Nota del editor: Pueden ver la versión en inglés aquí.
TIJUANA, MÉXICO -- La semana pasada, en la mañana en la que supuestamente iba a graduarse de escuela secundaria en San Diego y aceptar una beca de béisbol para ir a la universidad, Octavio Arroyo se despertó en Tijuana con el olor a basura quemándose. Sus nuevos vecinos estaban siempre quemando basura y el humo hacía que le lloraran los ojos y le quemaran los pulmones. "Ugh, no puedo respirar", dijo en español, así que se puso su ropa favorita y salió en búsqueda de un lugar conocido.
Vestía su uniforme favorito, uno de un equipo de béisbol con el que ya no jugaba, y llevaba una mochila con el monograma de la secundaria a la que ya no le permitían asistir. Pasó al lado de perros callejeros, vendedores ambulantes y muros de cemento marcados con grafiti en español, hasta que finalmente pidió al autobús que se detuviera. El conductor le señaló una fila en la parte trasera, y Arroyo se sentó y sacó su teléfono celular. Era uno de los pocos lazos que aún mantenía entre su antigua vida como prospecto de béisbol en los Estados Unidos y su nueva vida como deportado mexicano. Revisó Facebook y vio fotografías de sus amigos vestidos con togas y birretes. Después leyó un mensaje de texto nuevo de un antiguo compañero de equipo, el lanzador que se estaba preparando para iniciar el juego por el campeonato de la ciudad en lugar de Arroyo.
"Todavía me parece mal que no puedas estar aquí para todo esto", escribió su compañero de equipo.
"Lo sé", respondió Arroyo. "Y lo más extraño es que estoy como a una milla de distancia". La geografía es una lotería, y en los últimos dos meses, Arroyo, de 18 años, ha aprendido la inmensa diferencia que puede hacer una milla. Por tres años, vivió como ilegal justo al norte de la frontera con una tía en San Ysidro, California, pero fue detenido en la frontera de los Estados Unidos el 29 de marzo por mal uso de su visa, y los agentes fronterizos lo regresaron a su México natal. Ahora Arroyo está de regreso en Tijuana, donde en un día despejado puede ver desde la casa de sus abuelos, más allá de la frontera, el futuro que se le escapó de las manos. Ahora está a poco más de una milla de la Secundaria San Ysidro, donde le faltaron tres créditos para graduarse. A una milla de las jaulas de bateo, donde practicaba con sus primos la mayoría de las tardes entre semana. A una milla de convertirse en uno de los jugadores más celebrados del Sur de California, y ganar un estimado de seis cifras por concepto de bono a la hora de firmar como jugador seleccionado en la parte media del sorteo de la MLB de esta semana. A una milla de las docenas de ofertas de becas que todavía llenaban el buzón de la casa de su tía en San Ysidro. "Una vez que te registres, la matrícula y la residencia en los Estados Unidos están garantizadas", prometía la correspondencia recibida de un instituto universitario.
Pero no hay garantías para los inmigrantes indocumentados tras los cambios en las políticas fronterizas del 2015, a pesar de la supuesta meritrocracia de los deportes profesionales. Ahora, para que Arroyo regrese a los Estados Unidos, un equipo deberá seleccionarlo esta semana en las rondas de la 11 a la 40 del sorteo, y que ese equipo de MLB le pueda dar una visa de trabajo. Y para que lo seleccionen deberá captar la atención de los scouts profesionales estadounidenses desde los campos de tierra de Tijuana, durante la semana más agitada de su vida. Sus amigos estaban preocupados porque había caído en una depresión menor. Su bola rápida de 91 millas por hora [146 km/h] había perdido algo de velocidad. No tenía entrenador, ni compañeros de equipo, solo cuatro pelotas de béisbol desgastadas para practicar.
"De un lado de la frontera todo el mundo presta atención, y del otro lado pueden olvidarse de ti", dijo.
"Mi mayor temor es simplemente desaparecer". En los días antes del sorteo, sus amigos y primos concibieron un plan para evitar que eso suceda. Diversos escuchas de los Marlins, Medias Rojas, Piratas y Vigilantes continuaron expresando su interés en seleccionarlo en el sorteo, e incluso uno de ellos, de los Bravos de Atlanta, dijo que viajaría a Tijuana para observar a Arroyo lanzar una vez más. Sus primos habían programado un partido en una liga recreacional mexicana el sábado, antes del sorteo de MLB. Algunos amigos y primos habían aceptado completar el roster, esperando que alguien les consiguiera los uniformes. Ellos encontraron un campo sucio y abierto para un partido a las 9 a.m., donde una docena de hombres planificaba beber unas cervezas en el dugout, mientras otro buscaba labrarse un camino hacia las Grandes Ligas. "Es el momento decisivo", dijo Arroyo, y ahora debía practicar.
