¿Qué sucedió a Juan Becerra, el obrero mexicano que murió en la construcción del estadio SoFi?

Mirna Ontiveros, la viuda de Juan Becerra, visitó el estadio SoFi por primera vez. Elisa Ferrari for ESPN

INGLEWOOD, California – Las lágrimas comenzaron a aparecer en el rostro de Mirna Ontiveros, tan pronto como ella empezó a avistar la fachada del SoFi Stadium. Era sábado, en una mañana inusualmente fría y ventosa; y Mirna aún no estaba segura del por qué se encontraba en este lugar. En los meses que han pasado desde que su esposo, un obrero metalúrgico de nombre Juan Becerra, tuvo una caída mortal mientras ayudaba en la construcción de este suntuoso estadio de fútbol americano, Mirna ha luchado con la idea de verlo con sus propios ojos.

Mirna seguía pensando en lo que su esposo debió haber sentido durante el momento en el cual comenzó a caer: temor, desamparo. Todo lo que puede correr por la mente de una persona en los segundos que se requieren para descender a más de 100 pies hacia el mundo desconocido de la muerte. Y en medio de su duelo, ella no podía soportar la idea que Juan Carlos Becerra falleció a solas, a más de 1.600 millas de distancia de sus seres más queridos. Por eso, Mirna se encontraba en este lugar, viendo esta arena opulenta, desde la esquina de un estacionamiento vacío adyacente al vecino Forum, separado por una cerca alambrada; debido a que una demanda por muerte por negligencia sigue acechando su dolor. El espíritu de Juan Carlos le eludió.

“Es difícil”, expresó Mirna, de 40 años. “Llegué aquí con la idea de quizás verle aquí, sentirle, pero todo lo que veo es este estadio y no siento nada. Solo tristeza”.

Mirna fue acompañada por Juan Jr., su hijo de 5 años, que con cada día que pasa le recuerda más y más a su esposo fallecido. Mirna notó un cambio drástico en Juan cuando Juan Jr. llegó a sus vidas. Dejó de salir por las noches, para convertirse en un hombre más concentrado en su familia. Durante un tiempo, dejó de consumir alcohol. Su matrimonio se fortalecía cada vez más.

Juan, de 37 años, pasó la mayor parte del último lustro laborando en plataformas petroleras offshore en el Golfo de México, y se sentía cada vez más cansado de dicho trabajo. Al acercarse el final del mes de mayo, con los equipos de Los Angeles Rams y Los Angeles Chargers a menos de cuatro meses de iniciar sus respectivas temporadas, junto con los problemas a última hora causados por las restricciones obligadas por la pandemia del coronavirus, Juan aceptó la oportunidad para laborar por segunda vez en las obras del SoFi Stadium como técnico del sistema de accesos en cuerda. El salario y la oportunidad eran demasiado atractivos como para dejarlas pasar. Éste sería su último empleo lejos de su hogar en Brownsville, Texas. Juan hablaba constantemente de sus deseos de evitar que su hijo creciera con un padre constantemente alejado de él.

Juan falleció el 5 de junio, un viernes, poco después de las 11 a.m. hora del Pacífico, siete días antes de producirse una visita prometida por Mirna y Juan Jr. Por el contrario, el vuelo de ambos se produjo 22 semanas después. Lily Hernández, cuñada y confidente de Mirna, tomó el asiento que daba a la ventana en la fila 17 de su vuelo en United Airlines, que despegó al final de la tarde. Tenía la intención de evitar que Mirna viera sobrevolar el SoFi Stadium durante el trayecto con destino al Aeropuerto Internacional de Los Ángeles. De todos modos, Mirna vio ese inconfundible techo traslúcido y comenzó a llorar. “Ahí te quedaste”, expresó a nadie en particular.

“Me duele porque, debido a un tecnicismo, debido a un detalle menor, no tengo a mi esposo conmigo”, afirmó Mirna a la mañana siguiente, mientras veía al SoFi Stadium. “Los demás pueden seguir con sus vidas y aquí estoy, sin el padre de mi hijo”.

ROBERT JUÁREZ SE encontraba a centímetros de distancia de Juan Becerra cuando éste perdió la vida. Sigue pensando con respecto a lo improbable de la situación. Ambos habían pasado el último mes trabajando juntos y Juárez ni siquiera había visto un tropiezo por parte de Juan. Esa mañana, sí lo presenció. Y lo hizo cerca de esa sección del panel del techo (uno entre 302 en total) que resultó estar suelta.

