Así superó Ron Rivera al cáncer sin perderse un solo partido

Personas que estuvieron en el camino recuerdan el proceso al que fue sometido Ron Rivera, entrenador de Washington, para seguir en los emparrillados

ASHBURN -- Antes de recibir su dosis de radiación y someterse a la quimioterapia, el entrenador del equipo Washington Football Team, Ron Rivera, recibió un simple pero significativo saludo en la recepción del Instituto de Cáncer Inova Schar en Fairfax, Virginia.

Era un gesto cotidiano en una situación que no era normal.

Linda Carter, quien ha estado en la recepción del departamento de radiología del instituto durante 18 años, es la tía de facto de los pacientes con cáncer que esperan en el vestíbulo. Erra era parte de la comunidad que se desarrolló alrededor de Rivera mientras se sometía al tratamiento. Varios médicos, terapeutas y enfermeras se encargaron de ayudar a curar el cáncer de células escamosas de su garganta.

El de Carter era el primer rostro que veía cada día.

“Yo entraba y la Sra. Linda me saludaba y siempre decía algo positivo”, recuerda Rivera. “Ella fue genial”.

Le preguntaba si descansaba lo suficiente y cómo se sentía. Y por lo general, Rivera reunía la energía para decir “ok” antes de preguntarle cómo estaba.

El 29 de septiembre, Rivera se sintió bien cuando vio a Carter. Pero, para cuando estuvo en las instalaciones de práctica de Washington ese mismo día, se sintió lo suficientemente mal como para preguntarse si tendría que dejar el entrenamiento.

Su esposa, Stephanie, lo llevó a su casa y se fue a la cama, sin almorzar ni cenar. No podía moverse. Stephanie llamó al médico del equipo de Washington, quien regañó a Rivera por no comer. Después de colgar el teléfono, fue el turno de su esposa.

“Ella me regañó realmente bien”, confesó.

Y fue el turno de su hija, Courtney.

“Comí y volví a la cama. Al día siguiente me sentí muy bien y me di cuenta de lo importante que era comer. Ese martes, no sabía si podría seguir”.

Cinco días después, estuvo como entrenador en un juego.

Rivera, de 58 años de edad, fue contratado por Washington el 1ro de enero. El 20 de agosto anunció que le diagnosticaron cáncer en un ganglio linfático. Durante sus siete semanas de tratamientos que terminaron el 26 de octubre, incluidas tres rondas de quimioterapia y terapia de protones cinco días a la semana, estuvo fuera de tres prácticas, pero nunca se perdió un partido.

El entrenador tomaba varias siestas durante el día, a veces después de su tratamiento; otras veces después de una videoconferencia con los medios. Rivera salía de las instalaciones a menudo entre las 5 y las 6 p.m. debido a la fatiga. Pasó factura, pero no se detuvo.

“Me sorprendió. Por lo general, nuestros pacientes, a la mitad, dejan de trabajar”, ilustró el Dr. John Deeken, oncólogo y presidente del instituto. “La mayoría de nuestros pacientes hacía el final de su tratamiento están muy cerca de necesitar hospitalización porque hay muchas complicaciones”.

El éxito de Rivera fue posible gracias a un sólido sistema de apoyo, pero fue el equipo del instituto del cáncer el que se convirtió en su nueva comunidad, ayudándolo a superar su nueva realidad, nada menos que durante la pandemia de coronavirus. Todos jugaron un papel, y comenzó con Carter.

“Todo el tiempo le decía, ‘si no descansas lo suficiente, te regañaré’”, contó Carter de 65 años de edad. “Se cansan por la radiación y esas cosas. Pero me prometió que descasaría. Hablaba un poco más cada día, pero era callado”.

Los doctores

Debido a la proximidad del condado de Fairfax a Washington, D.C., los pacientes del instituto han incluido puestos de alto perfil, como funcionarios gubernamentales y jueces de la Suprema Corte. Rivera puede ser de alto perfil, pero debido a su educación en bases militares, tiene respeto por la cadena de mando. En esta cadena, estaba al final.

“Él era un pináculo de alguien que hizo eso realmente, realmente, realmente bien”, aplaudió el Dr. Gopal Bajaj, líder del equipo de oncología radioterápico de Rivera. “Nunca fue, ‘oye, esto es lo que soy y esto es lo que espero’. Se trataba de: ‘Estoy aquí, ¿puedes ayudarme? Haré lo que me digas’. Nunca sabrías que era alguien de tanta importancia para nuestra localidad o para los deportes”.

