El ultramaratón Badwater - Lo que perdí y lo que encontré durante 135 millas de la carrera más imposible del mundo

Kelaine Conochan entrenó por dos años para correr Badwater, una carrera de 135 millas que incluye algunas de las condiciones climáticas más implacables y paisajes más inhumanos de la Tierra. Courtesy Badwater 135

"CERO MUJERES DEBILUCHAS en esta casa".

Una frase pegadiza, una vibra, un estilo de vida que mi mamá nos confirió a mi hermana y a mí cuando crecíamos. Ella la decía, flexionando sus bíceps después de lograr alguna hazaña de fuerza que las madres comunes y corrientes ni osarían, como arrastrar miles de libras de alfombra mojada por las escaleras del sótano y hasta el césped del frente para secarse luego de una tormenta desafortunada. Mi mamá no esperaría la ayuda de nadie. De hecho, ella probablemente consideraría condescendiente tu oferta. Lo haría ella.

¿Sus dos hijas? Absorbimos y nos convertimos en ese lema y esa bravuconería. La dureza, ¿sabes?, es un valor familiar.

¿Quieres una historia de origen? Porque aquí comienza todo.

Un avance rápido al 19 de julio de 2021. Tengo 38 años, me siento intrépida y preparada, y en la mejor forma de mi vida. La temperatura es de 113 grados afuera mientras aguardo el inicio de las 8 p.m. de la infame Badwater 135. Conocida como la carrera más difícil del mundo, la Badwater es un ultramaratón de 135 millas que cruza el Valle de la Muerte, California -- hogar de la temperatura más caliente jamás registrada en la Tierra.

Para completar esta carrera exitosamente, tendré que soportar un calor que derrite la piel y escaladas despiadadas. La carrera empieza en la Cuenca de Badwater, el punto más bajo de Norteamérica (282 pies bajo el nivel del mar) y termina en la puerta del Monte Whitney (8,374 pies sobre el nivel del mar), la montaña más alta en los Estados Unidos contiguos. En total, Badwater incluye tres secciones de escaladas de montaña, representando casi 20,000 pies de pérdida y ganancia de elevación.

Sí, es intensa. Pero ese es más o menos el punto. Y de eso me trato yo. Como una atleta, chica ruda de New Jersey, supongo que se puede decir que me han preparado desde que nací a valorar la dureza como moneda. Y quiero saber cuánto hay en mi cuenta.


LA PRIMERA OLA de adormecimiento se adueña de mí aproximadamente a las 12:30 a.m. No he estado corriendo ni siquiera por cinco horas todavía, así que sé que tengo que pelear contra ello. Tomar una siesta ahora significaría menos tiempo corriendo mientras el sol, con toda su furia, sigue escondido. Tomar una siesta ahora, al faltar 115 millas -- más tres secciones de montaña y dos amaneceres -- sería débil.

Y no entrené por dos años para ser débil.

"Encuéntralo", me digo a mí misma. Está oscuro, pero no me refiero a encontrar el próximo puesto de control, el camino delante de mí, o incluso la mano conectada a mi brazo. Es un mantra accidental con el cual me he topado durante esta carrera. Encuentra el poder para permanecer despierta. Encuentra el ritmo que se sienta bien. Encuentra lo que sea dentro de ti que te mantenga de pie y en movimiento.

Ni siquiera sé por qué de repente me siento tan cansada. Me iba increíble en el puesto de control de Furnace Creek, y eso fue hace menos de 2 millas. Tal vez ese viento fuerte, o haboob, al inicio me sacudió. Tal vez es porque ya llevo 17 horas despierta. Tal vez solo necesito hacer de tripas corazón.

Miro detrás de mí, esperando que otro corredor me alcance y me haga compañía, pero estoy sola a un lado de la línea blanca que bordea la carretera. Solo veo los contornos leves, oscuros de las montañas a la distancia. Las mismas montañas que atrapan el aire caliente acá abajo y lo hacen sentir como que estás parada bajo una secadora de pelo.

