¿Messi o Cristiano, Pelé o Maradona? Comparar implica un doble gozo

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El día que Fernando Niembro le dijo que Pelé era mejor (4:03)

El periodista recordó la respuesta que recibió de Maradona cuando veneró al brasileño. (4:03)

LOS ÁNGELES -- Comparar es el acto más primitivo, animal, instintivo e impulsivo del ser humano. No requiere de razonamiento. Eso deberá venir después. Es, puerilmente, el ejercicio competitivo de la frustración de no poseer o de querer poseer lo mejor, o es, en cambio, la certeza obsesiva de poseer lo mejor.

Cuando el ser humano pierde sus batallas diarias ante el espejo del vecino físico, geográfico, pasional, emocional o familiar, entonces se refugia, como acto de escapismo, en lo que no le pertenece mas que en el plano irreal de la comparación.

Y por eso, el ocio, delicioso generalmente, de comparar sus pasiones, o la proyección imposible de su existencia a través de sus ídolos, y sus eufemismos incluidos. Entonces, la comparación termina siendo ese anfiteatro perfecto de valoración entre lo nuestro y lo ajeno, esa rivalidad para justificar las debilidades o fortalezas emocionales.

Y así, hay universos con una devoción pagana por los héroes deportivos, que se confrontan, hoy con un inusitado frenesí, sobre quién es el mejor en diferentes escenarios. Y no es nada nuevo. Hoy, solamente, es multitudinario, frenético, clasista, porque uno puede disentir, en el mismo espacio y en el mismo momento, con alguien que vive al otro extremo del mundo.

Es así que cada ser humano tiene su propio retablo de ángeles y demonio. Cada uno tiene su propio tabernáculo de sueños propios proyectados en proezas ajenas.

En el deporte, especialmente, se enriquecen estas doctrinas de idolatría hasta condiciones extremas. Pasan del solaz momento de competencia, a las guerras clandestinas.

Obviamente, en semejantes disputas, canalizadas a través del ocio y el morbo, y a veces, sólo a veces, inofensivas, siempre habrá un requisito: deben ser los mejores en su área de competencia.

Los mediocres no entran en esas reyertas de profunda filosofía de cafetería, a menos que sea sólo anécdota chusca, para enriquecer con el sarcasmo la comparación en turno. Es como preguntar cuál es mayor desperdicio de futbolista en el tercermundismo, El ‘Gullit’ Peña o ‘La Chofis’ López.

A veces, incluso, el impacto mediático hace mella en los protagonistas. Un ejemplo simple: ¿ha dejado de ser el mejor Lionel Messi porque deja de competir con el otro mejor que es Cristiano Ronaldo en la misma liga?

Al romperse el cordón umbilical que los hacía competir ferozmente entre ellos, ¿han perdido ese furor interno por rebasarse el uno al otro? Tan ha sido así, que en su época, cuando parecía imposible, Luka Modric los despojó de una de las preseas más preciadas dentro de su disputa personal, el Balón de Oro.

¿ALÍ O STEVENSON?

Semejantes comparaciones tienen antecedentes poderosos. La historia está llena de ellas. Incluso para reforzar la grandeza de los contendientes, y la inutilidad de la discusión, se requiere de ir al pasado, aunque sean mundos y circunstancias totalmente distintas.

¿Pelé o Maradona? ¿Pelé o Messi? ¿Maradona o Messi? ¿Messi o Cristiano? Y en Portugal, ¿Eusebio o Cristiano? Y así…

Una de ellas que se ha ido difuminando, por ejemplo, estuvo envuelta hasta con matices políticos. ¿Quién ha sido el mejor peso completo en la historia del boxeo, Mohamed Alí o Teófilo Stevenson? Quienes piensan que nunca se enfrentaron, tal vez están equivocados.

El propio cubano le aseguró a este reportero, durante los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, que de manera secreta, ambos se visitaron en sus respectivos hogares. “¿Quién dijo que nunca nos conocimos y quién dijo que nunca nos subimos a un ring?”, explicó Teófilo Stevenson a este reportero. “Él ha estado en mi casa en Cuba y yo he estado en su casa (en Los Ángeles)”.

La siguiente pregunta era obligada: ¿quién ganó? El gigante cubano se carcajeó y dejó con esa incógnita universal a este reportero y a Mercedes Castro, corresponsal de la agencia china Xinhua.

Con los conflictos absolutos entre Estados Unidos y Cuba, semejante acto solidario, amistoso, genuino, entre dos colosos del boxeo, se mantuvo siempre en secreto, hasta que Stevenson rompió el silencio.

OTROS NICHOS DE ICONOGRAFÍA…

Ha sido así, por ejemplo, que en su momento, había encendidas polémicas sobre quién era mejor piloto de Fórmula Uno: ¿Alain Prost o Ayrton Senna? Hoy, todavía, entre fanáticos del automovilismo, pedir esa opinión es generar una innecesaria y estéril conflagración de juicios. Era una feroz competencia entre ambos pilotos llevado hasta el autódromo insensato de la autodestrucción, si era necesario.

