Boca Juniors no dejó dudas en la final: jugó con autoridad, goleó a Tigre y consiguió su estrella número 72

El Mario Alberto Kempes abrió sus puertas para una nueva final entre Boca Juniors y Tigre, tal como sucedió en 2019. Esta vez, la alegría fue para los Xeneizes, que golearon 3-0 a los de Victoria y se coronaron campeones de la Copa de la Liga.

Desde las primerísimas horas de la mañana comenzó el movimiento de hinchas en las inmediaciones del estadio, con banderas, camisetas y todo el color característico que el fútbol argentino siempre propone.

Con mayoría de público xeneize, como se sabía de antemano, las tribunas se empezaron a poblar en cuanto abrieron las puertas a las 12 en punto, horario en que aún se estaban repasando las líneas de cal del campo de juego.

El espectáculo contó con cientos de invitados de lujo, entre ellos Facundo Campazzo, un gran representante del deporte cordobés e hincha confeso de Chacarita. El base, que aún no sabe si su futuro es en la NBA, está de paso por Argentina y no perdió la oportunidad de ver el show de Tigre y Boca en su tierra.

Cerca de las 14:30, los jugadores de Boca llegaron al estadio, con un parlante a pura cumbia y Darío Benedetto en la primera línea. Los hombres de Tigre lo hicieron en silencio y saludando a algunos fanáticos que gritaban a lo lejos.

En los movimientos precompetitivos, el público xeneize se ocupó de hacerle llegar su apoyo a Agustín Rossi, el nombre más coreado en la previa. Por su parte, el Matador se gastó las palmas aplaudiendo al gran capitán Sebastián Prédiger.

Pasadas las 15:00 ya no entraba un alma en el Kempes y el aliento de ambas parcialidades era tan ensordecedor que pasaba por encima del intento de Ulises Bueno y su banda de ponerle música a una tarde sobrada de ritmo.

El inicio del partido mostró a un Tigre agresivo, que salió dispuesto a hacer el desgaste para incomodar al Xeneize. Pero pasados los primeros 15 minutos, el equipo de Battaglia tuvo a Varela aportando claridad, mucho desgaste de Fabra y paró a sus centrales pasando la mitad de la cancha. Así llegó el primer aviso, el golazo que le anularon al Pipa.

Boca se mantuvo ordenado en el fondo, haciendo circular la pelota, pero sin generar peligro. La gente valoraba el esfuerzo de Salvio, el compromiso de Romero en las recuperaciones y la capacidad de mediocampistas y defensores de desactivar con eficacia las propuestas de Tigre.

El partido entró una meseta y, cuando parecía que había tablas en el entretiempo, llegó el gol de Rojo para cambiarlo todo. Los hinchas xeneizes mandaron al vestuario a sus jugadores al grito de: "Daría la vida por un campeonato y una vuelta más", vaticinando lo que vendría.

En la segunda etapa, Tigre salió convencido, a presionar y a demostrar que podía. Pero las imprecisiones no le permitieron concretar sus intenciones y, aunque manejó los hilos en el primer cuarto, el empate no llegó. Entre la desesperación y el esfuerzo físico, el Matador empezó a dejar espacios para que Boca comience a circular la pelota y ahí firmó su sentencia. Al equipo de Martínez le salió carísima la apuesta. Fabra clavó un golazo y no hubo más que hacer: todo se fue en picada para los de Victoria.

Mientras tanto, el Xeneize se movía con buenas sensaciones y su público le recordaba su banca incondicional a Benedetto, que dejaba el campo de juego a los 77 minutos para abrirle paso a Luis Vázquez, el encargado de la estocada final.

Con el marcador 3-0 y a 5 minutos del final, ya nadie miraba el partido y en el banco de Boca estaban festejando con las sombrillas abiertas. Es que la historia estaba escrita: el Xeneize tenía en sus manos su estrella número 72.

El final de una tarde vibrante se resume en dos fotos: Boca celebrando frente al delirio de los suyos y Tigre, desolado pero rendido ante el respeto de su gente, mirándose entre sí como quien sabe que no hay lugar para reproches. El Matador murió en la suya, fue superado y se ganó los aplausos de propios y ajenos en Córdoba al colgarse la medalla del segundo puesto.