Creo que los desiertos son, por definición, desolados, pero me causa impresión cuán siniestramente callado está ahora mismo. Las únicas cosas que puedo oír son el viento silbante y el arrastrar de mis propios pasos. En secreto me encanta este sentimiento. Se siente ilícito, como si no cumplo con el límite de horario. Mi mediocre lámpara de cabeza proyecta un pequeño cono de luz frente a mí, suficiente para prevenirme de sufrir un esguince de tobillo o salirme de la carretera. Cualquier cosa más allá de este orbe brillante es un misterio que no resolveré hasta que lo atraviese corriendo.


LA GENTE SIEMPRE ME PREGUNTA por qué corro ultramaratones, y por qué Badwater en particular. ¿Por qué escogería algo tan riguroso y difícil? ¿Por qué quiero sufrir tanto? ¿Por qué no estoy satisfecha con 30 minutos de ejercicio moderado cuatro o cinco días por semana? ¿Un maratón? ¿Una prueba de 50 millas? ¿De 100 kilómetros? ¿De 100 millas? ¿Dónde termina la locura?

Nunca sé cómo responder a esas preguntas. Parecen más retóricas que curiosas, como si la persona interrogándome se ha quedado sin maneras de expresar su incredulidad, asombro o desaprobación.

Parte de ello es que aprendí temprano que para ser especial, tendría que trabajar en ello. No fui bendecida con altura o belleza de modelo, esos dones físicos que requieren solo mantenimiento de rutina. Y cuando entré en la pubertad -- mi cuerpo ya no era el más rápido o el más fuerte. Pero yo sabía una cosa: podía vencer a cualquiera en cuanto a esfuerzo.

El esfuerzo tal vez no te llevará a todos lados -- vamos a admitir que las becas de la División I requieren una mezcla de lo innato, la experiencia y la intervención divina -- pero te llevará bastante lejos. Ojalá que el esfuerzo me llevará cerca de las 135 millas.

Persevero.


APAGO MI LÁMPARA DE CABEZA para ver lo oscuro que es acá afuera. Miro hacia el cielo nocturno, tan lleno de estrellas, parece como si alguien decoró con purpurina una cartulina negra. Me recuerdo a mí misma a disfrutarlo todo porque es la razón por la cual me registré para la carrera. Para vivir cada sentimiento, cada vista, cada momento, incluyendo los puntos bajos. Especialmente los puntos bajos.

Afortunadamente, no estoy en esta pelea sola. Como cada corredor en Badwater, tengo un equipo de apoyo para ayudarme a cruzar este desierto desamparado, devastado por el viento. Más adelante, veo las luces intermitentes de emergencia de nuestra camioneta, una parada ambulante que me pasa cada 2 millas en esta travesía. Y en esa camioneta hay cuatro hadas corredores cuyo trabajo es asegurarse que no me muera, me desintegre o abandone la carrera.

Mi equipo. Mi gente. Mi cuerda salvavidas.

Ricky Haro, mi jefe del equipo de apoyo y el cerebro de esta operación. Ricky fue mi primera selección, sin duda. Él y yo ya tenemos historia en Badwater, trabajando juntos como equipo para nuestro amigo Mosi Smith en 2018, cuando abandonó en la Milla 95, y otra vez en 2019, cuando Mosi subió esa condenada montaña para su mejor registro personal.

En ese segundo lugar, elegí a mi perdido hermano menor, Jimmie Wilbourn. Jimmie y yo hemos estado unidos a nivel cósmico desde que nos conocimos en 2013 en Hood to Coast, una carrera de relevos por equipos de 200 millas en Oregon. Somos prácticamente la misma persona, pero Jimmie se crió en Texas y yo me crié en New Jersey. Él nunca dice palabrotas, y yo no puedo evitarlo. Él es un tipo, y yo no. Aparte de eso, gemelos.

Aunque suene raro, yo nunca había conocido a Kalie Demerjian o a Brenna Bray antes de escogerlas para mi equipo en Badwater. Es importante para mí que hayan más mujeres en los deportes y luchando por llegar a las carreras más difíciles en el ultra running, así que saqué las antenas al universo, tuve una llamada telefónica con cada una de ellas para hacerme una idea de su vibra y experiencia, y voilà. Compañeras de equipo. Eso podría parecer una manera de alto riesgo para hacer amigos, pero aquí estamos.

