Si no fuera por ti, mi querido viejo...

Quiero darle las gracias al gran hombre que la vida me dio por haberme llevado de la mano al estadio aquella primera vez

Este domingo 19 de junio de 2022 se celebra el Día del Padre. Como ocurre con otras tantas conmemoraciones convenidas por la sociedad, abonamos para este día, múltiples expresiones de amor y reconocimiento para aquellas personas que fueron y son importantes en nuestras vidas. En este caso en particular, las figuras maternas y paternas son, con toda seguridad, las que más profunda huella han dejado y dejarán en nuestra mente y corazón. Su presencia (y en algunos casos ausencia) son determinantes para la confección de la historia personal de todos los seres humanos, de cualquier lugar y de cualquier época.

Mi amor y pasión al fútbol tienen que ver, en definitiva, con la huella que mi padre dejó en mi. Los primeros recuerdos que tengo de mi infancia y que están relacionados con el deporte más popular del planeta tienen que ver con ese extraordinario hombre. Apasionado del balompié, Don Mario fue quien me llevó por primera vez a un estadio de fútbol. Yo, sin saber exactamente hacia dónde nos dirigíamos, acudí al viejo estadio de La Bombonera empujado por la fuerza, tomado de su mano, y con más miedo que ganas hacia un mundo desconocido. Mi primera imagen fue la de un lugar atiborrado de personas mayores que casi al unísono, producían un clamoreo inédito a mis tímpanos. Inmediatamente después, observé un tapete verde que se erigía majestuoso en forma de rectángulo, con un gran círculo pintado en el centro y dos porterías (tuve que preguntar evidentemente qué cosa era aquella como una casita con una gran telaraña encima) en cada lado.

Mi sorpresa mayor (incluido un susto mayúsculo) fue cuando unos señores salieron de dos túneles ubicados en las esquinas. Unos llegaron antes que otros. Los del primer grupo, vestían todos igual y así fue con el segundo. Sin embargo, cuando aparecieron los que portaban una camiseta roja, un short blanco y calcetas también en rojo, el estadio, casi al unísono, vibró con el estruendo de sus gargantas y con la explosión de quién sabe cuántos cohetes que me hicieron brincar del susto y que, estoy seguro, me provocaron más de una lágrima por el sonoro estruendo ocasionado por las múltiples explosiones de pólvora. En ese momento, no lo tenía claro. El equipo que había saltado a la cancha arropado por ese espectáculo desconocido, atemorizante y absolutamente infernal era nada más ni nada menos que el Deportivo Toluca.

No recuerdo bien contra quién jugaron, y eso que dicen que tengo buena memoria. Lo único que tengo presente es lo ya contado así como el impacto que también tuvo en mis pupilas el equipo que jugó con la camiseta roja. No me sabía aun el nombre de los jugadores pero aquellos, no sé por qué, fueron los que me parecieron los más fuertes y los más rápidos, y ¡ah! los que provocaban casi todas las expresiones que veía en el rostro de los que estaban cerca y lejos de mí. Vi a mujeres y hombres envueltos en alegría, enojo, admiración, júbilo, desesperación, decepción y quién sabe cuántas otras emociones. Lo cierto es que ahí, desde mi asiento, y por primera vez, conocí lo que significa ir a un estadio de fútbol.

No sé en qué momento se produjo, pero al cabo de otras pocas “excursiones” al estadio patrocinadas por mi papá, terminaron por forjar un sentimiento que hoy es patrimonio inalienable e imprescriptible de mi vida: el amor por el fútbol en general y en especial por los Diablos Rojos del Toluca. Pasión que, sin saberlo hasta mucho años después, se convertiría en el pilar de mi vida personal y profesional misma que, seguro estoy, me acompañará hasta el último día de mi existencia.

Nunca lo había hecho público pero hoy, en el marco de esta celebración, quiero darle las gracias al gran hombre que la vida me dio (remitidas hasta la dimensión donde él hoy se encuentra) por haberme llevado de la mano al estadio aquella primera vez (y otras muchas, muchísimas más) porque gracias a ello, me dio un regalo que no se compra ni compara con nada. Si no fuera por ti, querido viejo…