El abrazo anhelado

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Día 53 sin abrazos. En tiempos de cuarentena, nos hemos convertido en la generación que extraña en continuado. Entre tapabocas, pantallas y distancia, somos, en mayor o menor medida, peregrinos de una emoción extraviada.

Hay abrazos que merecerían ser olvidados, pero hay otros que bien vale la pena recordar por siempre. Abrazos que trasladan y movilizan, abrazos que alguna vez dimos y que hoy quisiéramos volver a dar. Como ese abrazo que Luis le dio a Manu. Como el abrazo que Manu le dio a Luis. Un viaje a la felicidad compartida, a la experiencia del afecto correspondido, al encuentro tan nuestro de estar con el otro para poder ser.

¿Acaso existe otra vida posible?

Ahí están, entonces, los dos próceres del básquetbol fundiéndose en uno solo. Y ese abrazo, tan de ellos, también nos contiene a nosotros. Nos permite, en un retrato perfecto, regresar a ese momento único en el que nos abrazamos con quien tuvimos al lado tras entender que habíamos conquistado una hazaña. Al instante en el que el club de barrio, que tanto pelea hoy por mantenerse en pie, que junta peso por peso para poder pagar cuentas imposibles, puso su huella en el corazón del mundo para decir que sí, que otra vez los de acá, los olvidados, los del esfuerzo conjunto y las horas invertidas, tuvieron con qué.

En ese abrazo, Scola y Ginóbili son mucho más que dos. Las estrellas vuelven a ser niños y los niños a soñar con estrellas. En tiempos de encierro y nostalgia, el afecto moviliza e invita a un viaje de introspección. Las dos puntas del ovillo se unen y permiten que desenlace y comienzo se toquen en una historia sin final: nenes y nenas corriendo atrás de una pelota un sábado por la mañana. La familia en la tribuna, el mate que pasa de mano en mano, la infancia y el deporte como motor de sueños imposibles. Y cuando ese flechazo vuelve, cuando el recuerdo invade, ya no hay trofeos, ni medallas, ni NBA que pueda contaminar la huella imborrable de los prólogos más felices.

Volveremos, todos juntos, al lugar que alguna vez fuimos. En ese abrazo, entonces, viven todos los abrazos.

Los que fueron, los que anhelamos, y los que pronto vendrán.