Mientras me acerco a la camioneta de apoyo alrededor de la 1 a.m. y alrededor de la Milla 22, estoy casi arrastrándome. Tomo Coca-Cola y como un montón de dulce con la esperanza de que comer como si estuviera en el puesto de golosinas de un cine me va a espabilar. En mi vida real, cuando no estoy corriendo un ultramaratón, literalmente no tomo refresco. Y la última vez que me importaron los dulces fue cuando me retiré de caramelos-o-travesuras en el sexto grado. Pero durante un ultramaratón, lo esencial son los alimentos altos en calorías que son fáciles de digerir. Dame tus azúcares blancos, tus carbohidratos, tus Pop Tarts empaquetados deseando ser comidos. Es como si el Duende Buddy fuese tu nutricionista.

Pero el subidón de azúcar no ha surtido efecto todavía. Como un esfuerzo desesperado, le pido a Ricky y Jimmie que me den mis auriculares.

Bum. Volvimos a estar en la contienda.

Es como si el fantasma de Whitney Houston ha entrado en mi cuerpo. Quiero bailar con alguien. Quiero correr a tu lado. Soy la reina de la noche. Canto hacia los vientos desérticos, entonando a viva voz las notas altas sin prestar atención a los lagartos o liebres norteamericanas que puedan haber estado durmiendo. Aunque no puedo ver otro corredor por millas, esto es una fiesta total ahora mismo.

Combatiendo esa ola de adormecimiento me da una ráfaga de confianza que me lleva por millas y horas. "Tú puedes, KC". Me hablo a mí misma en la segunda y tercera persona, como si mi cuerpo y mente fuesen entidades separadas.


CUANDO LLEGO al puesto de control de Stovepipe Wells en la Milla 42.2, son las 4:30 a.m. del martes. Mientras sale el sol, el desierto brilla con rosados y morados y ámbares, como sorbete de arcoiris derretido.

Aunque ya corrí 8.5 horas, me siento fuerte, eficiente y lista para hacer trizas de la próxima sección, un ascenso de 17 millas al Puerto Towne. La temperature va subiendo constantemente, y yo también.

"¿Por qué es tan difícil esto?" le pregunto a Brenna, quien me ha estado marcando el ritmo por las últimas 7 millas.

"Estás arrasando", dice ella. "Mira cuánto has cubierto ya".

Me volteo por primera vez en horas, y todo detrás de mí es cuesta abajo. Qué alivio saber que no es solo la fatiga lo que me desacelera y me fuerza a sentir el esfuerzo. Este terreno no es cosa de risa.

En la Milla 52, Kalie entra para marcarme el ritmo el resto del ascenso, y es como un relámpago. Pura energía. Cuando ella me apura, siento su prisa, casi como si la estoy encerrando. Ella quiere moverse. Lo puedes sentir. Sigo perseverando, y muy pronto hemos llegado en caminata de poder a la cima del Puerto Towne, la primera de tres secciones montañosas entre yo y la meta.

Milla 58.7 y todavía me siento fantástica. Casi 5,000 pies de elevación, obtenidos paso a paso desde bajo el nivel del mar, la mayoría de los cuales están por evaporarse cuando baje volando por las colinas. Me inclino hacia la pendiente cuesta abajo y me desboco por los caminos en zigzag empinados, enfocada en la frecuencia de mis zancadas. No necesito las señales de tráfico para anunciar cada 1,000 pies de descenso; lo siento cuando mis rodillas crujen como un molcajete. No tiene sentido luchar contra la gravedad. Es mejor utilizar esa velocidad libre, aunque duela.

Cuando me acerco al fondo de la montaña, Ricky entra a un trote estratégico.

"Jimmie te va a guiar de un lado al otro del Panamint. No haremos paradas de equipo porque quiero que cruces la zona de disparo lo más rápido posible", él dice. "Será difícil, pero tú puedes".

