Hacer goles y más goles. Aprender y seguir aprendiendo. La carrera de Patrik Schick no parece tener tantos secretos. Claro: sólo él sabe lo que le costó llegar hasta donde está ahora. A ser una pieza fundamental de Leverkusen y del seleccionado de República Checa, que acaba de concretar su regreso al Mundial 2026 después de dos décadas. Y a erigirse como uno de los delanteros más respetados de Europa, por haber sabido agregar el rol de futbolista de equipo a su temible juego aéreo y su rol natural de referente de área gracias a su metro con 91 centímetros.
“Yo llegué a ser quien soy por la disciplina que siempre tuve y por contar con la gente correcta al lado mío. Este es un deporte colectivo, y sin los entrenadores y los compañeros correctos no habría podido ayudar a mi equipo como lo hago”, comentó Schick, en marzo de 2025, en una entrevista para el sitio web de la Bundesliga. Tal vez el mejor reflejo de cómo lo alimentan sus compañeros y de cómo él a su vez los mejora es el alemán Florian Wirtz. Su gran socio en Leverkusen, que se fue a Liverpool para esta temporada por una cifra cercana a los 125 millones de euros. Eso sí: mientras que a Wirtz le costó bastante la adaptación a la Premier, en esta campaña el checo sostuvo su andar goleador sin fisuras.
Es importante tener en cuenta que a Schick lo respalda una historia de otros delanteros checos con cualidades parecidas a las suyas: buen porte, combinado con un manejo correcto y a veces hasta elegante, lejos del mote de “tronco” con el que algún prejuicio estigmatiza a los jugadores altos.
Los representante de un legado en República Checa
Los memoriosos recordarán que en el Mundial 1990, la última Copa del Mundo de Checoslovaquia, un delantero alto pero que no era un negado con los pies fue clave para llevar al seleccionado, en una gran actuación, hasta los cuartos de final. Tomas Skhuravy, que convirtió cinco goles en ese torneo y después desembarcó en el fútbol italiano para jugar en Genoa, es uno de esos atacantes que aplican al modelo del que Schick es un eslabón más evolucionado.
Más acá en el tiempo, uno de los ejemplos más concretos es el de Milan Baros. De porte respetable (1,84 metros) aunque con algunos centímetros menos que Schick, mostraba una técnica depurada que lo llevó desde el modesto Banik Ostrava en su país natal al Liverpool que ganó la Champions en 2005 en una final histórica ante Milan. Convivió por un tiempo en el seleccionado con otro referente entre los atacantes de su época: el también checo Jan Koller, más emparentado con la potencia física propia de un jugador corpulento que medía más de dos metros de altura.
El destino quiso que en el momento más importante Koller y Baros sufrieran inconvenientes físicos que perjudicaron severamente la chance de República Checa en el Mundial 2006, el único que jugó el seleccionado desde la escisión de Eslovaquia. Koller marcó un gol a los 5 minutos del debut en la victoria 3-0 contra Estados Unidos y parecía destinado a grandes cosas en la Copa del Mundo. Pero tuvo que ser reemplazado al final del primer tiempo por un problema muscular y ya no volvió a ver acción en el torneo. Baros, por su lado, venía de sufrir una tendinitis que le impidió estar en los dos primeros encuentros. Apenas pudo ser titular en el último, cuando se consumó la eliminación con una caída 2-0 frente a Italia.
Patrik Schick, una torre entre torres
Schick incorporó de a poco, a lo largo de su carrera, aspectos del juego que no le eran tan naturales. Se adaptó a distintos esquemas tácticos y sumó al juego aéreo un buen manejo de la pelota, como para no tener que ser siempre el punto final del ataque.
En el seleccionado, por lo pronto, ni siquiera es siempre el delantero más alto: a veces juega al lado del gigante Tomas Chory, un jugador de dos metros que puede funcionar de acuerdo al partido tanto de reemplazo de Schick como de complemento, para que no haya solo una referencia si la idea es buscar el gol a través del juego aéreo.
Son posibilidades que se permiten los entrenadores cuando el biotipo de los habitantes del país tiende a la estatura más bien alta. Y también cuando cuentan con jugadores inteligentes como Schick, que logró por ejemplo adaptarse en Leverkusen al juego de posesión y presión alta que proponía Xabi Alonso -por esas casualidades, compañero de Baros en aquel Liverpool histórico- y también cuando es necesario puede pasar a ser un 9 de área como los de antes.
Su efectividad en cualquier esquema está fuera de discusión: su media goleadora se mantiene constante y en el camino encuentra puntos fuertes en el más alto nivel, como cuando fue junto a Cristiano Ronaldo el goleador de la Eurocopa en 2021. Tampoco resigna la repentización y la belleza: por un tanto desde mitad de cancha que le anotó a Escocia en ese mismo torneo, fue nominado al Premio Puskas, aunque el honor finalmente recayó en el argentino Erik Lamela.
Mundial 2026: República Checa busca romper la maldición
Checoslovaquia vivió momentos de gloria en los Mundiales, con dos subcampeonatos en 1934 y 1962, a lo que se sumó la conquista en la Eurocopa de 1976, cuando un penal histórico de Antonin Panenka le dio el título nada menos que ante la Alemania Federal que había sido campeona del mundo dos años antes. Pero desde que el país se dividió en los 90 todo cambió. Aunque el subcampeonato europeo de República Checa en 1996 pareció indicar que el legado se mantenía intacto, después incluso la clasificación a los Mundiales, que hasta este año sólo había conseguido en 2006, se transformó en un objetivo casi inalcanzable.
De la mano de Schick y otros buenos jugadores, los checos tienen la chance de recuperar parte de la gloria perdida. Corea del Sur, Sudáfrica y México serán sus rivales en una fase de grupos que no asoma fácil.
El delantero buscará llegar de la mejor manera posible y evitar las lesiones, habituales en deportistas de talla grande, que en buena parte de su carrera le impidieron estar en su mejor nivel. Tiene un buen ejemplo a mano como para no descuidar: aquel inolvidable Tomas Skhuravy es la prueba de que llegar en lo más alto a ese mes de la Copa del Mundo puede resultar la diferencia entre ser un goleador más o transformarse en alguien de quien los futboleros hablarán por generaciones.
