¿Podrá Sudamérica mantener su récord en Mundiales de Norteamérica?

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José del Valle: Ecuador será la sorpresa del Mundial (3:29)

Brasil se llevó las ediciones de 1970 y 1994, mientras Argentina se coronó en México 1986.


En lo que respecta a las tres Copas del Mundo anteriores celebradas en Norteamérica, Sudamérica ostenta un pleno de victorias.

Brasil se alzó con un triunfo memorable en México 1970, Argentina se proclamó campeona en la misma sede 16 años más tarde y, nuevamente, fue Brasil quien levantó el trofeo al finalizar Estados Unidos 1994. Dicho torneo ofrece un interesante punto de comparación con la competición de este año.

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Sería inexacto afirmar que los sudamericanos jugarán en casa durante las próximas semanas. La distancia entre Buenos Aires y Ciudad de México es mayor que la que separa a Londres de Bombay. Norteamérica es inmensa, pero es seguro que parte de la delegación sudamericana se sentirá como en casa.

No será un Mundial sencillo para los aficionados que viajen, aunque selecciones como Colombia y Brasil deberían contar con un apoyo masivo de las comunidades locales. Además, los equipos que participaron en la Copa América 2024, celebrada en Estados Unidos, adquirieron una experiencia valiosa que sirve de referencia sobre qué esperar de un torneo estival en Norteamérica; esto debería otorgarles cierta ventaja inicial frente a rivales no aclimatados.

Pero no será fácil.

¿Benefició el calor de Estados Unidos a los sudamericanos en 1994? Quizás. Sin embargo, Brasil necesitó una tanda de penaltis para vencer a Italia, mientras que Suecia y Bulgaria completaron el podio. Y no cabe duda de que las mejores selecciones europeas son mucho más fuertes en 2026 de lo que lo eran hace 32 años.

España ha dado pasos de gigante desde 1994, mientras que Francia e Inglaterra atravesaban entonces un momento tan bajo que ni siquiera lograron clasificarse. Resulta llamativo que todas las campañas de Brasil desde su última victoria en 2002 hayan terminado en cuanto se enfrentaron a un equipo europeo en las fases de eliminación directa.

Si Sudamérica fracasa, no será por falta de experiencia pertinente. El futbol de selecciones en el continente funciona esencialmente mediante un ciclo que va de un Mundial a otro: hay cerca de un año para consolidar a un nuevo entrenador, seguido de 18 partidos de clasificación con una Copa América de por medio. Aunque muchas selecciones logran llegar a la fase final (seis de diez, con una séptima opción a través de la repesca intercontinental), la clasificación en Sudamérica es una prueba implacable, sin equipos realmente débiles y sin partidos fáciles a domicilio. Un total de 18 partidos exigentes, sumados a un torneo, deberían dejar a los equipos curtidos en mil batallas y listos para el Mundial.

--Brasil ganó la última Copa del Mundo celebrada en Norteamérica en 1994, pero ¿podrá conquistar su sexto título este verano? (Foto de Yuri Laurindo/Sports Press Photo/Getty Images)

Sin embargo, dos de las selecciones sudamericanas parecen haber alcanzado su punto álgido demasiado pronto.

Bajo la dirección de Néstor Lorenzo, Colombia encadenó una racha de 28 partidos invicta, iniciada en marzo de 2022 y concluida en la final de la Copa América 2024. Desde entonces, su rendimiento ha perdido contundencia y el equipo viaja a Norteamérica con la moral muy tocada tras la dura derrota sufrida a finales de marzo ante lo que, en la práctica, era el equipo suplente de Francia.

Uruguay es otro de los equipos para los que la Copa América marcó un punto de inflexión. Marcelo Bielsa parecía la elección ideal para una selección que necesitaba un relevo generacional. Contaba con un núcleo de jugadores que encajaban a la perfección en su estilo dinámico de presión alta, y los indicios iniciales fueron sumamente prometedores: una victoria impresionante a domicilio contra Argentina, un triunfo contundente sobre Brasil y una gran cantidad de goles al comienzo de la Copa América.

Entonces, todo pareció torcerse. Luis Suárez se retiró de la selección y, desde entonces, los goles han escaseado. Peor aún: también han escaseado las ocasiones de gol. Se supone que los equipos de Bielsa obligan a sus rivales a sufrir en su propio campo; sin embargo, para gran preocupación del técnico, últimamente a Uruguay le ha costado cruzar la línea de medio campo, tocando fondo con una estrepitosa derrota por 5-1 ante Estados Unidos en noviembre.

Uruguay atraviesa, pues, un momento bajo, pero eso podría convertirlo en un equipo peligroso. Es un conjunto que suele reaccionar bien cuando está contra las cuerdas, y el formato del Mundial de este año les otorga —tanto a ellos como a Colombia— cierto margen de maniobra para ir entrando en ritmo durante la competición.