Comparada con las montañas que hay delante y las montañas detrás, la próxima sección de 7 millas de carretera recta parece plana y fácil.

Pero chica, no te engañes. Vas encaminada directamente al corazón de la bestia.

Jimmie y yo empezamos a cruzar el Valle Panamint, y empiezo a sudar de inmediato como un padre en el YMCA. "Se siente como Hurricane Harbor aquí adentro todo el día", dice Jimmie, rociándome con agua fría cada pocos pasos.

Esto es divertido. Esto podría ser divertido. Entonces, de la nada, esto no es divertido.

El Valle Panamint es donde los sueños van a morir. La temperatura del aire es de 114 grados, pero en la carretera -- recién pavimentada negra -- está mucho más caliente. Y no hay ventilación cruzada en el infierno.

El pobre Jimmie sigue empapándome con agua y dándome empujoncitos. Él viste mangas largas y pantalones largos para la protección solar, y me pregunto cómo no se ha secado en tasajo - un Slim Jim literal. Qué buen amigo. Sin Jimmie, estaría muerta y a estas alturas algunos coyotes caprichosos me hubiesen comido.

Puedo divisar nuestro próximo puesto de control en el Centro Turístico Panamint Springs, y mis ojos me dicen que falta aproximadamente una milla hasta que llegue ahí. Pero entonces veo una señal de tránsito que prácticamente me arruina la vida.

CENTRO TURÍSTICO PANAMINT SPRINGS -- 3 MILLAS

Pierdo la cabeza. ¿Cómo? ¿Cómo es posible que solo llevo la mitad de esto? ¿Estoy en una cinta transportadora retrocediendo?

Estoy rabiosa con todo y todo el mundo, porque ¿cómo es posible que esto se esté tardando tanto? Quiero respuestas, pero no las hay en el Valle Panamint. Es lo más cercano a la prisión de Azkaban que jamás he vivido.

Jimmie acababa de cruzar la carretera para reabastecer el agua y hielo, dejándome sola con mi angustia por unos minutos. Así que ahora estoy mirando la camioneta -- y cuatro personas generosas, amables que tratan de mantenerme de buen ánimo -- y sé que uno de ellos dirá algo amable.

Puedo soportar el calor y la irritación y la falta de sueño y las ampollas en los dedos de los pies. Pero lo que no puedo soportar es que mi equipo me mienta y trate de protegerme del hecho que esto es terrible ahora mismo y será terrible hasta que yo llegue de aquí hasta allí usando mis propios dos pies.
No puedo aceptar la falsedad. Así que me adelanto a ellos, gritando del otro lado de la carretera hacia la camioneta antes de que tengan la oportunidad.
"¡Más vale que nadie me diga que estoy haciendo un gran trabajo ahora mismo!"

Ellos me miran, atónitos y callados mientras les paso marchando.

Impulsada por mi rabia, al fin cruzo el tramo arenoso de Hades and e inmediatamente tomo una siesta en la camioneta. Mis muslos están marcados con espirales rojos, no de quemadura de sol sino de golpe de calor. Solo quiero quitarme mis pantalones cortos. La irritación debajo de la espalda de mi sujetador deportivo se siente como si alguien arrancó las alas de un ángel, lo cual se siente apropiado luego de haber deambulado por el infierno.
Me estiro en el asiento del pasajero, me cubro la cara para bloquear el sol y cierro los ojos.


CUANDO ME DESPIERTO de mi siesta, es una revelación total. A menos que hayan estado expuestos a bebés recientemente, tal vez se olvidaron de lo que puede hacer una siesta de 30 minutos.

No lo llamen un regreso.

Ricky me coloca una bandana de hielo alrededor del cuello y una toalla mojada sobre mi cabeza. Kalie entra a marcarme el ritmo, y comenzamos a ascender la segunda sección de montaña.

"¡Por fin te ves como alguien que está corriendo Badwater!" dice Ricky, 75 millas y 18 horas después de empezar la carrera. Ya era hora.
Debe haber algo en el agua con que Kalie me rocía porque vamos rápido en estos caminos en zigzag en las montañas. En cada curva, miro hacia atrás y veo otra vista asombrosa de la carretera detrás de mí y la vasta extensión que he cubierto a pie.

