Lejos de glamour de la Primera División, está el Ascenso. O estaba, hasta antes de la pandemia. Ahora se transformará en otra cosa, en un invento que como hemos visto antes en el futbol mexicano, casi nunca acaban bien.
No ha sido una muerte a rajatabla, de silla eléctrica. Fue un veneno intravenoso que se fue metiendo desde que inventaron la certificación, para unos sí y para otros no. Con condiciones como, por ejemplo, estadios de 20 mil aficionados mínimo, cuando hay inmuebles en la Liga de las Estrellas de España que no llegan a eso y reciben al Barça y al Madrid. Lo fueron matando desde que Cafetaleros de Tapachula ascendió sin ascender. Lo fueron matando cuando abolieron el descenso, porque si nadie hace hueco, no hay por dónde meterse. Lo mataron en la pandemia porque una crisis como la que viene es el pretexto perfecto.
Matar el Ascenso es matar las aspiraciones de que se puede llegar a lo más alto escalando, poquito a poco. Es matar historias como la que algún día escribió Xolos. O más atrás, Pachuca. O mucho más atrás, Cruz Azul. Equipos que nacieron chicos y crecieron hasta ser Campeones y referentes de la Primera División.
Chispar así el Ascenso, al estilo Thanos, es dilapidar la esperanza de ciudades como Mérida, Celaya, Ciudad Victoria o Tampico, de que algún día puede haber (o volver a haber) futbol de Primera División. Es matar la diversidad. ¿Quién dijo que el futbol es solo para los que pueden solventar un club sin problema? Es matar las historias de superación, tanto de clubes, como de futbolistas. Porque no siempre cuando un club paga poco, o debe, o no paga, es porque el directivo es malvado o ruín. A veces no hay dinero, y sí la creencia en un escudo, aunque no sea muy conocido.
Ojalá que el Ascenso fuera tan sólido como en Inglaterra, con 24 equipos que casi siempre llenan sus estadios, pagan en libras y sirven para que los grandes entrenadores del futbol se curtan antes de dar el salto. No es así, porque México no es Inglaterra. Hay un promedio de 4 mil personas por partido, pero en las Liguillas las pasiones afloran y se cuentan historias formidables.
Matar el Ascenso es matar las oportunidades. Víctor Manuel Vucetich, Gabriel Caballero, Alfonso Sosa, Rafa Puente y muchos otros DTs más que hoy no tienen chamba, comenzaron o pasaron por el Ascenso (o Primera A, o Segunda, como quieran llamarle). No todos son Pep Guardiola que del Barça B pasan al Barcelona y de ahí al cielo.
Y lo más importante, desde mi punto de vista, es la estructura. El Ascenso es vital como parte de la columna vertebral del futbol mexicano. Qué más quisiéramos que todos los canteranos que llegan a una Liga copada por extranjeros pudieran brillar y a los 100 partidos brincar a Europa. Esos son los menos, o más bien, excepciones. La gran mayoría de los futbolistas (como la gran mayoría de la gente) necesita una, dos o más oportunidades. Algunos no cuajarán, ley de vida. Pero se necesita ese volumen de equipos en divisiones competitivas que no son los torneos de menores, para aprender a ser profesionales. Luis Montes lo hizo. Roberto Alvarado lo hizo. Toño Rodríguez lo hizo y muchos más lo hicieron.
Pero si se corta el Ascenso y su esencia, se evaporará todo lo que arriba planteo. Que el futbol mexicano se dirija hacia arriba en lo geográfico, para aliarse con la MLS, no quiere decir que su nivel vaya al mismo lugar, y menos con nuestros mejores futbolistas aglutinándose cada vez más en EU. Y ya no hablemos de los trabajos que se pierden, algo tan preciado en esta época de crisis.
Matar el Ascenso como se conocía hasta hoy es un error. No tengo pruebas, pero tampoco dudas.