Mientras tanto, otras dos selecciones sudamericanas viajan hacia el norte en un momento dulce.

Una de ellas es Paraguay, que regresa a la Copa del Mundo por primera vez desde 2010. Hace dos años, parecía condenada a quedarse fuera una vez más. Pero entonces, tras una desastrosa Copa América, llegó Gustavo Alfaro —su tercer seleccionador en la campaña— y todo cambió, sin necesidad de realizar apenas modificaciones en la plantilla.

Alfaro aportó estructura y confianza al equipo. Recuperaron sus virtudes tradicionales de solidez defensiva, sumadas a destellos de calidad de Diego Gómez y, sobre todo, de Julio Enciso. Con su estilo discreto, Alfaro se ha convertido en un héroe nacional, y hay grandes esperanzas de que su equipo logre avanzar en la competición a base de trabajo y constancia.

Por su parte, Ecuador presenta quizás argumentos aún más sólidos para ser considerado un equipo revelación. El país no debutó en un Mundial hasta 2002, pero gracias a una excelente formación de jugadores, va camino de consolidarse como una potencia real, tal y como quedó patente en la final de la Liga de Campeones de la UEFA del sábado.

Con Willian Pacho (Paris Saint-Germain) en un costado y Piero Hincapié (Arsenal) en el otro, queda claro por qué el equipo posee un registro defensivo tan magnífico. Llegan al último amistoso de preparación contra Guatemala acumulando una racha de 18 partidos sin conocer la derrota.

Es cierto que estas rachas suelen romperse cuando empieza el Mundial, pero pocos equipos desearán enfrentarse a Ecuador. ¿El problema? Falta de gol. El equipo sigue dependiendo del veterano Enner Valencia. Sin embargo, el formato de este Mundial les permite avanzar con poco más que solidez defensiva.

Y eso, por supuesto, deja a los dos grandes, los gigantes sudamericanos, para quienes cualquier resultado que no sea ganar el Mundial se considera un fracaso.

El seleccionador de Brasil, Carlo Ancelotti, se ha asegurado hábilmente un contrato hasta 2030; si Brasil no hubiera tenido éxito en Norteamérica, el acuerdo podría haber sido más difícil de negociar. Ha dispuesto de poco tiempo para trabajar y su equipo es una incógnita, más aún tras el amistoso del domingo en Río de Janeiro contra Panamá. La victoria por 6-2 hace que parezca una despedida impecable ante su afición, pero la realidad es más compleja.

Fue un partido de dos caras: en la primera mitad, y salvo los centrales, Brasil jugó con su equipo de gala y ofreció 45 minutos de juego torpe y deslavazado. Tras la entrada de los suplentes en el descanso, la historia cambió por completo; una cuestión de sistemas más que de nombres.

La idea inicial —la forma en que Ancelotti venía estructurando su equipo— contemplaba cuatro hombres en ataque. Aunque Matheus Cunha bajaba a ayudar en defensa, la pareja de mediocampistas quedaba en inferioridad numérica y superada por el rival. Panamá tuvo más posesión y generó el mismo número de remates. Tras el descanso, Brasil sumó un hombre más al mediocampo, situando a Lucas Paquetá y Danilo Santos a los costados de Fabinho.

El equipo ganó mucho más control y acabó goleando. Ancelotti confesó tras el partido que se marchaba con la cabeza llena de dudas. Es mucho mejor, por supuesto, despejar esas incógnitas en un amistoso dos semanas antes del gran inicio. Brasil, por tanto, es un equipo aún en construcción.

Por un lado, sus recursos en el mediocampo parecen escasos. Por otro, si Ancelotti logra equilibrar el equipo, el despliegue de talento ofensivo resulta temible.

Argentina, vigente campeona, ya domina tanto la fórmula como sus variantes. Salvo una o dos novedades, se trata esencialmente del mismo plantel que triunfó en Qatar, éxito al que han sumado una Copa América y una impresionante fase de clasificación.

Mientras otros equipos buscan encontrar la cohesión ideal durante el torneo, la gran incógnita para Argentina es si logrará mantener el nivel competitivo durante ocho partidos más. Podría haber cierto desgaste en la maquinaria: tanto en Lionel Messi, que cumple 39 años este mes, como en una defensa que a menudo parece vulnerable y que apenas ha cambiado respecto a la campaña de Qatar.

Sin duda, Argentina brillará en el Mundial. Su mediocampo, repleto de jugadores en plena madurez futbolística, tiene capacidad de sobra para desplegar un juego vistoso y elaborado en los estadios norteamericanos.

Nos regalarán momentos para el deleite de los puristas. Pero ¿será suficiente para alzar un segundo trofeo consecutivo? El desafío parece más arduo que en cualquiera de los Mundiales anteriores celebrados en Norteamérica.