Se fue en autobús hasta un complejo de 18 campos de béisbol de tierra, donde uno de sus primos mayores, Ricardo Sánchez, de 28 años, estaba esperando para dirigir a Arroyo durante el entrenamiento. Sánchez se había convertido en el entrenador y consejero de Arroyo. Había sido beisbolista y era un ciudadano estadounidense que vivía a una milla del otro lado de la frontera, y la geografía había jugado a su favor. Tenía una casa con jaula de bateo, estudios universitarios y un pasaporte estadounidense que le permitía viajar entre los Estados Unidos y México sin temor a ser detenido.
"¿Qué tal estuvo el viaje desde el otro lado?" Preguntó Arroyo.
"Fácil", dijo Sánchez. "Me tomó cuatro minutos".
Cargaron el equipo de entrenamiento a uno de los campos, pero la reja de entrada estaba cerrada. El complejo era propiedad de la ciudad y estaba protegido por una reja de 3 metros, y no tenían la llave. Sánchez sacudió la reja y no se movió. Pateó la reja pero no se abrió.
"¡Hola!" gritó, pero no hubo respuesta.
"¿Qué piensas?" Preguntó Sánchez. "¿Nos saltamos?"
Se quedaron parados durante unos segundos del lado equivocado de la reja, midiendo su altura, considerando qué reglas valía la pena romper y cuáles eran las consecuencias de que los encontraran del otro lado.
"Probablemente no", dijo Arroyo finalmente. "No creo que eso termine bien".
ÉL PASÓ su niñez cruzando de un lado al otro de la frontera, sin considerar que un lado podía ofrecer más que el otro y nunca se preocupó de quedarse atrapado en el lado equivocado. Era el más joven de media docena de primos, todos beisbolistas, algunos vivían en México y otros habían nacido en los Estados Unidos. Su madre y él tenían una visa B-2 de turista, lo que significaba que podían viajar a los Estados Unidos en cualquier momento para visitar a la familia o ir de compras, siempre y cuando no se quedaran a trabajar o asistir a la escuela. Durante la primera década de su vida, Arroyo no comprendía que estaba cruzando de un país a otro cada dos o tres semanas. Lo que sí sabía es que las calles de un lado se volvían más anchas, los edificios más lujosos, los baños más limpios, los Doritos más caros. "Nueva Tijuana", así es como se refería de niño a los Estados Unidos.
A ninguno de sus amigos o compañeros de equipo les importaba en dónde vivía, siempre y cuando pudiera jugar, lo cual siempre pudo: velocidad en el campo central, contacto consistente en el plato, un brazo fuerte y el impulso competitivo para seguirle el ritmo a sus primos mayores. Lo pusieron en el jardín derecho y se negó a jugar. Le lanzaron pelotas suaves y comenzó a regresarles la pelota con batazos de línea. "¡Dejen de hacérmelo tan fácil!" gritaba una y otra vez.
En todo caso, la vida como miembro de las Pequeñas Ligas en la frontera le proporcionó una ventaja competitiva, porque él y sus amigos siempre pudieron jugar en, por lo menos, dos equipos. Viajó por todo California para perfeccionar su mecánica durante campamentos de verano y ligas viajeras. Lanzó dos días consecutivos contra hombres de 40 años de edad en las ligas cerveceras de edad variada de Tijuana. Jugó con ambos equipos durante casi una década, con los mismos siete amigos, muchos de ellos eran ciudadanos estadounidenses, aunque todos ellos vivían o tenían familia en Tijuana. Cuando decidieron jugar béisbol en la preparatoria juntos en San Ysidro High School, al norte de la frontera, supusieron que Arroyo también vendría.
"Le dijimos que no sería lo mismo sin él, pero estaba claramente nervioso", dijo uno de sus amigos, Andrés Álvarez, campo corto. "Dudaba si era lo correcto".