El paisaje es severo y evoca lo que podría encontrarse en Marte -- paredes de roca escarpadas, un cielo sin nubes, dudas de si alguna cosa puede sustentar vida aquí. Con esto como tu trasfondo distópico extraño, Kalie y yo hablamos sobre la vida y el nihilismo, y cuán liberador es creer que nada importa. Debajo de nosotros -- sí, debajo -- oímos aviones de combates volando por el Cañón Rainbow, un área de entrenamiento común para pilotos militares.

Antes de que te des cuenta, he conquistador 8 millas más y estamos en la Salida Father Crowley en la Milla 80.65. Jimmie me dice que Sally McRae, quien procederá a ganar la carrera de mujeres, se fue de este estacionamiento llorando. A juzgar por los montones de vómito que pasé hasta llegar aquí, estoy segura que ella no es la única.

Me siento fuerte pero cansada. Persevero, corriendo en los tramos planos y sintiéndome más fresca de lo que me he sentido desde anoche.

"¿Me puedo quitar esto?" pregunto, ofreciéndole a Ricky la bandana de hielo que se ha vuelto a llenar miles de veces y se ha atado alrededor de mi cuello. No quiero cargar el peso, y estoy cansada de estar tan mojada. La irritación, chicos. Es cruel.

"Todavía está a cien, así que no", él dice, riendo. Mano, el Valle de la Muerte de veras juega contigo. Te hace pensar que 107 grados es refrescante.
Llegamos al puesto de control Darwin en la Milla 90.6 a las 7:30 p.m. el martes. Hemos salido oficialmente del Parque Nacional del Valle de la Muerte y estamos entrando a la recta final de la carrera. He estado corriendo casi 24 horas, pero aún me faltan 45 millas más antes de que pueda darla por terminada en sentido figurado.

El tiempo y el espacio se vuelven amorfos y sin sentido. El sol salió, pero también la luna. El paisaje se ve igual -- desierto a mi izquierda, montaña distante a mi derecha. Pero allá delante hay una cordillera donde sé que hay una meta. Solo tengo que llegar ahí.


TODO EL DÍA, el sol me ha estado atacando directamente, pero ahora ella intenta una nueva estrategia. El ocaso, el asesino silencioso. Gracias a miles de años de acondicionamiento social y biológico, la oscuridad me dice que es hora de descansar. Pero no puedo detenerme ahora; no estoy ni cerca de haber terminado con esta carrera.

Para la Milla 95.6, soy un jinete sin cabeza. Veinticuatro horas y 55 minutos luego de empezar esta carrera, y mi cuerpo sigue progresando hacia delante, pero no estoy segura quién está manejando esta cosa. Todo se siente raro y al revés. Y aunque nunca he estado borracha en mi vida, me siento borrachísima.

"Creo que necesito una siesta", le digo a mi equipo.

"Quiero que te empujes a llegar a la Milla 100 si puedes", Ricky me dice. Le preocupa que si tomo una siesta ahora, perderé terreno y los corredores detrás de mí me dejarán atrás. Además, las metas son importantes y a veces los deseos de dormir se van, ¿no? Así que, oigan, estoy tratando de hacer estas próximas 4 millas súper rápido.

"Encuéntralo", me digo a mí misma. Pero no lo tengo ahora mismo. La resistencia es inútil. Pero hombre, cuánto aprecio a mi equipo siempre alentándome, creyendo que lo tengo cuando en realidad no lo tengo.

El momento en que salto al asiento de pasajero y cierro los ojos, tu chica está adormilada. Muerta de cansancio. Inconsciente. Ida en 60 segundos. Pero cuando Ricky me despierta 30 minutos después, salté como un pan tostado marrón dorado, lista.

"Comienza a cazar", él dice. Solo dos corredores han pasado, y lo único que veo delante son las intermitentes de las camionetas. Vamos.


