Existen docenas de puntos de vista desde los cuales se puede apreciar los últimos 25 meses vividos por el Liverpool. Dentro del panorama europeo, los Reds clasificaron a finales consecutivas de Champions League, ganando una y perdiendo otra. En su liga doméstica, es obvio mencionar su primer título de liga en 30 años, perdiendo en apenas dos de setenta compromisos disputados desde mayo de 2018: eso representa 186 de un total de 210 puntos en juego, para aquellos que llevan la cuenta en casa.
Cuando un club disfruta de un periodo tan exitoso, seguramente vamos a leer muchos artículos tratando de explicar "cómo lo hicieron" y con toda razón. Nos esforzamos por entender, buscar fórmulas y mejores prácticas que expliquen dichos éxitos. En medio de todo esto, existe un elemento que resalta y hace de la hazaña de los Reds aún más digna de todo mérito, porque reta a la sabiduría común.
Muy pocos jugadores del Liverpool llegaron a Anfield con la etiqueta de superestrella indiscutible e "imperdible". Y eso es algo que, dicho en pocas palabras, no vemos con mucha frecuencia entre los clubes más grandes del mundo. El hecho de que muchos de ellos ahora disfrutan de jerarquía de superestrella es resultado de lo que estos jugadores han logrado vistiendo la camiseta del Liverpool, trabajando de la mano de Jurgen Klopp y su cuerpo técnico.
Las contrataciones de Alisson y Virgil Van Dijk son probablemente las que más se asemejan a un fichaje de superestrella garantizada. El primero fue objeto de un pase por 56 millones de libras esterlinas, como portero de la selección de Brasil. Pero incluso en el caso de Alisson, hablamos de un jugador con apenas una temporada de fútbol europeo en su haber y quien, hasta hace 12 meses atrás, era suplente de Wojciech Sczcesny en la Serie A.
Virgil Van Dijk fue el defensa más costoso de la historia, valorado en 76 millones de libras esterlinas. Pero el zaguero neerlandés llegó acechado por una profusa serie de advertencias, que motivaron a otros clubes a considerar que su pase era demasiado alto. Había sufrido una seria lesión el año anterior. Tenía 26 años, pero solo había jugado con Groningen, Celtic y Southampton y apenas acumulaba 16 apariciones con el combinado nacional de Holanda. Ambas cosas sugerían que había madurado tarde o que la cantidad de evaluadores y técnicos que le habían visto durante su carrera hasta ese entonces no fueron capaces de apreciar sus talentos.
Y es allí donde todo comienza a ir cuesta abajo. Mohamed Salah había disfrutado de dos temporadas productivas con la Roma; a pesar de ello, muchos le seguían recordando como aquel pollo sin cabeza que no podía sumar minutos con el Chelsea. El egipcio llegó en el verano de 2017 y costó 37.5 millones de libras esterlinas. Entre delanteros y volantes ofensivos, conseguimos no menos de veinte jugadores que cambiaron de equipo entre 2016 y 2018 por cifras muy superiores. En algunos casos, pagar un cuantioso pase era comprensible (Cristiano Ronaldo, Neymar, Romelu Lukaku), mientras que en otros no tanto (Hulk, Thomas Lemar, Alvaro Morata).
Podemos esgrimir argumentos similares con respecto a los compañeros de Salah en el tridente ofensivo. El Liverpool pagó 37 millones de libras esterlinas al Southampton por los servicios de Sadio Mane, tras haber convertido 21 goles en dos años como un mañoso extremo. Roberto Firmino se puso la camiseta de los Reds antes de la llegada de Jurgen Klopp. El brasileño llegó proveniente del Hoffenheim, equipo que había terminado en puestos medios de la tabla de posiciones en las dos temporadas anteriores. El Liverpool lo fichó durante la Copa América: tenía 23 años y el torneo continental le representó sus dos primeras apariciones en competiciones con la selección de su país. Buenos jugadores, un potencial indudable, pero no se trataban precisamente de dos nombres capaces de detener el tráfico en el condado de Merseyside en un estallido de emoción.
¿Qué hay de los mediocampistas? Georginho Wijnaldum llegó proveniente de un Newcastle que acababa de sufrir el descenso. Fabinho había cosechado algunos éxitos con el AS Monaco, pero seguía siendo un volante defensivo con cuatro apariciones con la camiseta de Brasil y había sido descartado por un equipo grande (Real Madrid). Alex Oxlade-Chamberlain ofrecía mucho más en cuanto a notoriedad de su nombre, como es obvio, pero también cargaba consigo la etiqueta de promesa insatisfecha. Era un extremo de 24 años quien, entre lesiones y actuaciones inconsistentes, apenas había sido titular en 20 por ciento de los partidos de liga disputados por el Arsenal durante los seis años anteriores. Nuevamente, toda una apuesta arriesgada.