Arroyo se preguntaba: ¿No muestra falta de carácter registrarse en una secundaria al que no se tiene derecho a asistir, construida por los contribuyentes de otro país, utilizando una dirección que pertenece a su tía? ¿Cómo reuniría el valor necesario para mentirle a un agente fronterizo uniformado sobre sus motivos para entrar en los Estados Unidos?
Pero ¿no era también evidencia de su carácter, pensó, buscar una mejor educación y mejores oportunidades, sin importar los riesgos? En México, la escuela secundaria cuesta aproximadamente $200 el semestre, e incluso si pudiera reunir el dinero y se graduara, ¿de qué le serviría? Su madre era una ingeniera con educación universitaria que trabajaba en la Nissan de Tijuana, una de las mejores empresas de la ciudad, y su salario a tiempo completo equivalía a lo que sus primos ganaban trabajando a tiempo parcial cuidando campos de béisbol para el Departamento de Parques y Recreación de California. Si asistía a la Secundaria San Ysidro, las clases serían gratuitas, su almuerzo sería gratuito, su atención médica sería gratuita en la clínica de salud de la escuela.
"Parecía un gran riesgo, pero parecía incluso peor dejarlo pasar", dijo Arroyo.
Y pronto, con algo de práctica, las mentiras en la frontera eran cada vez más fáciles. Cruzaba hacia los Estados Unidos cada domingo para quedarse con su tía de lunes a viernes. Después cruzaba hacia Tijuana para visitar a su madre y abuelos los fines de semana. El puerto fronterizo San Ysidro es el más transitado del mundo, más de 100,000 cruces cada día, por automóvil o a pie, y después de un año de ir y venir, lo que más le molestaba eran las filas de dos horas. Cerca de 100 estudiantes de San Ysidro cruzaban la frontera para ir a la escuela, algunos de ellos mintiendo como Arroyo para poder cruzar. Incluso cuando la seguridad fronteriza de los Estados Unidos se reforzó en plena guerra antidroga en México -- al tiempo que el presidente Obama deportaba cifras históricas de inmigrantes indocumentados, incluyendo más de 30,000 durante algunos años a través del puerto de entrada de San Ysidro -- Arroyo continuó mostrando su visa de turista para entrar sin problemas. Había recibido consejo de jugadores anteriores de San Ysidro, sobre cómo cruzar desapercibido: Usa ropa fina. Mira al oficial a los ojos. Da respuestas amables y específicas. "Sí señor", les dijo a los oficiales fronterizos, una y otra vez, "Vengo solo de visita". Decía que iba a comprar comida para su madre en Wal-Mart. Solo quería unos pantalones del centro comercial o practicar béisbol con sus primos, o ver una película que no se había estrenado fuera de los Estados Unidos.
Cualquier culpabilidad que haya sentido o dudas sobre si había tomado la decisión correcta o no, se borraron en esta primavera durante su último año escolar. Registró 25 ponches en 15 entradas, con una efectividad de 0.42. Estaba bateando .542 en ocho juegos. Se había robado 18 bases en 18 intentos. Su promedio de calificaciones subió y se sentía cómodo en San Ysidro, donde el 80% de los alumnos hablaban inglés como su segundo idioma y el entrenador de béisbol tiene un plan de celular que le permite hacer llamadas internacionales económicas a jugadores que viajan con regularidad a ambos lados de la frontera. Lo mejor de todo, según Arroyo, el presidente Obama había aprobado la Ley Dream, lo que significaba que si Arroyo pudiera completar sus últimos tres créditos de preparatoria e inscribirse en una universidad, tenía buenas posibilidades de obtener la residencia permanente.
Su primera beca universitaria llegó en marzo de una escuela en Nuevo México, y Arroyo regresó a Tijuana para celebrar el fin de semana. Asistió con sus compañeros de equipo de la secundaria a una fiesta de cumpleaños. Le mostró a su madre una copia de los papeles para la beca. "Todo se está acomodando", le dijo su madre y luego, el domingo, se subió a una Ford Expedition 2003 con amigos y emprendió el viaje habitual de regreso a los Estados Unidos. Esperaron en la fila de la frontera hasta que finalmente llegaron al frente. El oficial fronterizo tomó el pasaporte mexicano de Arroyo y su visa de turista y comenzó con la primera pregunta habitual:
"¿Qué te trae a los Estados Unidos?"
MIRÓ AL oficial directamente a los ojos. Recordó que debía ser amable y específico. "Voy a observar a mis amigos jugar un juego de béisbol escolar, señor", recuerda haber dicho.
