A 30 años de Argentina-Rusia: Pumpido, Goyco y un triunfo decisivo

El camino de la Selección argentina en el Mundial de 1990 no iba a ser fácil. El partido inaugural, ante Camerún, había dejado un golpe duro del que había que recuperarse. Y rápido.

Los campeones del mundo tendrían la revancha cinco días más tarde: el 13 de junio, por la segunda fecha del Grupo B, la Argentina se enfrentaba con la Unión Soviética. No quedaban muchas opciones para especular con el resultado: había que ganar.

Durante los días previos al partido, Carlos Salvador Bilardo decidió que había llegado el momento de tomar decisiones importantes. Y metió mano en el equipo. El partido contra Camerún había sido tan flojo que pocos jugadores se salvaron de la crítica.

Al DT no le tembló el pulso y dispuso de cinco cambios en relación al choque inaugural. Salieron del 11 inicial Néstor Lorenzo, Néstor Fabbri, Oscar Ruggeri, Roberto Sensini y Abel Balbo; en sus lugares ingresaron Julio Olarticoechea, Pedro Monzón, José Tiburcio Serrizuela, Pedro Troglio y Claudio Paul Caniggia.

El partido prometía ser apasionante porque la URSS también llegaba muy necesitada, tras perder en el debut por 2 a 0 contra Rumania. Tampoco podía fallar.

Pero si la Argentina pensaba que los problemas se habían terminado tras esa actuación fallida del debut frente a Camerún, estaba equivocada.

A los 11 minutos, apenas empezado el partido, un contraataque de la Unión Soviética terminó de la peor manera para la Albiceleste.

La jugada arrancó por la izquierda del ataque argentino. El pase al corazón del área chica de Igor Dobrovolskyi fue una puñalada. Nery Pumpido salió a cortarlo, al mismo tiempo que Olarticoechea se zambullía con sus piernas para evitar que el ruso Protasov conectara el balón.

Protasov remató y la intervención del Pumpido fue fundamental para evitar el gol, pero una de las piernas del Vasco chocó contra la del arquero argentino. Enseguida, el jugador de River levantó las manos de manera desesperada pidiendo ayuda.

LA PEOR PESADILLA
Lo que se suponía que podría haber ocurrido por la reacción del arquero y la de sus compañeros, pasó: Pumpido había sufrido una grave lesión. Más tarde, el diagnóstico sentenció fractura de tibia y peroné de la pierna derecha.

Pumpido estaba en el piso con mucho dolor, mientras el Vasco, quien era nada menos que su compañero de cuarto en la concentración del Mundial, trataba de consolarlo y seguramente, de buscar consuelo propio por la desafortunada acción.

“El choque fue muy fuerte, yo estaba enfocado en la pelota y en rechazar. Nery salió muy bien, pero chocamos. Y él se llevó la peor parte. Fue difícil después del partido, porque éramos compañeros de habitación y yo miraba hacia su cama y estaba vacía”, recordaba el Vasco.

“Sabía apenas choqué que me había fracturado. Por suerte lo tomé con calma, y me pude recuperar sin muchas complicaciones. Recuerdo que fue muy emotiva la despedida con los muchachos en ese momento, cuando me fui de la concentración”, decía Pumpido.

Parecía que la mala racha del comienzo ante Camerún se mantenía sobre la Argentina. Ya no estaban jugando en el Giuseppe Meazza, el escenario del partido inaugural y de clima hostil, sino en el San Paolo, nada menos, la cancha del Nápoli y el lugar donde Maradona era un Dios. El ambiente en las tribunas resultaba mucho más amigable, pero en la cancha el partido no lo era.

Enseguida, saltó al campo de juego Sergio Goycochea, el arquero suplente que sin mucha experiencia internacional tenía la enorme responsabilidad de defender el arco en semejante circunstancia.

Goyco necesitaba una mano para ganar confianza en ese partido trascendental, y Maradona se la dio: tras un centro desde la derecha y un cabezazo con destino de gol, el 10 puso la mano pegada al cuerpo (o no tanto) para salvar lo que parecía una caída segura. ¿Otra mano de Dios?

Podría decirse que la Argentina no mejoró mucho en lo futbolístico en relación a lo que había pasado ante Camerún. Pero los rusos no se presentaban como rivales tan duros, sin dudas eran menos físicos, dejaban más espacios para jugar y tenían desatenciones defensivas que podían ser aprovechadas.

Maradona salvó con su mano lo que podría haber sido el 0-1, que sumado a la lesión de Pumpido hubiera dejado un panorama negro para la Selección desde lo anímico.

Pero la URSS no aprovechó la chance de tener al adversario cerca del KO, y Argentina se fue recuperando. Primero, Serrizuela sacó un bombazo fiel a su estilo desde un tiro libre que el arquero Uvarov mandó al tiro de esquina.

