Habían dudas y cuestionamientos válidos hacia la Selección Argentina en la previa del partido ante Inglaterra. La fase eliminatoria del Mundial 2026 había visto algunas falencias atípicas en el juego del equipo de Lionel Scaloni, al menos durante los últimos cinco años de su gestión. La dimensión del duelo de semifinales que se avecinaba y la calidad del rival exigía elevar mucho más la vara.
Vaya si lo hizo. La Albiceleste se guardó su mejor producción para el partido en el que más necesitaba hacerlo. Primero, con unos 45 minutos iniciales en los que comprendieron a la perfección el compromiso defensivo y la intensidad que demandaba un cotejo cargado de emociones. Y luego, cuando una vez más tuvo que mirar la adversidad a los ojos, con una demostración de corazón, coraje y por sobre todo fútbol para obtener una victoria histórica.
Argentina vs. Inglaterra: un comienzo para hacer sentir el rigor
Tal como lo habían hecho Carlos Bilardo y Diego Armando Maradona hace 40 años (y salvando las distancias de un contexto sociopolítico mucho más apremiante), Scaloni repitió una y otra vez en su conferencia de prensa que el enfrentamiento no era más que un partido de fútbol, y que cuestiones externas no debían interferir en ello.
Pero desde el momento en que ambos equipos salieron a la cancha en Atlanta, los futbolistas argentinos arrancaron el encuentro con un nivel de emocionalidad obviamente superior a lo visto en las instancias anteriores. Claramente había una motivación extra para afrontar un partido que, aunque sea en lo puramente futbolístico, tenía una enorme cantidad de alicientes que lo hacía más especial que los demás.
Así lo sintieron también los rivales. Tal como se esperaba en la previa, la primera mitad tuvo mucho más roce y disputas verbales y físicas que chances de gol, y cuando Ismail Elfath señaló el final, Argentina había cometido ¡12! faltas contra 7 de Inglaterra. Los goles esperados (xG) que se generaron entre ambos equipos no llegaban a los 0,1. Pero sorprendentemente, a pesar de los persistentes cortes en el juego, los de Scaloni se fueron al vestuario con apenas una tarjeta amarilla, la que vio Lisandro Martínez a los 41 minutos por frenar un ataque prometedor de Jude Bellingham. Una intensidad bien entendida.
El juego afloró cuando hizo falta
A pesar de que las sensaciones en la primera parte eran de cauto optimismo, en la segunda se debía ver algo distinto. El arranque de la Albiceleste fue más valiente, en búsqueda constante de espacios que estiren la defensa rival, pero al poco tiempo llegó el golpe. En la única chance de peligro inglesa de los segundos 45 minutos, Nahuel Molina pagó carísimo una desatención que permitió la llegada libre de Anthony Gordon por su banda, y la flamante incorporación de Barcelona definió sin problemas tras el centro de Morgan Rogers.
Sin embargo, lejos de capitalizar sobre la obtención de la ventaja, Thomas Tuchel tomó la extraña decisión de intentar aguantar el resultado durante 35 minutos con la introducción de cada vez más defensores. En cierto modo representó un riesgo calculado pero notable frente a un equipo que, aún en sus momentos más flojos, pudo siempre salir adelante ante equipos que apostaron por defender profundo en su propia mitad.
Cabo Verde, Egipto y Suiza habían intentado lo mismo. Habían conseguido estar arriba o igual en el marcador contra este mismo equipo y se retrajeron a su área, solo para que Argentina se dedique a tocar la pelota en búsqueda constante de desatenciones y aperturas que eventualmente encontró. Lo mismo se puede decir de los rivales a los que enfrentó en las eliminatorias sudamericanas, e incluso en los múltiples amistosos que disputó ante rivales de mucha menor jerarquía, pero acostumbrados a jugar de la misma manera.
De este modo, Inglaterra cayó en su propia trampa ante un contrincante que se sentía más cómodo que nunca cuando le ceden la pelota y el territorio. Y Messi y compañía olieron sangre y actuaron en consecuencia. Al igual que contra los egipcios, el capitán se tiró sobre la derecha, el ingreso de Rodrigo de Paul le permitió liberar la banda, y desde allí generó los goles de Enzo Fernández y Lautaro Martínez que dieron vuelta la historia.
La manera en que los campeones defensores llegaron a los goles tampoco fue casualidad, en lo más mínimo. En el lapso entre el primer y último tanto del partido, Argentina tuvo el 88% de la posesión: los europeos, tan solo el 12%. Argentina acumuló 1,00 de xG; Inglaterra, apenas 0,53 en todo el partido. Pickford tuvo que convertirse en figura con grandes tapadas a Julián Álvarez y Nicolás González. Alexis Mac Allister reventó dos veces el palo.
Fue un período de dominio absoluto de un equipo que sentía la urgencia del reloj y del resultado, pero que nunca se desesperó. Tampoco renunció a lo que lo llevó hasta este punto, a lo que le hizo levantar dos Copas Américas y una Copa del Mundo. Un fútbol de engaño, de picardía, pero también de valentía, de pelota al piso y de búsqueda de combinaciones. Un fútbol característicamente argentino para vencer al gran rival. Uno solo puede estar orgulloso.
