Seguramente haya alguna excepción a esta regla, pero cabe imaginar que el sueño máximo para cualquier futbolista es jugar en un Mundial. Representar a su país en el evento deportivo más observado es un privilegio, reservado a unos pocos pero anhelado por muchos. Aunque la historia a veces puede salir torcida. O demasiado torcida, tanto como para debutar con una caída 10-1 y quedar marcado en la historia de la manera menos deseada. Y más allá de que los futboleros en general sepan que esa última referencia es para los muchachos que se calzaron la camiseta de El Salvador en 1982 ante Hungría, son bastantes menos los que conocen las circunstancias que precedieron a ese partido funesto jugado en Elche y que ayudaron a que se consumara el papelón.
Los salvadoreños tenían la intención de mejorar en España la pobre actuación de su primer Mundial, en México 1970. Aquella vez, el honor de ser el primer seleccionado de Centroamérica y el Caribe en meterse en el certamen con un cupo ganado en la clasificación (Cuba había jugado en 1938, pero por invitación) se empañó con un recorrido en el que sumó tres caídas en igual número de partidos, y para colmo sin marcar goles: 0-3 contra Bélgica, 0-4 ante el local y 0-2 frente a la Unión Soviética.
Uno de los integrantes de aquel plantel era Marcelo Pipo Rodríguez, que en las Eliminatorias había marcado un gol de alta relevancia histórica: el 3-2 con el que La Selecta superó a Honduras en un desempate en México. Es un encuentro que quedó atado al conflicto bélico desarrollado en esos días entre ambos países, que fue bautizado como “La Guerra del Fútbol” aunque Rodríguez rechaza esa denominación. “Llamarlo así genera la impresión de que en estos lados del mundo nos agarramos a balazos por un partido. La verdad es que esa guerra no tuvo que ver con el fútbol, sino con una situación social externa que ocurrió en paralelo”, explicaría Pipo en una entrevista realizada en 2022 para el podcast “Cada cuatro”, sobre los Mundiales de fútbol. En la misma nota admitió de todos modos que por ese conflicto se generó que los jugadores de aquel plantel fueran considerados como “soldados de la patria”.
Historia nueva, pero no tan distinta para El Salvador
Doce años después, con Pipo Rodríguez como entrenador, El Salvador volvió a acceder a una Copa del Mundo. Con un enorme mérito, ya que -a diferencia de lo ocurrido en 1970- tuvo que superar entre otros al gigante de la zona, México, al que venció por 1-0 en el hexagonal de clasificación disputado en Tegucigalpa. No tuvo mayor suerte en los rivales que el sorteo le deparó para la fase de grupos del Mundial: debió enfrentar a un seleccionado con mucha historia como Hungría; al subcampeón de Europa, Bélgica; y a los defensores del título, Argentina.
Para los centroamericanos, obtener un buen resultado en el debut era clave para ilusionarse con pelear por algo más que tener una actuación apenas decorosa. No parecía imposible: Hungría venía de quedarse afuera en la fase de grupos en Argentina 1978 luego de haber perdido sus tres partidos. Como no había jugado en 1974 ni en 1970, su última victoria se remontaba a Inglaterra 1966, Mundial en el que, tras haberle ganado 3-1 nada menos que al Brasil de Pelé y Garrincha, aseguró su clasificación a cuartos de final al vencer a Bulgaria por el mismo resultado.
Más allá de esta mala racha, Hungría seguía siendo un rival de temer, con jugadores talentosos y al que nadie le había regalado su cupo en el Mundial. Para plantearle una oposición seria, El Salvador necesitaba hacer una preparación acorde a lo que exige el torneo de selecciones más importante. Y no la tuvo.
¿Qué le pasó a El Salvador en el Mundial 1982?