“Está jo----, hombre”, afirmó Juan, entre lágrimas. “Nunca pensé que presenciaría algo así. Y es jo----, porque sentiste que no podías nacer nada por él”.

Una pasarela, comúnmente conocida por los trabajadores como “canaleta”, circunda la parte superior del techo del SoFi Stadium. Tiene entre cuatro y cinco pies de ancho, según estimó Juárez, y era común ver a los trabajadores caminar sobre ella sin un arnés. Ofrecía plena cobertura. Aproximadamente a tres pies de altura, se encontraba una cornisa de cerca de 18 pulgadas de ancho, seguida por una brecha del ancho del pie de un ser humano, seguida por otra cornisa de 18 pulgadas de ancho. Después de esas cornisas, estaban los paneles de etileno tetrafluoretileno que conforman la estructura del techo, que en aquel momento ya se encontraban totalmente instalados y eran más que capaces de soportar el peso de una persona promedio.

El día de su deceso, según afirma Juárez, Juan cargaba consigo cerca de una docena de correas de trinquete. La pasarela tenía algunos escombros; por ello, Juan se dirigió a la cornisa y siguió caminando por aproximadamente cinco minutos. Mientras se acercaban al final de su trayecto, Juárez se giró, pensando que Juan podría necesitar ayuda. En ese momento, pudo ver a Juan tropezar, colapsar al suelo y caer directamente sobre un panel que no estaba totalmente asegurado y que tampoco contaba con alguna señalización que advirtiera de su inestabilidad.

“Simplemente, no lo pude sujetar”, dijo Juárez. “Se cayó, hombre”.

Se declaró el deceso de Juan, sin necesidad de intervención médica, a las 11:10 a.m., hora del Pacífico. El Médico Forense del Condado de Los Ángeles indicó que cayó aproximadamente a 120 pies a lo largo del ala este del SoFi Stadium. Una denuncia de 17 páginas presentada el 3 de agosto ante el Tribunal Superior de Los Ángeles acusó que la carencia de equipo protector contra caídas, la remoción de un panel del techo sin previo aviso y la presencia de objetos peligrosos que obstruyeron el sitio de la caída, fueron los motivos por los cuales el deceso de Juan pudo haberse evitado.

“Debido a las demoras motivadas por la pandemia del coronavirus y la exigencia de fecha de finalización requerida en agosto de 2020, ante la cercanía de la temporada de la NFL”, expresa la demanda, “las obras fueron apresuradas de forma innecesaria por los demandados, teniendo como consecuencia la ausencia de precauciones de seguridad apropiada y la falta de un espacio de trabajo seguro, que fueron factores sustanciales que causaron la caída”.

Cinco firmas legales distintas participan del proceso legal (incluyendo un bufete vinculado con Mikal Watts, quien se hizo famoso por negociar un arreglo extrajudicial por $13.5 mil millones a favor de las víctimas de los incendios forestales que azotaron el Sur de California el año pasado). Se mencionan seis empresas demandadas, entre las que se incluye Stadco LA, la entidad que administra al SoFi Stadium, junto con las corporaciones que conforman el consorcio Turner-AECOM Hunt, encargado de supervisar la construcción.

La División de Seguridad y Salud en el Trabajo del Estado de California concluyó su investigación el 4 de diciembre pasado, citando a dos empresas, FabriTec Structures LLC y ZD Inspections LLC, que habrían incurrido en cinco infracciones entre ambas, proponiendo más de $54,000 en penalizaciones. Se dictaminó que cada una de estas empresas había infringido una normativa legal que expresa que “las aperturas en suelos, techos y claraboyas deben ser resguardadas, bien sea por barandas y rodapiés provisionales, o por coberturas”, lo que fue considerado por el organismo estatal, conocido por sus siglas Cal-OSHA, como una transgresión “seria y relacionada con el accidente” que redundó en la caída de Becerra. También se citó a la empresa ZD Inspections por no haber subsanado “condiciones inseguras relacionadas con riesgos de caídas” en la porción suroriental del techo del estadio y que sus empleados no utilizaran “sistemas personales de detención de caídas, de contención personal o de posicionamiento” mientras laboraban en dicha área.