BRENNA, KALIE, JIMMIE y Ricky se relevan a lo largo de las próximas 20 millas, la noche se vuelve progresivamente más oscura y más fresca mientras nos alejamos más del Valle de la Muerte. Las millas son un borrón en cámara lenta cuando la fatiga de verdad toma control.

Ahora que la temperatura ha caído a los 70 grados, mi cuerpo ya no está limitado por el calor, lo cual significa que empieza a desempeñar otras funciones más allá de refrescar los motores Mi sistema digestivo está volviendo a la vida, procesando todo lo que he ingerido. Mi barriga se siente con un poco de náusea cada vez que como.

Pero necesito calorías. No puedo completar 20 millas más sin combustible y con buenas intenciones. Por tanto, todo es un equilibrio. Todo es una lucha.
Pero me registré para esto. Yo quería esto. Sigo queriendo esto.

Pero cuando alcanzo la Milla 111 a la 1:21 a.m., camino a la camioneta y le digo de forma realista a todos que estoy tomando una siesta. "Despiértenme en unos minutos", digo. Hay una probabilidad de que me duerma antes de que mi cuerpo ni siquiera toque el asiento de pasajero. Pero 4 minutos después, Ricky me despierta, y muchaaaacha, te cuento. ¿La microsiesta? Vivificante.

Llegamos al puesto de control Lone Pine justo antes del amanecer el miércoles. He recorrido 122 millas, y aunque me encantaría pensar que terminar es algo inevitable, el resto de esta carrera es cuesta arriba. Tengo 13 millas y 5,000 pies de vertical entre mí y esa meta.

Supongo que este momento es tan bueno como cualquier otro para que me salgan ampollas en los talones. Esos malparidos sí que saben cómo arruinar una fiesta.

Miren, probablemente tienen mucha gente maravillosa en sus vidas que estarán ahí para ustedes cuando los necesiten. Pero si no tienen un Ricky, más vale que vayan a encontrarse un Ricky. Alguien que les limpiará sus pies con ampollas y olor acre sin preguntas ni quejas. Verdadero heroismo.

Incluso en mi condición -- salvaje, privada de sueño y aturdida -- sé que es un escándalo. Yo, arrodillada en frente del asiento de pasajero, comiendo un Pop Tart y colgando mis talones afuera de la puerta. Ricky, aplicando una tintura que arde tanto que me hace respirar como si estuviese de parto. Me pongo mi tercer par de zapatos y me preparo para el ascenso.

"Necesitas estar obsesionada con subir estas colinas", dice Ricky. Él sabe. Él ha estado ahí. El segundo que lo dice, estoy enfocada. No más holgazanear. Tenemos un trabajo por hacer.

Buenas noticias. Este trasero y estos muslos fueron hechos para dos cosas: mezclilla y ascensos.


ME QUEDA MENOS DE UNA MILLA de esta carrera de 135 millas que te chupa la vida, y quiero cruzar esa meta corriendo. Me estoy apagando, de falta de sueño y un déficit calórico infranqueable, y simplemente no tengo las piernas para acelerar si no sé cuánto me falta por recorrer.

Entonces Brenna viene corriendo dando brincos con una gran sonrisa en su cara. ¿Quién puede sonreír en un momento como este? ¡Estamos agonizando, Brenna!

"Hay una mujer delante, caminando lentamente... ¡Puedes pasarle!" dice ella. Ella cree en mí y sabe que soy competitiva. Pero ya superé ese punto.
Aunque me cae bien Brenna, no tengo la misma relación con ella que con Jimmie. Así que le grito a él en vez.

"No me importa ni un solo ser humano ahora mismo".

Creo que me refería a la mujer que estaba delante, pero con declaración tan general y una actitud tan grosera, no puedo estar segura. Honestamente, ni siquiera recuerdo haberlo dicho. Pero mi equipo puede corroborar que estoy poseída por una bestia interna.

Al fin, veo la meta y la mujer ya mencionada, hablando cortésmente y agradecida con su equipo mientras se acercan a la cinta.

