A 51 años de la muerte de Rocky Marciano, un eterno ganador y un récord que quedó inmaculado

Cansado de los entrenamientos, Rocky Marciano anunció que colgaba los guantes en 1956 AP

Nació en Brockton, Massachusetts, el 1ro de septiembre de 1923. Su verdadero nombre fue Rocco Francis Marchegiano. Hijo de un zapatero que vivió de cerca el martirio de Nicola y Vanzetti, le prometió ser campeón de boxeo, pero su verdadero sueño era jugar beisbol…

Cuando era aún un bebé estuvo gravemente enfermo. Cuando empezó a mejorar, el médico de la familia dictaminó que: "Si este chico salió bien, será muy fuerte y seguramente será difícil vencerlo".

No se equivocó.

Sin embargo, su vida privada estaba lejos de ser la de un atleta: le gustaban las pastas caseras y tenía sobrepeso. Además, fumaba un paquete de cigarrillos por día. Sus amigos lo convencieron de que tenía que boxear. Le tomó una prueba quien luego fue su entrenador de toda la vida, Charley Goldman. El veredicto fue: "Este chico es muy torpe, pero pega como un animal".

Lo cierto es que tras su paso por el Ejército, logró acumular peleas y victorias como amateur, incluyendo un torneo Guantes de Oro en Nueva Inglaterra.

Medía 1 metro 79 centímetros y pesaba unos 88 kilos. O sea, era realmente un boxeador poco dotado para la división, al menos por su estatura (fue uno de los campeones mundiales pesados más bajos de la historia, aunque Mike Tyson luego llegó con un centímetro menos aún, 1,78) a lo que se sumaba un temperamento alocado.

Lanzaba golpes muy abiertos y en ocasiones perdía la calma, pero eso sí, pegaba como un animal… Por esa razón estaba obligado a combatir en la corta distancia. Goldman supo desarrollar un estilo que le convenía por su físico y temperamento y lo convirtió en una máquina de ataque y destrucción.

Debutó como profesional en 1947 con un nocaut en tres vueltas sobre Lee Epperson. Y enhebró 16 nocauts consecutivos, 9 de ellos en el primer asalto.

Luego de la hegemonía de los afroamericanos en los pesos completos, un boxeador blanco, de origen italiano, era una atracción, y eso fue Rocky. Como su nombre no era fácil de pronunciar, un anunciador lo convirtió en Rocky Marciano. Y así quedó, para siempre…

Para el año 1951 ya era una figura que estaba para más. Fue entonces que lo enfrentaron a Joe Louis, quien ya muy veterano, serviría para convertirse en un nombre importante en su ascendente carrera.

Así fue. "El Bombardero de Detroit", el tremendo campeón de los pesados, tenía entonces 37 años y ya no era el mismo. Marciano, de 28, lo noqueó en el Madison en el octavo asalto. Casi ni festejó. Se dice que lloró por haber vencido a su ídolo frente a 17.241 personas. Pero ese triunfo lo acercaba a ser el campeón de los pesos completos.

Efectivamente, un año después, el 23 de septiembre de 1952, a los 29 años, en Filadelfia, noqueó en 13 rounds a Jersey Joe Walcott, frente a 40.379 espectadores después de haber estado en el suelo, y se consagró campeón mundial. Iba abajo en las tarjetas, estaba malamente cortado y solamente podía ganar por un nocaut, que logró con una breve derecha a la mandíbula, golpe que él llamaba “Suzie Q”. En la revancha todo duró tan poco que muchos ni vieron el golpe, el 15 de mayo del 53 en Chicago.

Se afirmó entonces que Félix Bocchicchio, manager de Walcott, aceptó la pelea con su boxeador con revancha incluida.

Sobre todo porque Frankie Fratto, poderoso nombre de la mafia en las ciudades de Chicago y Nueva York, protegía a Marciano y lo querìa ver campeón mundial. Fratto también era muy amigo de Frank Sinatra y Marilyn Monroe.

Marciano conoció a otros personajes como Frankie Caro o Blinky Palermo, y nunca renegó de ellos. Fue conducido por Gene Caggiano y Al Weill.

También fue cuestionado por elegir rivales que le podían ofrecer oposición, pero que ya no brillaban como antes, como pasó con Ezzard Charles, a quien venció dos veces, o el veterano Archie Moore.

Fue frente a Moore que Marciano hizo su última pelea el 21 de septiembre de 1955. En el Yankee Stadium de Nueva York, ante 61.574 espectadores, se impuso por nocaut en 9 asaltos. Esa noche, Marciano recibió una bolsa de 482.374 dólares.

Cuentan que solía esconder fajos de billetes en diferentes lugares de su casa, que por supuesto, tras su muerte jamás fueron hallados.

Cansado de los entrenamientos, anunció que colgaba los guantes en 1956. Su récord quedó inmaculado: 49 peleas, todas ganadas, 43 por nocaut. Invicto.

El 31 de agosto de 1969 tomó un vuelo privado que jamás aterrizó en Des Moines, Iowa, en donde debía asistir a una presentación personal. Rocky estaba en Chicago y pensaba ir a su casa en Florida para festejar su cumpleaños, pero lo convencieron de dar un discurso en Des Moines, cosa que hizo en una avioneta de un solo motor, piloteada por Glenn Belz, que no tenía suficientes horas de vuelo. Cuando sobrevolaban Newton, Iowa, la máquina perdió potencia y altura y se estrelló. Murieron los tres, el piloto, un amigo de Rocky y Marciano.

Un día después, el primero de septiembre, iba a cumplir 46 años.

En 1990 ingresó al Hall de la Fama de Canastota. No es casual el apodo de Balboa, en la saga de Sylvester Stallone. De hecho, en la primera película se aprecia una gran foto de Marciano en la habitación del “Rocky” de celuloide.

Se retiró invicto, gozó de una tremenda popularidad y se hicieron varias películas con su vida, pero no pudo ver una de sus grandes victorias. Fue una pelea imaginaria con Muhammad Alí.

El organizador, Murray Woroner, organizó un torneo por medio de una computadora NCR 13. Metió los datos de los principales campeones pesados y llegó a la gran final con Marciano y Alí. Los hombres aceptaron enfrentarse y la grabación, realizada en 1968, se mantuvo en absoluto secreto.

Rocky bajó como veinte kilos y se puso un peluquín. Se grabaron, también, todos los resultados posibles. Cuando tuvo el proceso final, Woroner guardó para sí el nombre del vencedor.

La película se estrenó en cines el 22 de enero de 1970, cuando ya Rocky había fallecido. Nunca se enteró, pues, de que era el ganador por nocaut en el 13er asalto.

Así pasó Rocky por la vida: ganador eterno, sonriente siempre, carismático y noqueador, para convertirse en lo que sigue siendo: una leyenda.