De hecho, el Dr. Deeken dijo que, en su primera sesión con Rivera, pintó lo que llamó el peor de los casos. Al final de una reunión de dos horas, Rivera dijo: “Dime lo que tengo que hacer y lo haremos”.

Rivera también consultó con la Dra. Patty Lee, quien se ocupa del manejo médico y quirúrgico de afecciones de la cabeza y el cuello. Pero Deeken y Bajaj se reunieron semanalmente con Rivera una vez que comenzaron sus tratamientos, y es posible que ambos lo vean durante los próximos cinco años para un seguimiento.

“Uno llega a conocerlos en lo que probablemente sea uno de los momentos más difíciles de su vida”, dijo Bajaj. “Aprendes mucho sobre ellos y puedes ver cómo enfrentan la adversidad”.

Bajaj sabía que Rivera era apodado 'Riverboat Ron', pero necesitaba un compañero de trabajo que le recordara por qué. No es que las apuestas de Rivera en cuarta oportunidad hayan sido un tema de conversación. Durante la mayoría de los tratamientos de Rivera, Washington no ganaba partidos, por lo que Bajaj dirigió las discusiones hacia los viajes, los restaurantes y las compras.

“Hay un asombro deslumbrante desde la perspectiva del médico”, dijo Bajaj, “porque piensas que él tiene una vida diferente a la de todos los demás… Me sorprendió escuchar la vida normal que tiene”.

El padre de Deeken creció como aficionado de los Chicago Bears, el equipo en el que Rivera jugó como apoyador desde 1984 hasta 1992. Deeken, sin embargo, es aficionado de los Green Bay Packers, por lo que a veces compartían apreciaciones sobre sus equipos. También hablaron sobre comida, centrándose en las preparada por Stephanie o Courtney.

“Fue difícil desarrollar con é una interacción amistosa y una relación médico/paciente”, aceptó Deeken.

Sin embargo, después de uno minutos, pasó a lo importante. Para Deeken, eso significó tres sesiones de quimioterapia; para el grupo de Bajaj cinco tratamientos semanales de protones durante siete semanas.

“Le tiramos el fregadero de la cocina”, dijo Deeken. “Es uno de los tratamientos más intentos por los que pasan los pacientes con cáncer”.

Rivera tomó el control de otras formas. Preplanificó cada semana en términos de nutrición, cuándo recibiría líquidos por vía intravenosa o cúando tomaría sus medicamentos, cuándo se reuniría con el equipo y cuándo entrenaría.

“El cáncer es una pérdida de control, y el entrenador le dio una patada en el trasero al cáncer”, dijo Bajaj. “Él tomó el control haciendo todo a la perfección, a la perfección. Siempre estaba en sus citas; siempre a tiempo. Programaba su cáncer junto al resto de su vida y no al revés”.

Bajaj mencionó que los fuertes lazos familiares de Rivera fueron importantes en su recuperación: Stephanie o Courtney asistían a las citas y Rivera hablaba sobre su hijo Christopher. Rivera también recibió ayuda del dietista, entrenador y médicos del equipo de la NFL y Washington.

“Pudo movilizar todos esos recursos que normalmente estarían reservados para sus jugadores”, apuntó Bajaj. “Pudo usarlos para ayudarlo a superar los tratamientos con éxito”.

Al final, Rivera le entregó a Deeken lo mismo que hizo con Bajaj: un casco firmado con el número 59, el número de Rivera de sus días como jugador con Chicago. También le dio a Deeken una tarjeta de sus días como jugador.

“Mi papá estaría sonriendo con esto. Muy significativo”, notó Deeken.

Enfermera navegante

El viaje a sus sesiones de quimioterapia involucró muchos giros en los pasillos del hospital y un viaje en ascensor, seguido de más giros. En el ascensor, Stephanie compartió una historia con la enfermera navegante, Zenaida Ferguson.

“Cuando se trata de futbol, lo sabe todo. Es un genio”, recuerda Ferguson que le compartió Stephanie. “Pero cuando se trata de direcciones y encontrar lugares, es una causa perdida. Salieron durante varios años antes de que él aprendiera cómo llegar a la casa del padre de Stephanie”.