Un representante del SoFi Stadium, a quien se le dio la oportunidad de responder al presente artículo, declinó comentar cuando se le informó de acusaciones similares hechas en la demanda original, alegando que los respectivos procesos legales seguían en curso. Un representante de Turner-AECOM hizo referencia a ESPN de su comunicado original, emitido por la empresa poco después del accidente de Juan. Un representante de ZD Inspections expresó a través de un correo electrónico que su compañía ha apelado las citaciones hechas por Cal-OSHA, esperando que “no se produzca un fallo adverso” a la conclusión del proceso. FabriTec Structures no respondió a nuestras solicitudes de comentario.

Juárez, de 34 años y oriundo de Houston, no regresó al SoFi Stadium después del accidente sufrido por Juan. Afirma tener constantes pesadillas sobre la caída y ya no quiere volver a trabajar en las alturas. En un futuro, aspira enfocarse más en labores como inspector.

“Cuando esto sucedió, hombre, me volví loco”, expresa Juárez, único testigo presencial conocido por los familiares de Juan. “Simplemente, enloquecí. No podía creer lo que acababa de ver. No podía dejar de llorar. Enloquecí”.

EN LA MAÑANA del 5 de junio, Mirna Ontiveros se bañaba en la alberca de la residencia de su hermano, lo que califica como un suceso extraño. Era cuestión de honor para Mirna, madre que permanece en casa y no sabe conducir, no participar en actividades recreativas cuando Juan Becerra se iba a trabajar, según expresa Lily Hernández. De forma supersticiosa, siempre temía que algo malo llegase a suceder. No obstante, Juan Jr. quería nadar y por ello, Mirna fue con él, acompañada por Karla y Julia Becerra, las dos hijas adolescentes de Juan, producto de una relación anterior.

Cuando la hermana de Juan llamó a Mirna para darle la mala noticia, ésta cayó al piso y miró a su pequeño hijo.

“Recuerdo su carita”, recuerda Ontiveros. “Me dijo: ‘Mami, ¿qué le pasó a mi papá?’ Y comenzó a llorar desconsoladamente. Le respondí: ‘Hijo, Papi ha muerto. Papi se fue con Dios’. Tuve que abrazarle y decirle que su papá ya no estaba más, que tuvo un accidente, que no volvería a estar con nosotros, que está con Dios. Pero, al recordar la forma como lloró, me llena de tanta tristeza, porque es apenas un niño pequeño. Y para él, escucharme decir que su papá había tenido un accidente, que su papá se había caído, que su papá había muerto, y decirme: ‘Mami, ¿qué le pasó a mi Papi?’ Me destruyó el alma, aunque ya estaba destrozada por completo”.

Ese día, Mirna estuvo a punto de sufrir hiperventilación y requirió de atención médica. En las semanas posteriores al deceso de su cónyuge, se negó a ingerir alimentos, perdiendo aproximadamente 20 libras en menos de dos meses. Sus familiares la alimentaron con batidos alimenticios, preocupados de que necesitara ser hospitalizada. No tenía energías para salir de casa durante el día y no podía evitar llorar casi todas las noches. Actualmente, Mirna se encuentra bajo terapia sicológica. Sin embargo, han pasado más de seis meses del triste suceso y aún no sabe qué hacer consigo misma.

“Todos los días necesito a mi esposo”, afirma Mirna. “Todos los días le necesito, todos los días me acuerdo de él. No tengo paz. No tengo paz. Sé que un día, con el pasar del tiempo, quizás sea distinto. Lo necesitaré, me acordaré de él, pero no dolerá tanto. El tiempo ayudará, poco a poco. Pero en estos momentos, es demasiado difícil”.

Mirna y Juan contrajeron nupcias en el otoño de 2010, cinco años después que uno de los cuatro hermanos de ella les presentó. Mirna, residente de Estados Unidos y que aspira obtener la ciudadanía el próximo año, dice que dependía fuertemente de Juan. Él era quien pagaba las cuentas, era quien la llevaba de paseo y vacaciones y le aportaba cierto semblante de vida social. Mirna se dedicó en cuerpo y alma a su hijo, mientras que Juan, según indica Mirna, prácticamente se encargaba de todo lo demás.

