeza como prioritario. Y por supuesto con el intento de recuperar el fútbol que resultó el sello distintivo de River desde la llegada del Muñeco.
Porque hoy se ha vuelto un equipo sin recursos diferentes. El entrenador lo sabe y también tiene en claro que la única forma de retomar el sendero del éxito es reencontrándose con el buen juego. Material para conseguirlo posee, ahora, en este fútbol donde las conquistas casi no pueden disfrutarse, el Millo ya tiene que buscar un nuevo desafío en el futuro inmediato.
