Manu Brunet: El corazón rojo y negro que conquistó Europa sin soltar Rosario

Para Manuel Brunet, el escudo no es un accesorio de la indumentaria, sino una extensión de su piel. En un profesionalismo deportivo que suele fomentar el nomadismo, Manu eligió la vereda de enfrente: la de echar raíces. Su paso por el Pozuelo en España y el Daring en Bélgica no fueron escalas técnicas, sino capítulos de una historia de fidelidad que desafía las leyes del mercado.

"Me pasa que uno es de un club. Es imposible mirar para atrás y decir que hubiese jugado en diez instituciones", sentencia con la seguridad de quien siempre eligió con el pulso antes que con la calculadora.

Pozuelo: El "kilómetro cero" y la mística del teléfono fijo

A los 21 años, el futuro no era un plan estratégico, sino un horizonte abierto. Manu partió hacia España con la inocencia de quien busca un viaje y termina encontrando un destino. "Me fui con el 'Pío' Álvarez, mi mejor amigo, a hacer una experiencia de vida. Jamás imaginé que iba a venir todo lo que vino después. No lo proyecté nunca, te lo cuento y me emociono, pero el hockey me dio mucho más de lo que yo hubiese imaginado", recuerda con una sonrisa nostálgica. En aquel Pozuelo de Madrid, la distancia se sentía de otra manera: "Mandaba mails para ver cómo estaba todo o llamaba a un teléfono fijo. Hoy esa parte cambió mucho, pero yo intenté vivir los momentos". Allí aprendió que el compromiso no se negocia. "Siempre fui muy exigente conmigo mismo y con el de al lado. Creo que para poder exigirle al de al lado tenés que estar a la par y demostrar un compromiso con el club que en un año no lo conseguís". Aunque los clubes grandes empezaron a buscarlo rápido, él eligió quedarse y honrar la camiseta que le había abierto las puertas.

La lealtad como estrategia: el "enroque" del regreso

Su ética de trabajo en Europa fue tan simple como exigente: para pedir, primero hay que dar. Brunet no solo jugaba; él habitaba los clubes. Esa simbiosis lo llevó a tomar decisiones que, vistas desde afuera, parecen locuras, pero desde su arqueología personal, son aciertos de vida. Después de cinco años en el Daring belga, partió al Leopold con un propósito: devolverle el campeonato a un grande que llevaba una década de sequía. Cumplió. Salió campeón. Pero en el camino, su querido Daring descendió a la B. "El día que le ganamos la semifinal al Dragons, el Daring se va a la B y yo le dije al presidente: 'me quiero volver'. Me respondió que me quedaba un año de contrato, que debíamos salir campeones y, si ocurrían una sucesión de hechos, me dejarían ir". Así fue. En un movimiento de piezas digno de un ajedrecista —donde el crack belga Tom Boon entró en la ecuación—, Manu rompió su contrato de campeón para volver a pelear en el barro del ascenso por los colores que sentía propios.

El refugio en el "Rojo y Negro": Newell’s a la distancia

Hay casualidades que parecen dictadas por el destino. El Daring, su casa en Bélgica, viste los mismos colores que el club de sus amores: Newell’s Old Boys. "Hubiese sido bueno decir que lo elegí por eso, pero te mentiría. Sin embargo, me encantó que fueran esos colores de arranque; mis hijos nacieron y crecieron viendo todo rojo y negro, estaban chochos". Pero la distancia no anestesia el dolor del hincha. Manu sigue el presente del Parque Independencia con la agudeza de quien entiende que el fútbol, como el hockey, se sostiene en la base. Su diagnóstico sobre la actualidad leprosa es una radiografía cruda: "2015-2026 ha sido la peor versión de Newell’s que he visto, pero no solo por el juego, sino a nivel institucional. Un club que siempre nutrió al fútbol de jerarquía hoy saca una cantidad ínfima de la cantera. Eso es lo más doloroso: no es que te vaya mal en un resultado, es que no sacamos jugadores y no jugamos bien. Hoy el clima es de tal hostilidad que no puedo llevar a mis hijos a la cancha; espero que las cosas mejoren para que ellos no vivan algo que no está bueno".

Arqueología de un "Bielsista": el ganar como consecuencia

En su mirada sobre el deporte, resuena un eco inconfundible: el de Marcelo Bielsa. Brunet se reconoce en esa búsqueda de nobleza en los procedimientos, donde el marcador final es el último eslabón de una cadena de trabajo ético. "Me gusta la manera de Bielsa de abordar el trabajo. Eso de ser fiel a una manera y que el ganar o perder sea consecuencia del trabajo hoy no abunda. Me gusta que el jugador entienda qué está haciendo y por qué. Hoy se busca ganar a cualquier precio desde edades tempranas porque perder está mal visto, y eso nos está llevando a un lugar del que va a ser difícil volver", reflexiona. Para Manu, la falta de formadores capacitados que entiendan el proceso por sobre la urgencia es la verdadera crisis del sistema.

Un viaje sin mapas: la emoción del camino recorrido

Al mirar hacia atrás, Manuel se sorprende de su propia sombra. Aquel joven que se fue a probar suerte no proyectó una medalla dorada o ser figura en las mejores ligas del mundo. "Jamás imaginé que iba a venir todo lo que vino. El hockey me dio mucho más de lo que hubiese soñado. Fue una consecuencia del trabajo y un premio al esfuerzo", confiesa con una emoción que le quiebra la voz por un instante. A diferencia de otros que vivían en Europa contando los minutos para volver o manteniendo el reloj en horario argentino, Manu decidió integrarse. Aprendió que la mejor forma de no extrañar era, precisamente, estar presente. "Yo nunca viví en Europa en horario argentino. Elegí llegar a los lugares y sacarles todo lo que pude. Intenté echar raíces de forma consciente. El hockey me dio mucho más de lo que imaginé; jugué en las mejores ligas del mundo, pero siempre sentí que jugaba para mi club. El Daring fue mi 'Uni' en Europa", sentenció Brunet.

FINAL DE LA SEGUNDA PARTE