“Él era la única persona que me enviaba mensajes, el único con quien conversaba por teléfono”, afirma Mirna. “Mi teléfono ya no suena. No tengo amigos. No tengo nada. Mi hijo no tiene a su padre. Me siento sola”.

JUAN BECERRA, junto con unos compañeros de labores, residían en una casa de cuatro habitaciones, cercana al campus de la Universidad del Sur de California (USC), e iban a trabajar todos los días conduciendo un auto alquilado. Erickson Martínez era uno de ellos. Laboró junto a Juan durante su primer periodo en el SoFi Stadium, cerca del otoño de 2019, y volvió a trabajar con él durante la temporada veraniega. Este era el primer estadio en el que Juan laboraba, y debido a su tamaño y diseño, también es uno de los más revolucionarios.

“Definitivamente, se sentía orgulloso de lo que hacía”, expresa Martínez.

Martínez conoció a Juan en las torres petrolíferas, cuando el trabajo era mucho menos glamoroso. Llegaban en auto a Houlma, Luisiana, abordaban un helicóptero que los llevaba en un trayecto de 300 millas sobre el mar, para pasar varias semanas viviendo y trabajando en las gigantescas plataformas. Las rotaciones se incrementaron de 14 a 28 días, con apenas siete días de receso. Juan, que debía viajar por 11 horas desde su casa, en realidad disfrutaba de la compañía de su familia por cinco días, antes de volver a trabajar. Sus jornadas se iniciaban a las 5 a.m. y concluían cuando ya estaban lo suficientemente agotados para quedarse dormidos.

“Las horas en la plataforma son tan lentas”, expresa otro colega, Chris Manjarrez. “Solo puedes ver agua a millas y millas de distancia”.

Juan nació en Valle Hermoso, en la región norte de México; sin embargo, se crio en Brownsville, pueblo fronterizo en la costa del Golfo en el sur de Texas. Sus amigos le apodaron “Cocho” en son de broma. Lo describieron como un hombre de personalidad magnética, enérgico, bullicioso y de fácil trato. Le encantaba viajar, disfrutaba de los asados, trabajar la madera, amaba a los Dallas Cowboys y adoraba su camioneta pick-up negra Chevy Silverado Z71.

“Hombre, él era una persona siempre tan alegre”, afirma Manjarrez. “Siempre estaba de buen humor. Simplemente, siempre estaba lleno de energía y se sentía emocionado por todo, ¿sabes?”.

Juan, Mirna y Juan Jr. pasaron los últimos meses de la existencia del patriarca viviendo en un pequeño apartamento conexo a su residencia, que a su vez había sido alquilada a otra familia. Juan tenía planes de construir dos apartamentos más, mudarse nuevamente a su casa principal, arrendar los apartamentos por $650 mensuales y utilizarlos como una forma de obtener ingresos adicionales, mientras trabajaba cerca del hogar. Su empleo en el SoFi Stadium (que le pagaba $45 por hora más viáticos) sería el último lejos de su casa.

“Eso es lo triste”, indica Lily Hernández. “Ya no quería seguir alejado de su hijo”.

Juan laboraba en las plataformas petroleras, principalmente como técnico del sistema de accesos en cuerda, participando en trabajos de mantenimiento, pintura y construcción. Invirtió gran parte de su primer ciclo en el SoFi Stadium limpiando los escombros de los cables del techo. Posteriormente, un amigo le llamó para informarle que estaban en la búsqueda de trabajadores con experiencia. Su segundo empleo consistió, fundamentalmente, en instalar broches a los paneles del techo.

Tras su fallecimiento, se organizó una cuenta en la web GoFundMe, con la meta de recaudar $15,000 para ayudar con los gastos funerarios. En definitiva, la colecta online sumó $60,853. José Castillo, amigo cercano de Juan, congregó a 28 compañeros de trabajo de las plataformas de perforación y recaudó $4,000 adicionales. Llamó a Mirna para presentarse y darle la noticia; no obstante, en aquel momento, ella seguía dentro de un estado de vulnerabilidad. Durante la conversación telefónica, se mostró a la defensiva y molesta, diciéndole a Castillo que no necesitaba la ayuda de nadie.

“No hacemos nada para ofender a nadie”, Castillo recuerda haberle dicho, “pero él era nuestro hermano”.

¿Quién lo empujó?