Fue necesario tener a alguien para navegar por el cáncer, y Ferguson lo hizo de muchas maneras. Dijo que la mejor analogía es servir como guardián, la primera persona en ponerse en contacto con el paciente y guiarlo a través del tratamiento.

Ferguson sirvió como contacto personal durante al menos el primer mes, cerrando la brecha entre los departamentos de radiación y oncología. Ella coordinó el horario de Rivera y se aseguró de que pudiese seguir entrenando. Si se despertaba sintiéndose mal y necesitaba retrasar los tratamientos, ella recibía la llamada y se apresuraba a ponerse en contacto con el departamento correspondiente.

A menudo Rivera se comunicaba por mensaje de texto.

Programaba la cita con el dentista oncológico; el trabajo dental invasivo sería difícil de realizar después de los tratamientos. Si necesitaba algún trabajo de escaneo, ella lo arreglaba. Le advertía de los efectos secundarios. A veces lo acompañaba a su coche. Una vez estaba demasiado fatigado para caminar, así que lo llevó al estacionamiento.

Y sí, una vez, esta fan de Washington mostró su apoyo al equipo. Se cruzó con él en el pasillo el día después de que Washington derrotó a Dallas en la Semana 7.

“¡Gran juego ayer!”, señaló ella. “No pude evitarlo. Vences a Cowboys es mi Super Bowl”.

Los terapeutas

Todos los días de tratamiento, cinco días a la semana, Rivera necesitaba repetir una incómoda tarea: quedarse quieto de espaldas con una máscara de malla sobre la cara. Luego, la máscara se enganchaba a la mesa, manteniendo la cabeza quiete durante la duración del tratamiento. Cualquier movimiento afectaba el proceso, ya que los láseres apuntaban a un lugar preciso. Apoyaba la cabeza un cojín, a menudo se le colocaba una manta caliente.

Los terapeutas de protones hicieron un poco de todo, desde programar sus tratamientos de protones hasta tomar radiografías cada vez antes de sus sesiones. En su reunión inicial, explicaron qué debería esperar Rivera. Y todos los días verificaban su información, desde su cumpleaños hasta sus tratamientos, para asegurarse de que tuvieran al paciente correcto y administraran la dosis correcta para los tratamientos.

Más que nada, lo ayudaron a mantener la calma.

“Nuestro trabajo es hacerlo lo más cómodo posible”, apuntó Phillip Ihaza, uno de los terapeutas de Rivera.

Ponían la música que pedía Rivera. Al principio, pidió contemporáneo, luego pasó a los mejores éxitos de la actualidad. En otra ocasión, fue country y western. De vez en cuando, los terapeutas de protones, sentados en otra habitación, veían sus dedos de los pies golpeando. Rivera usó la música para marcar el ritmo de sus sesiones; después de cinco canciones sabía que se acercaba el final.

Por lo general, las sesiones duraban unos 25 minutos, a veces hasta 45.

“Fue una sensación muy inquietante”, recordó Rivera. “Si eres claustrofóbico, no tienes ninguna posibilidad. No tuve un episodio con eso hasta una semana después. No podía respirar. Tenía que dar la señal y tenían que venir rápido para desbloquearme”.

Cada vez se mentalizaba a sí mismo como si estuviera a punto de jugar un partido.

“Cada vez que escuchaba que la primera cerradura entraba, lo primero que pensaba era: ‘aquí vamos, vamos tras ella, vamos. Vamos cuerpo, vamos. Nosotros’. Vas a patear traseros”.

Pero el cáncer respondió.

Perdió 36 libras y pesó 232 en un momento, seis libras menos que cuando jugaba con los Bears. Luchó por tragar, un efecto secundario del tratamiento. Una ‘suciedad’ se acumuló en su garganta --imagina una quemadura de sol dentro de la garganta y la piel pelándose-- Rivera necesitaba escupir todo el tiempo.

“Es una sensación horrible porque no pude controlarlo”, dijo Rivera, quien agregó que todavía le duele tragar. “Tenía vasos para escupir todo el tiempo”.

Necesitó un enjuague bucal de ocho onzas de agua, bicarbonato de sodio y sal para evitar que las llegas se infectaran. Stephanie, así como el director de operaciones de Washington, Paul Kelly, siempre le recordaban que se enjuagara. Durante los partidos, Kelly constantemente le entregaba agua o Gatorade.

“Su piel comenzaba a enrojecerse y luego no podía tragar”, dijo Katie Banks, una de las terapeutas de protones. “Pero había que sacarles los dientes para tener una queja de él”.

