LOS ÁNGELES — Tragedia. La vida de Luis Ángel Malagón parece obra de Sófocles, el maestro de las tragedias griegas. La felicidad, ahí, semeja un guion de la ironía.
Una vida de vidas segadas. Un abuelo guía que fallece; el suicidio de dos tíos, el colapso de una madre, y un padre que gesticula sonidos más que palabras.
Sin embargo, todos ellos, son personajes de poderoso impacto en la vida del arquero de las Águilas del América. A Malagón lo cincela la desgracia. Barro que se volvió mármol.
El abuelo le mostró el edén del futbol; los tíos eran los hermanos mayores, entre cómplices y tutores. Sus padres le mostraron el camino agreste de la vida: mientras más empinada la cuesta, menor el derecho a rendirse; a mayor adversidad, mayor resiliencia.
Medallista de bronce en Tokio 2020, titular con Necaxa, a Malagón lo reclutó el América ante la fuga de Guillermo Ochoa hacia mejores escenarios. Llegaba como el Plan B de El Nido. El Plan A era Óscar Jiménez, hasta que Pachuca aplastó a Coapa 3-0.
Las estadísticas, sin embargo, suelen engañar. Malagón suma 1.2 goles por partido (6/5). Jiménez, hasta antes del juego con Pachuca, recibió 11 anotaciones en 9 juegos, es decir, 1.22 de promedio. Después de Pachuca, su registro empeoró a 1.4 por juego. Claro, pesa la dimensión de los errores individuales.
La tribuna americanista recibió a Malagón con más esperanzas que con fe. El escepticismo estaba muy arraigado. Sin embargo, ante Rayados, en el último estertor del juego, al minuto 90, el Ángel se transfiguró en Arcángel. Se lanza sobre su derecha y el disparo de Joao Rojas desde el manchón va hacia el centro, Malagón estira ambos pies y ataja el balón. El marcador permanece inalterado e inalterable: 2-1, América sobre Rayados.
Los extremos del futbol. La afición execró a Jiménez por errores ante Pachuca, y ahora idolatra a Malagón por el lance ante Rayados. Y el arquero lo sabe, lo disfruta, lo expresa.
“Es una de las noches más felices de mi vida, por cómo se dio todo, porque era un gran rival, (Monterrey) porque es el líder, porque lo he dicho, al América nunca puedes darlo por muerto. Se demostró que estamos para pelear por el título, y muy agradecido con la gente, porque siempre va a ser lindo que te motive, te da el extra para seguir adelante”, comentó Malagón tras la victoria sobre Rayados.
Luis Ángel Malagón nació en Zamora, Michoacán. Considerada hoy la ciudad más violenta de México y del mundo. En 2021 registró 610 asesinatos. Gran parte de esos crímenes ocurren en la Colonia Valencia, donde la familia Malagón Velázquez se había asentado.
Su padre, con un impedimento congénito para poder expresarse, era apoyado por la madre de Luis Ángel, vendiendo papas cocidas en la calle. La miseria se sentaba a la mesa antes que la familia y el hambre era el último en abandonarla.
Pero, habría desgracias mayores que vivir con la tripa pegada al esqueleto. Luis Ángel apenas abría los ojos a la vida. Y la vida no tiene prisa, ni para herir ni para sanar.
Reclutado por Santos Laguna a los 12 años, Malagón comienza la aventura. Sufrió para adaptarse. Él mismo le relata a Ignacio ‘el Fantasma’ Suárez, cómo ansiaba renunciar y volver a casa. Un bofetadón del entrenador argentino Néstor Benedetich y el reclamo de “no seas cagón”, le erradicó la nostalgia por su casa y su familia. “Quieres ser como Oswaldo (Sánchez), trabaja, esfuérzate, sufre”, le habría dicho Benedetich, según consigna Suárez.
Y Malagón se adaptó más rápido cuando su virilidad empezó a aromatizarse de las flores. Escuela, entrenamiento, tarea y noviazgo. La mezcla era explosiva y desafiaba la disciplina de la Casa Club de Santos. Lo echaron. Cuando quiso regresarse a Zamora, fue imposible; cuando ya no quería regresar a Zamora, debió hacerlo.
Entre sus escarceos con el Real Zamora, en su terruño, donde se consolida por sus evidentes cualidades, un día, el entrenador le grita desesperado desde la línea. Su madre sufrió un infarto cerebral y Luis Ángel debió fletarse al agobio de cargar bultos en el Mercado de Abastos de Zamora, renunciando parcialmente a la escuela y al futbol, ese mundillo de pasiones, emociones y pirotecnia en el que lo inició su abuelo Gildardo.
Llegaría al Morelia en 2015, donde le apadrina, en todos sentidos, Enrique ‘el Ojitos’ Meza, y en 2020, es cedido al Necaxa, donde jugó 72 partidos, y empezó un largo proceso en selecciones nacionales. Es en ese proceso con Monarcas, cuando la vida le siembra más desdichas. Muere su abuelo y pierde a dos de sus tíos maternos. “Cada partido, se lo dedico a mi abuelo”, confiesa a Mac Reséndiz de ESPN.
2023 lo recibe con el mejor contrato de su vida, y el mejor futuro posible: El Nido de Coapa. El adolescente enamoradizo de Torreón, cargador de bultos en Zamora, eventual ayudante de su padre como barrendero, es hoy considerado como aspirante a la portería de la Selección Mexicana para el Mundial 2026.
Por lo pronto, el miércoles 19 de abril, en Glendale, Arizona, podría presentarse con el Tri Mayor de Diego Cocca en el amistoso ante Estados Unidos. El momento, su momento, le permite atreverse a ilusionarse con el Mundial 2026.
“(Sólo queda) trabajar para ganarse un lugar, hay muchos arqueros, Memo (Ochoa), (Carlos) Acevedo. Sería una falta de respeto decir que sí (puede ser el titular), yo desde mi trabajo voy a demostrar, si me toman en cuenta algún día, lo voy a disfrutar mucho. Llevo un proceso de cinco años en selecciones menores, por algo ha sido, nadie me regaló nada, así que voy a seguir trabajando, al final es el trabajo el que va a hablar”, comentó Malagón.
El América siempre ha sido un nicho de porteros entre vistoso y extravagantes, desde los tiempos de Rafael Puente, Paco Castrejón, Adrián Chávez, pasando por Néstor Verderi, Miguel Ángel Zelada, Adolfo Ríos, hasta Guillermo Ochoa y Agustín Marchesín, aunque ha tenido capítulos respetables con porteros de bajo perfil como Prudencio Cortés, Moisés Muñoz o Hugo Pineda.
Luis Ángel Malagón parecería pertenecer al segundo grupo, al de arqueros cumplidores, eficientes, y con erupciones de carisma conforme a sus momentos de impacto en los resultados del equipo. Al final, detrás de este personaje naciente en El Nido de Coapa, hay una historia de vida que lo distingue, que lo ha bruñido y fortalecido, que lo enaltece.
Porque al final, queda claro, la vida puede ser más cruel que el futbol mismo, y él, a la tragedia, a la oscura arpía de la vida, ya la ha puesto en su lista de admiradoras.