CONSTANTEMENTE, JUAN JR. se pregunta quién empujó a su padre. Nadie sabe qué decirle. Mirna Ontiveros expresa que el infante es la viva imagen de su fallecido esposo. En ocasiones, Juan Jr. repite algunas de las malas palabras que su padre solía decir a viva voz y Mirna jura que Juan ha vuelto a la residencia familiar. Ella recuerda esas horas tardías de la noche, en las que Juan Jr. esperaba a Juan en la puerta, cuando éste regresaba a casa luego de trabajar. Mirna también recuerda como Juan Jr. solía despertarlo por las mañanas, para que jugaran juntos en la cama. Recuerda sus partidos de fútbol. Recuerda como Juan Jr. le enviaba a su padre al menos dos videos al día, para decirle que le quería.

“Su padre lo era todo para él”, recuerda Mirna. “Todo. Lo llamaba ‘Mi Rey’. Preguntaba: ‘¿Dónde está mi rey?’”

El espíritu enérgico de Juan Jr. impulsa a Mirna, le ayuda a seguir adelante, le da motivos para salir de casa y quizás, eventualmente, pasar la triste página que ha afectado su vida. Pero su curiosidad inocente e infantil le parte el corazón. Juan Jr. suele preguntarle por qué Dios sintió la necesidad de quitarle a Juan. Le pregunta por qué otros niños tienen padres y él no. Les pide a sus primos que marquen el número de celular de su padre para ver si éste le responde. Se poner a llorar cuando éstos se niegan a hacerlo.

“¿Cómo le digo a mi hijo que su padre no va a contestar?”, afirma Mirna, entre lágrimas. “¿Cómo le digo que su papá ya no va a responder a sus llamadas? A veces, se pone realmente ansioso porque no tiene a su padre cerca de él”.

Recientemente, Juan Jr. ha preguntado cuando volverán a casa. Actualmente permanecen en Reynosa, México, aproximadamente a 50 millas de distancia, acompañados por la madre y uno de los hermanos de Mirna. Ella aún no se siente en capacidad de volver a Brownsville. Es demasiado doloroso. Sin embargo, desea que Juan Jr. sea criado en Estados Unidos. Eventualmente, según reconoce, debe reanudar la vida que llevaba antes de la caída de Juan.

Ella creía que ver el estadio de cerca serviría como un importante primer paso. Esperaba que le pudiera dar la sensación de cierre que necesitaba para, finalmente, comenzar a rearmar los pedazos de su vida. Fue así como Mirna llegó a las cercanías del estadio acompañada por Juan Jr., Hernández y Brian White, uno de los abogados que labora en el caso y que reside y ejerce en Houston. Mirna vestía la misma camiseta negra personalizada que utilizó durante el funeral de Juan. Juan Jr. se sentó sobre un banco de concreto cercano y comenzó a jugar con su Nintendo Switch. Mirna lo cubrió con una chamarra adicional, con el fin de evitar que el niño sintiera escalofríos. Fue allí cuando comenzó a fijar la mirada detenidamente sobre esta resplandeciente instalación deportiva, en busca de algo que ella no podía ubicar.

El SoFi Stadium, producto de una inversión por $5 mil millones financiada por Stan Kroenke, propietario de los Rams, se encuentra abierto, aunque aún no opera a plenitud. En algún momento, cuando este país haya tomado control sobre la COVID-19, la flamante arena estará repleta de aficionados, en una región que pasó más de dos décadas sin contar con franquicias de la NFL. Eventualmente, será sede del Super Bowl, el partido por el Campeonato Nacional de Fútbol Americano Universitario, el Mundial de Fútbol y los Juegos Olímpicos, consolidándose como un hito preminente, ubicado en uno de los mercados más importantes de la nación.

La vida seguirá su curso, se celebrará la creación y construcción del SoFi Stadium y lamentablemente, se olvidará la existencia de Juan Carlos Becerra, convirtiéndose en un pequeño pie de página, oculto en las profundidades de la galardonada historia de una maravilla arquitectónica.

A pesar de ello, la vida de Mirna nunca volverá a ser la misma. Ella hizo la promesa de volver algún día, quizás con flores, para homenajear a su fallecido esposo.

La próxima vez, espera acercarse más.

“Duele”, expresó Mirna mientras partía de las aproximaciones de la arena. “Me duele que no pude estar allí para él”.