"¿Así que no vas a jugar con ellos?" le preguntó el agente.
"No", respondió Arroyo, incluso si estaba programado para iniciar en el jardín central.
El agente miró su computadora, donde podía ver que Arroyo había cruzado con visa de turista prácticamente cada semana durante tres años, más de 100 veces en total, generalmente en viernes y domingos. El agente le preguntó a Arroyo si estaba asistiendo a la escuela en los Estados Unidos, y Arroyo respondió que no. El agente le pidió ver su celular y Arroyo se lo entregó. Había fotografías de Arroyo vistiendo sudaderas de San Ysidro High, y el agente comenzó a escribir un informe en su computadora. "Posibilidad de que Arroyo Sánchez Octavio esté viviendo en los Estados Unidos de forma ilegal", escribió, y después envió a Arroyo a una sala cercana para realizar una interrogación secundaria.
Dos agentes fronterizos se sentaron al otro lado de la mesa de Arroyo. "¿A qué vienes a los Estados Unidos?", le preguntó uno de nuevo, y esta vez Arroyo dio una docena de razones, una historia más cercana a la verdad. Iba a visitar a su familia, dijo. Iba porque lo había hecho desde niño, y porque San Diego y Tijuana eran, en efecto, una ciudad separada por una reja que con frecuencia definía la línea entre el éxito y el fracaso. La gente en San Diego ganaba cuatro veces más de dinero y sufría una décima parte de los crímenes violentos. Los campos de béisbol estaban planos, cuidados y verdes, incluso en época de sequía. Sus primos en Estados Unidos vivían en un vecindario bonito, adornado con banderas de EEUU. Uno de ellos jugaba béisbol para Texas A&M-Kingsville, y otro acababa de regresar de un viaje a Disney World.
"Es bonito", dijo simplemente Arroyo.
"¿Estás yendo a la escuela en los Estados Unidos?", le preguntó de nuevo uno de los agentes fronterizos. "A veces", recuerda haber dicho Arroyo, porque parecía claro que ellos ya sabían.
Uno de los agentes abandonó la sala y llamó al distrito escolar de San Ysidro, donde un administrador confirmó que Arroyo estaba registrado. Los agentes revocaron la visa de turista de Arroyo y le prohibieron volver a entrar en los Estados Unidos. Lo acompañaron fuera de la sala, a través de una reja y hacia el otro lado de la frontera. Tomó un autobús hacia la oficina de su madre. "¿Qué sucedió?" le preguntó y él tardó unos instantes en encontrar las palabras para responder. "Se acabó", le dijo.
Pronto su madre estaba al teléfono, llamando a los compañeros de equipo de Arroyo en San Ysidro, y ellos llamaron al entrenador, Ken Canche. No era la primera vez que perdía jugadores mexicanos, incluyendo a dos del equipo de este año, pero nunca había perdido a un estudiante de último año, a tan poco tiempo de graduarse. Trató de involucrar al director. Trató de hablar al consulado estadounidense y hablar con un abogado.
"Nadie puede hacer nada", le dijo Chanche a Arroyo pocos días después. "Siempre formarás parte de este equipo, pero ahora tienes que encontrar tu propio camino y nosotros el nuestro".
SUS COMPAÑEROS lograron ganar 21 juegos consecutivos y llegar a los playoffs, para obtener un puesto en el juego por el campeonato de la ciudad. Mientras tanto, Arroyo dejó de jugar béisbol durante esas primeras semanas, pero luego reanudó las prácticas él solo, en estadios de tierra, donde era un intruso.
Pidió prestado un chaleco con pesas de otro jugador mexicano, hacía corridas rápidas y lanzzaba bolas rápidas contra paredes de concreto donde no había nadie para atraparlas. Se inscribió para tomar algunas clases en una escuela mexicana porque su madre quería que lograra el equivalente de un diploma de escuela secundaria.
Su madre sugirió que revisara sus metas y que asistiera a un colegio privado en México, pero sus propias aspiraciones se centraban en el draft de MLB, que parecía su único camino por delante. Sus ofertas de becas universitarias en EEUU se habían convertido, por lo menos, en algo complicado e incierto, ya que ni siquiera el más arriesgado de los entrenadores universitarios estaba dispuesto a discutir sobre un chico recién deportado con una agencia como la de Inmigración y Control de Aduanas. Él quizás tenía la posibilidad de firmas luego del draft como agente libre internacional, pero incluso si eso sucedía, los escuchas le habían dicho que eso podía significa un bono mucho menor por firmar.
