El discreto encanto de una victoria

Este domingo el piloto de la Escudería Ferrari, Charles Leclerc (21 años de edad), se impuso en el Gran Premio de Italia de la Fórmula 1 que se disputó en el histórico circuito de Monza. Fue una carrera en la que el joven monegasco se mantuvo casi todo el tiempo en punta (salvo en el juego de los pit stop) pero sufriendo el permanente asedio de los McLaren de Lewis Hamilton y Valtteri Bottas, siempre a un segundo y medio (poco más o menos) del líder.

Para los aficionados italianos, fanáticos de Ferrari, fue una contienda agotadora. Lo vivieron como si se hubieran pasado las 53 vueltas nadando en mar abierto para escapar de dos tiburones hambrientos que se mantenían, primero uno, después el otro, a un palmo de propio cuerpo.

Ferrari llevaba nueve años sin poder ganar en Monza. Leclerc está en su primer año como piloto de la escudería italiana y ya lleva dos carreras ganadas (consecutivamente). En el podio, como en un balcón sobre la multitud adorante, la mirada, aún de niño, de Leclerc se perdía como en un sueño, en la inmensidad de la marea humana que lo vitoreaba.

Este lunes el triunfo de Leclerc ocupará la tapa de todos los medios gráficos, estará en los títulos de todos los noticiarios y será el argumento principal en los bares, en las esquinas, en el metro, en las oficinas, en los ascensores y en cualquier lugar donde dos o más personas se encuentren y se produzca ese instante de silencio que solo puede rellenarse comentando algo de actualidad.

En Italia se esperaba desde hace mucho tiempo, tal vez demasiado, una victoria así; con la explícita promesa de “piloto campeón” como la que hoy dejó caer Leclerc en ese templo de la velocidad que es Monza.

Si tuviéramos que encontrar un modo simple para describir la pasión que los italianos nutren por el objeto automóvil (y de consecuencia por el automovilismo) tal vez bastaría con señalar el modo coloquial con el que lo llaman: “la macchina”. Así, con el artículo determinado, que hace del objeto algo único y superior a cualquier otro objeto mecánico.

En Italia nadie posee “un vehicolo”, “un'auto”, “un'automobile”, “un'autovettura”, “una vettura” (estas denominaciones podrán como máximo aspirar a la fría presencia en algún documento oficial o informe leguleyo).

El italiano se refiere a su coche con admiración implícita: “¿Hai visto la mia macchina? ” (¿has visto mi automóvil?), “¿dove hai lasciato la macchina?” (¿donde has dejado el auto?).

En un país tan afectivamente ligado al automóvil, la relación con la Fórmula 1 y con la Ferrari especialmente, es visceral.

Llevo más de dos décadas viviendo en este maravilloso país y en ese tiempo he aprendido a reconocer algunos acentos, ciertas cadencias dialectales y determinadas idiosincrasias culturales.

He entendido que para muchos lo importante es su “borgo” (barriada), o su ciudad, o su región y por último, si cabe, su país.

Se hace obvio que no les es fácil encontrar una síntesis de nacionalidad entre antiguas “Ciudades-Estado” cargadas de historia, que tal vez por siglos se han hecho la guerra entre ellas y que desde hace “solo” 158 años están reunidas bajo una misma bandera, en un único Estado.

He notado que muchos italianos tienen dificultad para recordar las palabras de su canción patria y que raramente se refieren a ella como “nuestro himno”, habitualmente lo llaman “el himno de Mameli”, como si a ellos no les perteneciera, como si fuera solo de su autor (Goffredo Mameli).

Pero he aprendido también que pocas cosas encienden el ánimo nacional de los italianos como una victoria de su selección de fútbol (sobre todo si es en un Mundial) o como una victoria de la Ferrari (sobre todo si es en Monza).

En estos casos las diferencias desaparecen, sonríen igual en el norte y en el sur. Coinciden todos en que los define “il Renascimento”, que los emociona “il bel canto”, que son un pueblo de “santi, poeti e navigatori”, etc.

Por eso este lunes aquí en Italia, como siempre, cada uno es cada cual, pero todos amanecieron un poquito más italianos.