MAR DEL PLATA (Enviado especial) – Afuera, las olas rompen con fuerza y estremecen en su rugido final. En el camino nos observan los inamovibles lobos marinos, chocamos con los infortunios de los apostadores del casino, sentimos el característico aroma a churros y transitamos la extensa avenida Independencia para llegar a su intersección con Juan B. Justo. Adentro, se escucha el silencio. El Polideportivo Islas Malvinas está vacío. Mientras aguarda por el duelo de este jueves 27 de agosto entre Argentina y Puerto Rico, clasificatorio para el Mundial 2027, su pasado, cargado de emociones, reaparece.
Transcurrieron casi 15 años, pero el recuerdo está fresco, latente. El frío, en el invierno que no quiere ceder su espacio, se repite. Tanto el del 10 de septiembre de 2011 como el de hoy son de los que invitan a ponerse todo el abrigo que viajó en la valija. El sol, contra el agorero pronóstico, les gana la batala a las nubes, agazapadas para contraatacar.
Argentina ya se entrenó por la mañana y volverá a hacerlo por la tarde. Mientras tanto, silencio, que no es silencio sino una invitación a la nostalgia.
La segunda semifinal del Preolímpico de 2011 entregaba el último boleto que ofrecía el Torneo de las Américas para los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Brasil ya había dejado en el camino a República Dominicana. Todas las miradas del mundo del básquetbol estaban en Mar del Plata. No solo por lo que había en juego, sino por los protagonistas. Emanuel Ginóbili, Luis Scola, Carlos Delfino, Fabricio Oberto y Pablo Prigioni brillaban en el seleccionado argentino, dirigido por Julio Lamas. José Juan Barea y Carlos Arroyo eran las grandes figuras del conjunto boricua, con Renaldo Balkman, John Holland y Daniel Santiago como partenaires de lujo, bajo el mando de Flor Meléndez.
Argentina, local, sentía la obligación de ganar. El peso estaba sobre los hombros de los mejores jugadores de básquetbol de la historia del país.
Puerto Rico llegaba con deseo, ilusión y talento como para romper el hechizo de ese equipo mágico que hacía delirar al público en Mar del Plata, a estadio lleno cada noche.
El tiro de Barea en Argentina vs. Puerto Rico de 2011, según los protagonistas
En un desarrollo cambiante, el seleccionado albiceleste comenzó mejor y con dominio del juego y el resultado. El equipo caribeño, vestido íntegramente de azul, reaccionó en el segundo parcial y se fue al descanso al frente. Argentina recuperó el liderazgo en el tercer cuarto y no lo soltó, aunque no pudo escaparse. El cuarto período se vivió con la intensidad que le correspondía a un encuentro decisivo.
Julio Lamas tiene el partido fresco en la memoria: "Me acuerdo cómo Flor Meléndez decidió sobredefender exageradamente a Manu Ginóbili. Achicó la cancha desde dos jugadores todo el tiempo. Eso hizo que Manu anotara 23 puntos, pero que les generara ventajas a los demás: Scola convirtió 27 puntos y Prigioni metió 5 triples, algunos de esos claves para que nosotros casi siempre estuviéramos al frente en el marcador".
Y, a partir de la invitación de ESPN.com, llega al momento cúlmine: "En el cierre del partido, Puerto Rico se nos vino un poco hasta llegar a la situación del triple final de Barea".
Ese momento es el que cada uno de los que estuvimos ahí no podremos olvidar en nuestras vidas. Tampoco, claro, los que lo vieron a la distancia.
Rebobinemos unos instantes y repasemos el epílogo del encuentro: Argentina anota su último doble del partido, para llegar a 79 puntos y sacar 4 de ventaja, mediante Scola, tras un pick and roll con Ginóbili. Restan eternos 3 minutos con 52 segundos.
Con tiros libres de Santiago y Barea, más un gancho del pivote que usa lentes protectores, Puerto Rico iguala en 79 cuando queda 1:52.
Manu recupera la ventaja desde la línea, aunque convierte solo 1 de 2 intentos, inusual para el bahiense que había fallado apenas 1 tiro libre de 31 lanzamientos en todo el torneo.
En el siguiente ataque, Arroyo desaprovecha dos intentos desde media distancia.