Cualquier cosa ácida o picante le quemaría la garganta.

“Para el desayuno, comía panqueques y para ayudar a tragar, tomé lo que equivalía a tres tasas de almíbar en los dos panqueques”, recordó Rivera. “El agua tenía un sabor horrible. Las únicas cosas que realmente podía beber era cerveza de raíz y Mountain Dew. Esas tenían un sabor normal y me ayudaron a comer a partir de ese momento. Lo que es una locura es que una de las comidas que me ayudó a superar esto fueron los tacos de Taco Bell, por cualquier razón”.

Cuatro terapeutas de protones trabajaron con Rivera durante todo el proceso, generalmente en equipo de dos. No todos sabían de él: Zemenfes Semaie, el terapeuta de protones principal, dice que es un aficionado al baloncesto y pensaba, “ok, bien; un paciente normal y de rutina”. Pero otros lo hicieron, como Ihaza, quien creció en el área y se dice aficionado de Washington de toda la vida.

“Esa fue la parte más difícil para mí”, dijo. “Tenía tanta emoción de querer conversar sobre futbol americano. Soy aficionado de Antonio Gibson; quería saber cómo se sentía con él”.

Los terapeutas limitaron la charla de futbol americano. Ihaza también enfrentó otro dilema: su fantasy de futbol americano, de la que ha sido parte durante 15 años. Tiene tanto a Gibson como al receptor abierto Terry McLaurin y al ala cerrada Logan Thomas en su equipo.

“Luchaba con el aspecto moral, ‘¿voy a aprovechar esto?’”, se preguntaba. “Creo en el karma, por lo que cualquier pequeña cosa que pueda considerarse una trampa me afectaría a largo plazo”.

Se mordió la lengua. También Banks, otro fan de Washington. Fue especialmente difícil después de la derrota 20-19 ante los New York Giants en la Semana 6, después de la cual bromeó que tenía “comentarios” y preguntas para Rivera.

“Tengo que asegurarme de que esté cómodo y se sienta bien”, dijo. “Él podría haber sido una de esas personas que entra y es, yo, yo, yo y habla de sus juegos y todo eso. Pero nunca fue así. Me preguntaba sobre mi fin de semana y teníamos una conversación normal”.

Pensando en su hermano

Hubo muchos más que ayudaron con el cuidado de Rivera, incluidos los que le sacaron sangre, uno de los cuales era fan de Cowboys, y Rivera dijo que se generó una pequeña rivalidad entre los dos.

El entrenador, que perdió a su hermano mayor Mickey por un cáncer de páncreas en 2015, depositó su confianza en este grupo. Dijo que pensaba en su hermano a diario.

“Casi te sientes culpable, porque tuve suerte”, señaló Rivera con la voz quebrada. “Durante todo este tiempo, lo más difícil para mí, aparte de decirle a mi familia, fue tener que decirle a mi mamá, porque no merecía pasar por esto dos veces. Ojalá sigan las cosas bien”.

Rivera está agradecido por la atención que recibió. Varias veces ha mendionado su deseo de ver una reforma del sistema de salud, señalando que, si bien no tuvo problemas para pagar el deducible, otros sí.

Recordó una reveladora escena en la clínica, cuando los trabajadores estaban aprendiendo la canción Baby Shark para un paciente pediátrico que estaba a punto de tocar el timbre para indicar el final de su tratamiento. Rivera se unió a la canción.

“Su actitud te ayuda a superar esto”, dijo Rivera. “Estos muchachos son los expertos. Tengo que confiar en ellos. Iba a seguir las instrucciones y erradicar esto”.

Y cuando eso sucedió y sus tratamientos terminaron el 26 de octubre, Rivera supo lo que vendría después: la ceremonia de tocar la campana. Caminó por el mismo pasillo que solía andar para su terapia de protones. Esta vez, cuando abrió un juego de puertas dobles, fue recibido por muchos miembros del personal médico, animándolo y lanzando confeti. Cuando llegó a la campana, el apoyador en él, alimentado por la emoción del momento, se hizo cargo.

Ihaza dijo que fue “uno de los momentos más fuertes que he experimentado”.

Ellos entendieron.

“La mayoría le da un tirón una o dos veces”, dijo Ferguson. “Lo hizo cuatro o cinco veces. No puedo culparlo. Probablemente seguiría sonando”.