La carrera de Stan Wawrinka llegó a su fin. A sus 41 años, el suizo perdió en el ATP 500 de Basilea y se despidió para siempre del tenis. Excusa más que perfecta para acudir a la nostalgia y recordar la carrera de uno de los jugadores más brillantes que tuvo este deporte y portador del, posiblemente, revés a una mano más hermoso que se haya visto.
De la granja de Lausana a la elite del tenis mundial
Stan Wawrinka nació en la ciudad de Lausana, Suiza, el 28 de marzo de 1985. Hijo de Wolfram (padre de origen checo-alemán) e Isabelle (suiza), creció en el seno de una familia lejos de los lujos y grandes centros de alto rendimiento tradicionales. Los primeros años de su vida transcurrieron en el cantón de Vaud, en una granja biodinámica conocida como la Ferme du Château, en Saint-Barthélemy, cerca de su ciudad natal.
Aquel entorno rural marcó profundamente su carácter. La granja no era solo un hogar familiar compartido con su hermano mayor, Jonathan, y sus dos hermanas menores, Djanaée y Naélla; también funcionaba como un espacio de integración social donde sus padres albergaban y daban apoyo laboral a personas con discapacidad intelectual leve, depresión o problemas de adicción. Ese ambiente de esfuerzo silencioso, trabajo duro y resiliencia moldeó la ética laboral que más tarde Wawrinka trasladaría a su carrera como profesional.
Su vínculo con el tenis comenzó de manera tardía y pausada en comparación con otros prodigios de la época (Jo-Wilfried Tsonga, Richard Gasquet, Marcos Baghdatis, Andy Murray o Gael Monfils). Empezó a jugar a los ocho años, practicando apenas una vez por semana. Recién a los once incrementó su rutina a tres entrenamientos semanales, momento en el cual su histórico entrenador, Dimitri Zavialoff, tomó una decisión fundamental que cambiaría el curso de la historia del tenis: modificar su golpe de revés de dos manos a una sola mano. Con el tiempo, esa ejecución técnica se convertiría en su marca registrada.
Tras abandonar la escolaridad tradicional a los 15 años para volcarse de lleno al profesionalismo, continuando sus estudios a distancia, Wawrinka completó una destacada etapa junior. Su mejor etapa como juvenil la vivió en el año 2003, donde ganó Roland Garros derrotando en la final a Brian Baker y alcanzando el séptimo lugar del ranking ITF. Y todo ese recorrido, que comenzó en su granja familiar, decantó en que años después sea uno de los grandes adversarios de los tres mejores jugadores de la historia: Roger Federer, Novak Djokovic y Rafael Nadal.
El revés perfecto: la marca registrada que desafió al Big Three
Si el tenis tuviera un manual de estética y potencia, el golpe de revés a una mano de Stan Wawrinka ocuparía un lugar de privilegio absoluto. Mientras el tenis moderno tiende a eliminar este recurso (ya prácticamente no hay jugadores de élite que lo utilicen), el suizo mantuvo viva una escuela casi extinta, transformándola en su sello y que terminó dándole resultados más que favorables.
Este tiro terminó por ser un dolor de cabeza para los mejores jugadores del mundo y estandartes de la época dorada del tenis: Roger Federer, Novak Djokovic y Rafael Nadal. Su revés no entendía de superficies ni de contextos: era el golpe definitivo al que apelaba para salir, incluso, de situaciones donde se encontraba contra las cuerdas. Tal es así que John McEnroe, no dudó en catalogarlo como "el mejor revés a uno o dos manos en la historia del juego".
Con ese latigazo inconfundible, Wawrinka quebró la tiranía de los dominadores de este deporte en tres finales de Grand Slam inolvidables: venciendo de gran manera a Rafael Nadal en el Australian Open 2014 (6–3, 6–2, 3–6, 6–3), desgastando mental y físicamente a Novak Djokovic en Roland Garros 2015 (4–6, 6–4, 6–3, 6–4), y volviendo a doblegar al serbio en el US Open 2016 (6–7(1), 6–4, 7–5, 6–3). Cabe resaltar que en la conquista de París, le ganó un partido memorable a Roger Federer en sets corridos.
Los tres grandes impactos que marcaron su leyenda
Hubo un antes y un después en la carrera de Stan Wawrinka cuando dejó de ser un talentoso animador del circuito para convertirse en el verdugo de la era dorada. En un deporte rigurosamente gobernado por el Big Three, el suizo se transformó en un jugador capaz de arrebatarles títulos de Grand Slam a Rafael Nadal, Novak Djokovic y Roger Federer, construyendo su estatus de leyenda a base de grandisimas victorias.
El primer gran zarpazo llegó en el Abierto de Australia 2014. Allí, un Wawrinka desatado quebró una racha 25 victorias consecutivas de Djokovic en el Grand Slam oceánico, un invicto de 28 partidos a nivel general y 14 semifinales seguidas en torneos major. Y para coronar, tras vencer a Tomas Berdych en las semifinales, le ganó al N°1 del mundo de ese momento: Nadal.
Un año más tarde, en Roland Garros 2015, firmó una de las obras maestras más impactantes del siglo XXI sobre polvo de ladrillo. Tras llegar sin complicaciones a los cuartos de final, le ganó sin atenuantes a Federer (6-4, 6-3 y 7-6), venció a Tsonga quien era el mejor jugador local de ese momento (6-3, 6-7, 7-6 y 6-4) y privó a Djokovic en la final de ganar el último torneo de Grand Slam que le faltaba en sus vitrinas en ese momento, en una actuación que aún hoy es recordada.
El ciclo de sus conquistas doradas se cerró en el US Open 2016, otra vez frente a Djokovic. En un partido que duró casi cuatro horas, Wawrinka resistió el desgaste supremo, sacó a relucir su jerarquía en los momentos límite y se impuso por 6-7 (1), 6-4, 7-5 y 6-3. Tres finales de Grand Slam disputadas y tres victorias ante los número uno del mundo.
El adiós en Basilea: la despedida ante su gente a los 41 años
El punto final de su carrera llegó en su país. A los 41 años y en el ATP 500 de Basilea, Stan Wawrinka cruzó la red por última vez como jugador profesional. La derrota por 7-5 y 7-6 (2) ante el checo Jiri Lehecka fue apenas un detalle en las estadísticas de una noche donde el resultado pasó a un segundo plano. El suizo se fue de la cancha con la frente en alto, dejando su raqueta pero llevándose la ovación eterna de la gente que le agradeció y le agradecerá siempre su brillante juego y el haber animado el tenis de una manera majestuosa y estética, que posiblemente nunca más se vuelva a repetir.