“Yo tenía planes de trabajo que no se pudieron concretar. Nos invitaron dos veces a jugar en Europa, pero no se pudo ir por las limitaciones económicas. Apenas pudimos hacer alguna gira puntual por Argentina, donde jugamos amistosos contra San Lorenzo (0-2) y Talleres de Córdoba (1-2)”, se lamentaba Pipo Rodríguez. La economía, en un país golpeado por una guerra civil que se extendería por años, era una limitación clave. Y a eso se sumó que el plantel -reducido a 20 jugadores en lugar de 22, para ahorrarse los pasajes- llegó a España con el tiempo justo y pocas posibilidades de adaptarse a las condiciones que afrontaría en el Mundial.
“Esa generación fue una de las mejores de nuestra historia, y son futbolistas dignos de admirar a pesar de lo que les pasó. No era para que nos metieran 10”, explicó Rodríguez, que agregó que los jugadores nunca habían recibido el premio prometido por clasificarse al Mundial. Todo eso sumó para el triste desenlace.
El resto es historia bastante conocida. Tres goles en el primer tiempo, y después un equipo que se desmoronó totalmente aunque consiguió, a través de Luis Ramírez Zapata, el que sigue siendo el único gol salvadoreño en los mundiales, y que fue festejado de manera estruendosa a pesar de que para ese entonces Hungría había marcado cinco. Rodríguez se hizo cargo también de su parte: “Yo me rehusaba a jugar muy atrás, porque había sido delantero. Pero en los últimos dos partidos nos cuidamos un poco más, sobre todo contra Argentina, y los resultados mejoraron”, concedió.
En los dos partidos posteriores -”ya sin nada para perder, porque nada podía ser peor que lo que nos había pasado”, explicó Rodríguez- quedó claro que el nivel verdadero de El Salvador era otro. Sin ser una maravilla, le planteó una dura oposición a Bélgica, que apenas le pudo ganar por 1-0 con un remate desde muy lejos de Ludo Coeck. Y en el último choque, Argentina se impuso por 2-0, con un primer gol que llegó gracias a un penal por una falta inexistente. Se despidió entonces sin nuevas goleadas en contra, aunque también sin puntos, como en México 1970.
La maldición de Hungría en los Mundiales
Estaba claro que para 1982 los grandes tiempos de Hungría habían quedado bastante atrás. El nivel estaba muy lejos de aquel ballet que comandaba Ferenc Puskas, que bailó a Inglaterra para sacarle el invicto en Wembley con un lapidario 6-3 en 1953 y que un año después acarició el título en Suiza pero sucumbió ante una Alemania muy fuerte físicamente. Tal vez el 10-1 a El Salvador, que dejó una marca imborrable, haya sido el canto del cisne de ese fútbol maravilloso.
Aun cuando ya daba señales de una declinación, lo que vino después de esa goleada para Hungría fue claramente para peor. Incluso en ese mismo Mundial, en el que ya en el partido siguiente fue aplastado 4-1 por una Argentina que tuvo allí su mejor actuación en el torneo. Esa caída la dejó obligada a ganar en el último partido del grupo ante Bélgica para alcanzar la clasificación, y llegó a estar en ventaja durante buena parte del encuentro, pero a los 31 del segundo tiempo llegó el 1-1 que ya no se movería.
Volvió a ganarse un cupo el seleccionado magiar para México 1986. Y aunque había insinuado una recuperación, por ejemplo con una victoria en un amistoso por 3-0 frente a Brasil en Budapest, el debut en el torneo fue devastador: perdió 6-0 contra la Unión Soviética, en la peor caída de su historia en Mundiales. En el segundo partido consiguió la que hasta hoy es su última victoria en la competición, 2-0 contra una débil Canadá, pero la caída 3-0 ante Francia en el cierre la dejó sin chances de clasificación.
Lo que vino después fue aún peor: nunca más, en los 40 años posteriores, Hungría se clasificó para una Copa del Mundo. Como si toda la magia que vino de esas tierras no hubiera existido nunca. O como si en aquel 10-1 en Elche se hubiera agotado el último resto del fútbol maravilloso que Hungría le había regalado al mundo.