La historia del tenis ha visto el impacto brutal de Serena Williams, y la referencia de comparación con numerosas competidoras. En su momento, había un triunvirato poderosísimo: la checoslovaca Martina Navratilova o la estadounidense Chris Evert. Una guerra brutal entre amazonas. Y Billie Jean King asomaba atizando la discordia.

En el basquetbol profesional, el ícono y epicentro de las grandes comparaciones es Michael Jordan. Para muchos es una herejía siquiera querer subir a ese pedestal a LeBron James o Kobe Bryant. Y en su momento, se habló de ‘Magic’ Johnson y Larry Bird. Pero al final de todos los finales de ‘El último Baile’, al final de ‘The Last Dance’, Jordan tiene la pelota.

Hasta un deporte apacible, de fiereza mental, logra desatar huracanes de opinión. En el ajedrez: ¿Anatoly Karpov o Garri Kasparov? Y para esa eterna batalla ante el tablero de la guerra fría, un escalón debajo de los anteriores, el tormentoso estadounidense Bobby Fischer y el gélido soviético Boris Spasski. El mayor acto de violencia era dar Jaque Mate con un peón, o no ceder ante el inevitable empate, en la tregua sospechosa de declarar tablas la partida.

¿EDSON O DIEGO?

La muerte de Diego Armando Maradona reorganizó subliminalmente la batalla por su entronización. Pelé bajó la pelota suavemente con la sensatez de O’Rei: “Algún día jugaremos juntos en el Cielo”. Lo único verídico y genuino, es que ya no entró Lionel Messi como parte de las conjeturas en conflictos casi generacionales. La disputa será ya, siempre, entre dos: ¿Edson o Diego?

¿Es Pelé el más grande de todos? En estos días de luto, el silencio a semejante pregunta es el mejor obituario y son las mejores exequias para Diego, quien es, queda claro, el mejor futbolista argentino de la historia, y el mejor homenaje sería retirar ese ‘10’ del guardarropa estelar de la selección albiceleste, habida cuenta de que no habrá alguien capaz de estar a su altura y heredarlo.

Se confirma así que para aspirar a semejantes confrontaciones, hay que ser más que sólo un privilegiado, prodigioso y predestinado atleta. Hay que saber y querer ser ese privilegiado, prodigioso y predestinado atleta. En el futbol, es estar al servicio del colectivo, hacerlo funcionar, ser ejemplo, líder y punto de referencia para la narrativa de la victoria, como ha ocurrido con Edson y Diego, y no, para justificar grandilocuentemente la derrota, como ocurre con Messi.

LA INSABORA E INCOLORA NEGACIÓN…

¿Comparar implica dejar de disfrutar? Por el contrario. Para comparar, hay que saber disfrutar, aunque a veces ese disfrute se convierta en un acto inconsciente de masoquismo.

Para definir si es Cristiano Ronaldo o si es Lionel Messi el mejor del momento, hay que observarlos a ambos, maravillarse con ambos, dejarse seducir por ambos. El acto de negación requiere de tanta devoción, oculta tal vez, inconfesable tal vez, mórbida sin duda, como el acto de afirmación.

Créame, es un placer culposo, es una dicha llena de culpabilidad. Ver para comparar, es la manifestación más sadomasoquista de todas en el culto inocuo al deporte y al deportista.

¿O acaso, los devotos cristianistas del madridismo no estaban tan cautivos, tan obsesionados con los juegos de Lionel Messi, como con los del portugués? ¿Y acaso los idólatras messianistas no estaban tan cautivos, tan obsesionados con los juegos de Cristiano Ronaldo, como con los del argentino?

Para poder defender el derecho de odiar al enemigo, hay que conocer al enemigo con la misma devoción y dedicación que la pasión por conocer al ídolo propio. Por eso la rivalidad entre el Cristiano del Real Madrid y el Messi del Barcelona, impactaba poderosamente a nivel mundial. Para proteger, mimar y encomiar al amigo imaginario, es necesario conocer tanto o más, al enemigo imaginario.

Y en ese afán de contemplación, los madridistas pueden relatar, mejor que nadie, tal vez con una serie de epítetos sanguinarios, aquel gol de Messi al Athletic de Bilbao, en la Final de la Copa del Rey. Y sin ser el mismo escenario, los barcelonistas seguramente chuparon amargo, a tragos de admiración, al ver a ese Cristiano que con tres goles apergolló a España en Rusia 2018.

En este affaire Cristiano-Messi, el amor a ambos, clandestino o no, es la mejor forma de desamor a cada uno de ellos, según sea el caso.

O acaso quienes veneran a Rafael Nadal por encima de Roger Federer, o viceversa, como el mejor tenista de la era, ¿no asumen que es necesario observarlos a ambos?

Insisto: estas comparaciones no evitan la capacidad de admirar a los protagonistas, sólo implican la incapacidad de celebrarlos públicamente. Porque es así, o con Dios o con el Diablo.

Jon Foreman del grupo Switchfoot asegura que “si la comparación es el ladrón de la alegría, nuestra cultura está siendo robada a ciegas”. Esta reflexión, en la vida diaria, puede ser irrefutable, pero, en un teatro, en un hemiciclo tan inofensivo, generalmente, como el deporte, lejos de dejarnos a ciegas, nos ilumina sobre la capacidad de disfrutar más ampliamente las habilidades supremas de los atletas.