Juro que amo a mi equipo también, pero tengo una manera curiosa de demostrarlo. Ellos se salen de la camioneta y me acompañan para correr hacia la meta juntos. Yo despego. Son tal vez 100 metros, pero es todo lo que me queda. Aún tengo algunos músculos de contracción rápida listos para disparar, y cruzo la meta no solo trotando sino corriendo fuerte. Cuando reviso los datos de la carrera, soy la sexta persona y la mujer más rápida en ese tramo de cuatro millas. ¿Acaso es una excusa para ser una zombi cruel? Probablemente no. Pero a mi equipo, lo siento y de nada por los recuerdos.


NO LLORO en la meta. No me siento abrumada ni encantada. No siento casi nada excepto cansancio extremo. Después de tomar algunas fotos y darle las gracias a mi equipo, me acuesto en el pavimento y cierro los ojos.

Lo hicimos. En serio que lo hicimos.

Me tomó 37 horas, 37 minutos llegar desde el principio hasta el fin, de los cuales pasé 64 minutos tomando siestas, al menos 120 minutos cantando y 25 minutos gritando cosas irracionales a mi pobre, fantástico equipo. Me liquidé 4 litros de refresco, 11 paquetes de Pedialyte, una piña y un contenedor de fresas, dos batatas, cuatro batidos de proteínas, dos paquetes de gomitas de sandía, una botella de pepinillos, una taza de fideos ramen y dos hash browns de McDonald's de emergencias.

Pasamos aproximadamente una hora en la meta, pero no estoy segura por qué. Estoy mínimamente consciente, intentando comer un panqueque pero en vez solo aguantándolo. Bajo la cabeza sobre la mesa para picnic e intento seguir siendo humana.

Más tarde ese día, mi equipo se registra en nuestro Airbnb, donde finalmente me tomo una ducha y me lavo el sudor, la peste y la tierra que me da esa onda de "chica criada por lobos". Mientras el agua calienta da contra mi piel irritada, en carne viva, grito un poco. Está bien, mucho. Pero vale la pena el dolor para sentirme limpia otra vez. Me acurruco para la siesta de dos horas más importante de mi vida.

Esa tarde, nosotros cinco nos encaminamos a una cafetería tranquila en un pueblo tranquilo. Solo somos nosotros, reflexionando sobre las historias de esta aventura mágica mientras el sol se pone detrás de aquella cresta de montaña cercana a la meta.

Es entonces cuando el sueño empieza a sentirse verdadero.

No sabia que era posible sentirte catártico y atolondrado al mismo tiempo, pero aquí estamos, muriéndonos de risa mientras empiezo a sentir un brillo cálido, de orgullo.

Mi equipo me pone al día sobre las cosas que me perdí mientras corría. Cuán odiosa y enojada estuve, cuánto calor les dio, y cuán sudados y cansados estaban. Pero hicimos lo que vinimos a hacer, así que los puntos bajos se convierten en momentos culminantes. Así los recordaremos siempre.

Porque de verdad completamos esta cosa.

Badwater fue como si hubiese vivido todas las emociones humanas al mismo tiempo.

Amor y dolor. Terror y triunfo. Ira y afecto.

Humilde pero invencible. Cerca de la muerte pero nunca más viva. Y muy, muy sudada.

Siempre he estado un poco aterrorizada de dejar ir las cosas porque da miedo pensar lo que podría suceder. Pero aprendí que para probarme a mí misma, no tenía que ser intrépida. Solo tenía que no tener miedos.

Tenía que sentirme cómoda al estar completamente expuesta -- ante mi tripulación, ante los elementos, ante la posibilidad del fracaso. Al miedo impensable de que no soy lo suficientemente buena ni lo suficientemente ruda. Que esos chicos han tenido razón sobre mí.

Tuve que correr sin pensarlo hacia ese miedo, y por qué no añadir un haboob mientras estás en eso. Porque tal vez tengas que dejarlo todo entrar para poder dejarlo todo salir.

Badwater me enseñó que no es la dureza o el esfuerzo lo que me distingue o me define. Es mi disposición de meterme al estadio y arriesgarlo todo. Mi vulnerabilidad es mi superpoder.

Solo tuve que salir allá afuera y encontrarla.