Por otro lado, Naby Keita fue un jugador sumamente anticipado, en parte debido a que el Liverpool pagó la asombrosa cifra de 53 millones de libras esterlinas por él; por otro lado, le firmaron un año antes de que hiciera acto de presencia en Anfield. Pero, reiteramos que no hablamos de un nombre conocido en ese momento; por el contrario, se trataba de otro prometedor egresado del Red Bull. Aún más, gracias en una parte a las lesiones y por otra, al juego de sus compañeros, había sido una figura poco relevante en dos años de éxitos.
¿Necesitan oír más? Jordan Henderson llegó hace aproximadamente diez años como un jovencito prometedor que había jugado con el Sunderland, sin mucho más. Joe Gomez era un adolescente proveniente de Charlton. Joe Matip, fue un pase gratuito, transferido por un Schalke que jugaba a nivel de Europa League. Andy Robertson era un lateral de 23 años proveniente de un equipo descendido, que costó 8 millones de libras esterlinas más bonificaciones. (De forma irónica, Trent Alexander-Arnold, quien podría terminar como el mejor jugador de este equipo, ha formado parte del Liverpool desde que tenía 6 años; por ende, se encuentra dentro de su propia categoría).
Ya entienden a qué me refiero. Aparte de los cuentos de hadas con probabilidades de 5000 a 1, los equipos que ganan títulos y suelen brillar durante varias temporadas normalmente lo hacen de la mano de jugadores estrellas que llegaron a sus planteles en condición de astros: esos jugadores que representan la pieza final del rompecabezas. No fue así en el caso del Liverpool. La vasta mayoría de estos jugadores ya son estrellas, pero se convirtieron en figuras jugando en Anfield, trabajando bajo las ordenes de Klopp. Sus resúmenes curriculares previos a su paso por el Liverpool son en su mayoría poco destacables, al menos dentro del máximo nivel del balompié.
(Oh, casi me olvido: James Milner. Disfrutaba de una carrera brillante antes de ser fichado por Roy Hodson como agente libre en 2015, pocos meses antes de la llegada de Klopp, convirtiéndose en un servidor espectacularmente sólido para la causa de su club. No obstante, de forma apropiada para un hombre objeto de una cuenta de parodia en Twitter llamada @boringmilner ("Milner aburrido"), vale decir que nadie corrió a las calles a celebrar tras el anuncio de su contratación.
Mucho se ha escrito sobre los equipos que Klopp armó con el Borussia Dortmund. Establecer paralelos y comparaciones es un ejercicio frecuentemente engañoso. Era otra época (particularmente al inicio del ciclo del técnico) y otro panorama deportivo. Los jugadores fichados por Klopp en el BVB eran sumamente jóvenes y con pocas excepciones, tenían menor recorrido que los llegados a Anfield; algo comprensible si tomamos en cuenta las diferencias entre presupuestos.
Hay una particularidad que salta a la vista. Con algunas obvias excepciones (como el caso de Robert Lewandowski y hasta cierto punto, el de Mats Hummels), un grupo de jugadores que brillaron con Klopp en el Dortmund confrontaron dificultades en otros clubes. Desde Mario Goetze pasando por Shinji Kagawa, de Nuri Sahin a Kevin Grosskreutz, de Neven Subotic a Lucas Barrios hasta Henrikh Mkhitaryan, sorprende la cantidad de futbolistas que se vieron sumamente bien dentro de la "Kloppósfera" para toparse con múltiples obstáculos una vez cambiaron de camiseta.
¿Será que existe un "efecto Klopp"? ¿Logró hacer que buenos jugadores parecieran grandes figuras? ¿Qué ocurrirá cuando algunos miembros de la actual plantilla del Liverpool dejen Anfield, si lo hacen? ¿O simplemente será una curiosidad irrelevante y un pequeño muestreo?
Todo lo anterior es testimonio de la labor hecha por Klopp y su cuerpo técnico. No solo hicieron del Liverpool un equipo más grande que la suma de sus partes; hicieron que esas partes individuales fueran aún mejores. Y no, no es un simple caso de comprar talento prometedor y verle florecer. Cualquier idiota con suficiente dinero puede comprar a un Kylian Mbappe de veinte años, verle anotar 50 goles a los 25 años y asumir el mérito por su desarrollo. No solo se trata de que la amplia mayoría de estos jugadores no eran superestrellas formadas cuando llegaron, tampoco eran considerados como futuras superestrellas. Hoy en día sí lo son, y eso se debe a Klopp y el entorno que el Liverpool fue capaz de crear.
La habilidad de Klopp de multiplicar los talentos de sus jugadores tiene ribetes bíblicos, como salido de las Bodas de Caná. No es la única faceta que explica lo ocurrido durante las últimas dos sorprendentes campañas vividas en Anfield, pero sí puede ser la más difícil de imitar para cualquier club deseoso de cosechar éxitos similares.