Argentina hace correr el cronómetro hasta que Prigioni recibe una falta de Arroyo cuando restan 6.6 segundos. En sus primeros tiros libres de la noche, Pablo, como Manu, falla el primero y acierta el segundo.
81-79. Alex Galindo es el responsable de llevar la pelota al campo rival. El alero no encuentra la posibilidad de lanzar y le deja la responsabilidad a Barea. El flamante campeón de la NBA con Dallas Mavericks toma un tiro de tres puntos alejado de la línea semicircular, pero no tan distante.
La pelota va rumbo al aro. Suena la bocina. Ese vuelo se hace eterno. Hasta que el contacto del balón es con el hierro y no con la red, la velocidad de los latidos se detiene o se acelera al máximo, sin término medio. El marcador no se mueve y Argentina festeja la sufrida clasificación.
Prigioni, quien era el defensor más cercano a Barea y le levantó la mano para obstaculizar el tiro, sintetiza ahora lo que vivió aquella noche: "Me acuerdo de rezar durante ese segundo y medio hasta que vi que la pelota no entraba. Creo que tanto yo como todos rezamos, porque estaba ahí la clasificación a un Juego Olímpico. Fue un partido muy duro. Ellos tenían no solo a JJ sino también a Carlos (Arroyo), una media cancha muy picante. Fue durísimo. Un final igualado que como en todos los partidos difíciles se definen en una acción. Nos quedamos sin aire por un momento. Fue un tiro difícil, contestado, apurado y sobre la bocina, que lo normal es que no entre, pero... Menos mal que se dio para nuestro lado".
Andrés Nocioni se había lesionado el tobillo derecho tres días antes, en el salto inicial del duelo contra Brasil. Si bien intentó jugar en la semifinal, su participación fue testimonial. A pesar del trabajo de los kinesiólogos en tiempo récord, Chapu no estaba en condiciones de colaborar con sus compañeros. Con una toalla sobre la cabeza, que le servía para taparse la cara en algunos pasajes del dramático desenlace, Nocioni vio la última jugada. Y así la revive: "Fue una parálisis momentánea del cuerpo. El corazón se detuvo por unos segundos, porque fue un tiro que tuvo grandes chances de poder entrar y así arruinar algo totalmente histórico. Era nada más y nada menos que la clasificación olímpica para Londres. Si la metía, nos mandaba a un repechaje durísimo que no sé si hubiéramos podido pasar".
Y agrega: "Fue un momento de mucho nerviosismo y de una gran ansiedad por no poder ayudar, ya que en ese partido lamentablemente apenas pude jugar unos segundos porque no podía ni pisar. Tenía un poco de impotencia también, en ese sentido".
Lamas también repasa el lanzamiento de Barea: "Fue desde lejos, incómodo, pero en el vuelo de la pelota se cortó la respiración hasta que vimos que no había entrado. Yo me quedé parado, pero Néstor García y Manuel Álvarez empezaron a festejar antes. Los miré desconcertado y me dijeron 'se veía que iba afuera desde el lugar en el que estábamos nosotros'. Desde donde yo estaba no se veía tan así".
El exentrenador analiza el contexto del inolvidable duelo: "Fue un partido de muchísima presión porque si no clasificábamos en casa con todos los NBA y con nuestras familias ahí mirando iba a ser difícil de digerir".
Argentina vs. Puerto Rico se vuelven a enfrentar en Mar del Plata
La distancia de 15 años no borra el recuerdo de ese instante.
El paso del tiempo, con otros diez enfrentamientos posteriores entre Argentina y Puerto Rico, nos trajo otra vez a Mar del Plata. Para revisar un partido histórico. Y para palpitar el que se viene, menos determinante que aquel, pero trascendental para las aspiraciones mundialistas de ambos.
"Lo que ahí hacían Barea y Arroyo, ahora va a estar concentrado en José Alvarado. Para este partido hay que frenar el contraataque y a él", anticipa Lamas, en una perfecta síntesis que une las dos historias.
Este enfrentamiento no está repleto de estrellas de la NBA ni adjudica una pasaje directo a un torneo grande, pero sí tiene un peso específico importante para darle el valor que merece.
Pasado y presente se encuentran en el mismo escenario.