Un rato más tarde, Olarticoechea, el mismo que unos minutos antes había lesionado a su compañero, se reivindicó. Paró una pelota con mucha calidad en el sector izquierdo del ataque, desbordó como si fuera Caniggia y mandó un centro perfecto a la cabeza de Troglio, quien a los 27 minutos puso el 1 a 0.

Por fin, un poco de tranquilidad para los dirigidos por Bilardo. Pero la Argentina, lejos de ser el equipo sólido y seguro del 86, daba ventajas. En esa primera mitad, Goyco tuvo la oportunidad de mostrar sus reflejos ante un gran remate de Protasov.

La ventaja de 1 a 0 tenía gusto a poco. La URSS estaba jugada en busca del gol y Argentina se defendía como podía. El partido era desordenado, pero la albiceleste no lograba sacar provecho de la desesperación del rival, ni de los espacios que dejaba. Caniggia, al que todos habían pedido como titular, quien ante Camerún había sido determinante, no podía desbordar como contra los africanos.

Otro remate de media distancia de la Unión Soviética obligó a una nueva intervención de Goycochea, con una doble tapada, la última ante el goleador Zavarov. El arquero suplente respondía bien, pero también mostraría una de sus grandes falencias: los centros.

Un tiro de esquina que llegó al área chica y una salida muy a destiempo del arquero no fue el empate ruso de milagro: a Protasov lo taparon justo cuando estaba por convertir.

De a poco, los de Bilardo empezaron a inquietar el arco de Uvarov. Maradona comandaba cada contra. Dos veces el 10 habilitó primero a Caniggia y luego a Burruchaga y los dejó mano a mano con el arquero. A Cani se la sacaron justo de la cabeza; Burru se lo perdió solo, también de cabeza y sin marca.

Burruchaga iba a tener su revancha minutos después. En una jugada confusa cerca del área, Troglio cayó por una supuesta infracción y en el césped tomó la pelota con sus manos. Pero el balón siguió en juego: el árbitro no cobró ni falta ni mano. En medio de esa confusión un defensor rechazó el balón hacia atrás, y Burru anotó el 2 a 0 ante la salida del arquero.

Faltaban 11 minutos para el final del partido y todo estaba definido. Argentina pudo haber marcado, incluso, el tercero, tras una buena tapada del arquero ante un remate mano a mano de Burruchaga.

EL GENESIS DE LA LEYENDA
Goycochea terminó el partido con la valla invicta: “Cuando vi que Nery no se levantaba, intuí que algo malo le había pasado. Porque el arquero, en una jugada así, no se queda tirado en el piso. La verdad que no estaba tan nervioso en ese partido. Fue todo tan rápido que no tuve tiempo de pensar en nada, más allá de jugar. Me puse más nervioso después, cuando jugamos contra Rumania”.

Bilardo nunca le dijo durante ese partido que Pumpido se había fracturado la tibia y el peroné. Y que seguramente iba a ser él quien estuviera a cargo del arco argentino en ese Mundial. Goyco se enteró al final del encuentro, dentro del vestuario. Bilardo no quería meterle más presión de la que ya tenía.

De urgencia y ante la ausencia obligada de Pumpido, el Narigón convocó a Angel David Comizzo para que se sume al plantel. El arquero de River, decía la prensa, llegaría a Italia para ser titular. Pero Bilardo, puertas hacia adentro, se encargó de darle seguridad a Goycochea: “No le hagas caso a los rumores, el titular vas a ser vos”.

Y así fue. Goyco no era muy reconocido para el público argentino. En realidad iba a ser el tercer arquero suplente, detrás de Pumpido e Islas, pero cuando el ex arquero de Independiente se negó a ser el segundo de Nery, Goyco subió un escalón.

De todos modos pensaba mirar el Mundial desde el banco, al punto que les había pedido a sus familiares que grabaran desde la TV la parte del inicio de los encuentros, donde aparecen los nombres y las caras de los suplentes, para tener esa imagen como recuerdo de su paso por Italia 90.

Tras ser suplente de Pumpido en River durante muchos años, Goyco había desembarcado en el fútbol colombiano en 1989. Allí, en Millonarios, equipo que era campeón en ese momento, jugó 49 partidos y tuvo buenas actuaciones que lo llevaron a ser temido en cuenta por Bilardo.

Pero su estadía en ese país no sería muy larga: el asesinato del juez de línea Alvaro Ortega hizo suspender el campeonato colombiano, y Goyco decidió volver a la Argentina (llegó a Racing) para tener continuidad.

El partido ante Rusia y la lesión de Pumpido marcó el inicio de su inesperado camino mundialista, donde pronto haría historia.