Rafa Puente ha roto esquemas

MÉXICO -- La frase de "todos llevamos un niño dentro" carece de fundamento y validez. No sólo porque de adultos reímos 50 veces menos que un niño, sino porque conforme crecemos, los problemas, el estrés y la vida cotidiana, van mermando el activo más valioso que teníamos de pequeños. Soñar.

Soñar no es lo mismo que querer o anhelar. Si bien todos queremos o anhelamos algo, son pocos los que se aferran con uñas y dientes hasta alcanzar sus objetivos.

En tiempos donde el crecimiento económico pesa más que la satisfacción personal, alcanzar un sueño se ha ido devaluando. Todos queremos tener dinero, un auto lujoso, una casa grande, trabajar poco y ganar mucho, presumir más y deber menos. Pero nada de eso es un sueño.

Entre más dinero ganamos, más deudas tenemos. Entre más deudas tenemos, menos hacemos lo que nos gusta y peor aún, nos adentramos en lo que nos da plata para pagar las tarjetas, los préstamos y los créditos. Eso sin importar si esa actividad nos apasiona. Seguimos anhelando, más no soñando.

El problema de crecer consiste no solamente en perder ese poder de soñar, sino en perder esa fuerza que nos llevaba a conseguir lo que queríamos.

Las lágrimas derramadas por un pequeño cuando le quitan o le niegan algo que quiere, no son en vano. Es más, son de lo más valioso que como niños poseíamos. Eran nuestra carta fuerte, nuestro método de intercambio, nuestro poder de convencimiento. "Dame el dulce o el juguete y dejo de llorar". No fallaba. Queríamos algo y lo queríamos no sólo hasta las lágrimas sino hasta conseguirlo.

Desde que conocí a Rafael Puente del Río, me quedaron muy claras dos cosas. La primera, el tipo quería ser entrenador. La segunda, haría hasta lo imposible por lograrlo.

Quiso ser futbolista profesional y aunque las cosas no salieron como hubiese querido, lo logró. Quiso -sigo sin entenderlo- ser actor, y lo logró. Después reculó y quiso ser comentarista de televisión, y lo logró. Quiso ser directivo de un equipo de fútbol, y lo logró. Quiso regresar a la televisión deportiva, y lo logró. Quiso ser entrenador del ascenso, y lo logró. Quiso ganar un título, y lo logró. Quiso dirigir en primera división, y lo logró.

Como buen niño, Rafa soñó con dirigir pero no solo soñó, sino que se aferró a la idea como se aferra un niño a su juguete. Abandonó la comodidad que su trabajo le ofrecía para mudarse junto a su familia a Puebla sin tener garantizado lo que pasaría pero sabiendo que trabajaría para conseguir lo que se había propuesto.

Rafa ha roto esquemas y estereotipos con su forma de ser, de hablar y ahora de dirigir en la cancha. Directo, estilizado y ofensivo, respectivamente hablando. Podrá o no gustar, pero el tipo que se aferró a su sueño como un niño, ha dado una lección a todos los que le han criticado o los que le admiramos.

Como mexicano, Rafa es una muestra más de que soñar, creer y trabajar honestamente hasta lograrlo, es la única forma de tener éxito en la vida. Tras el ascenso, no solo respaldó con hechos sus posturas futbolísticas manifestadas ante un micrófono sino que ha ganado prestigio, credibilidad y fama. Basta con poner su nombre en Google. Antes, la primera respuesta del buscador arrojaba la imagen de su padre. Hoy, aparece él primero. Pero más que eso, ha ganado el máximo orgullo de sus padres.

Yo siempre he creído que uno tiene que vivir y trabajar para llenar de orgullo a sus padres y hoy Rafael Puente Suárez no es capaz de encontrar palabras que describan lo que su hijo le ha hecho sentir. Más que el ascenso, que no es poca cosa, destaco, valoro y celebro el amor de hijo a padre que en repetidas ocasiones el técnico de Lobos BUAP ha externado hacia su progenitor.

El futuro de Puente del Río es tan grande como ese convencimiento propio que tiene por conseguir las cosas. Ese que contagió a un equipo que antes de su llegada jamás imaginó, o mejor dicho, jamás soñó con jugar en el máximo circuito.