"¿Todavía soy elegible para ser seleccionado?", le escribió en un mensaje de texto a Dan Cox, un veterano y respetado escucha de los Bravos, que había visto a Arroyo jugar en San Ysidro. Cox no estaba seguro, así que verificó con Grandes Ligas. El experto en reglas le dijo que Arroyo podía ser seleccionado -- asumiendo que cualquier equipo todavía quisiera seleccionarlo.
Así que Arroyo y sus primos organizaron un juego para la misma mañana de sábado en la que sus compañeros de equipo jugarían por el campeonato de escuelas secundarias. Su primo Sánchez recogería al escucha de los Bravos y lo llevaría en automóvil a Tijuana. Reunieron un equipo, con dos primos en los jardines y otro en el campo corto. Se vistieron con lo que tenían a la mano -- algunos con cinturones y otros sin ellos, algunos con zapatos para béisbol y otros en calzado deportivo, algunos usaron uniformes de escuelas estadounidenses y otros, jerseys réplicas de MLB.
"¿Cómo conseguimos pelotas decentes?" Les preguntó Arroyo a sus primos la noche anterior al juego, cuando se percataron de que las únicas que tenían eran viejas y estaban desgastadas. Llamaron al escucha y este aceptó traer consigo una caja de pelotas del otro lado de la frontera.
Arroyo llegó al campo primero, vistiendo su viejo uniforme de secundaria. Después llegó un primo que seguía embriagado de la noche anterior. "Yo bateo al final", dijo. Después llegó el equipo contrario, formado por antiguos profesionales mexicanos, algunos de ellos de más de 40 años de edad. Doce personas vinieron a observar, uno era el escucha con una pistola de radar, que se sentó directamente atrás del plato.
"Este es el día en el que puedes recuperarlo todo", le dijo Sánchez a su primo, unos cuantos minutos antes de que Arroyo se subiera al montículo.
"Me siento bien", dijo Arroyo.
"Alcanza 90 y tu futuro será brillante", le dijo Sánchez.
Alcanzó 90 en su cuarto lanzamiento del día y después 91 en su siguiente bola rápida, y pronto el escucha tuvo que bajar la pistola de radar. Arroyo tenía una buena bola rápida, un gran cambio de velocidad y una bola en curva efectiva, sin embargo, su desempeño general era difícil de evaluar. El béisbol ofrece miles de caminos distintos para llegar a las ligas mayores, pero ninguno como este. El montículo estaba muy abajo, con tierra suelta que provocaba que Arroyo se resbalara. Se le escaparon una docena de pelotas al receptor. La pizarra de anotaciones dejó de funcionar y, aparentemente, nadie llevaba un registro de qué entrada se estaba jugando o quién era el siguiente jugador al bate.
En la quinta entrada, Arroyo comenzó a cansarse del brazo, y llegó el momento de que el scout regresara a los Estados Unidos. Le dijo a Arroyo que le había gustado lo que había visto, pero que tenía otro juego que ver y que iniciaba en unas cuantas horas. Quería ver a San Ysidro jugar por el campeonato, porque Gilbert Suárez, el lanzador que estaba iniciando en lugar de Arroyo, se había convertido en un prospecto importante por encima de Arroyo. Suárez pasó dos temporadas lanzando a la sombra de Arroyo, pero en los pasados dos meses, había obtenido mayor exposición y le había añadido unas 3 mph a su recta. Se esperaba que fuese seleccionado en las primeras 20 rondas, lugar que alguna vez ocupó Arroyo.
"¿Tal vez sabré de usted pronto?" Dijo Arroyo esperanzado, mientras el scout se preparaba para marcharse.
"Eso espero. Ya veremos", le respondió el escucha. Estrechó la mano de Arroyo. Se subió al automóvil. Se preguntó sobre la línea que lo esperaba en la frontera. "¿Qué tan difícil crees que será cruzar?" le peguntó.
"Es rápido. Realmente simple", dijo Arroyo, sobre el viaje que realizó docena de veces, y que tal vez algún día volvería a hacer. Le tomó cinco minutos cruzar Tijuana y el desierto agrietado hacia la frontera... a solo una milla de distancia.
