Kobe Bryant nunca dejó de intentar inspirar a los demás

Kobe Bryant contaba con una voluntad de hierro y una confianza incondicional en sí mismo. PHILIPPE LOPEZ/AFP via Getty Images

Quería ir de última. Mi deseo era permitir que todos los demás escribieran sus artículos sobre Kobe Bryant con motivo de su inminente retiro para después superarlos a todos.

Fue una apuesta audaz. Pero esa fue mi propuesta para él, durante aquel invierno de 2016. Pensé que mi audacia le sería atractiva. Que admiraría la confianza, la fanfarronería; quizás, hasta llegaría a reírse de la arrogancia mostrada por mí.

Pues no.

Él me dijo que accedería a cooperar conmigo para escribir un artículo sobre su vida, pero sin ser producto de la vanidad... ni mía ni suya.

"No estoy interesado en artículos para complacer a mi ego", me dijo, sin rodeos. "Tiene que ser algo que un atleta lea y se sienta inspirado por algo, aprenda algo y se exija a esforzarse hasta el límite".

Eso era lo que le importaba más, en esos momentos en los cuales su carrera en el básquetbol llegaba a su fin: transmitir todo lo que él había aprendido. Lo que realmente debió hacer para convertirse en Kobe Bryant. No quería ser entendido, porque eso era tarea imposible al contar con un alma tan implacable e incansable como la suya. Quería, simplemente, inspirar.

Eso es todo lo que puedo pensar en estos momentos, mientras lamento su muerte, ocurrida en un accidente de helicóptero en Calabasas, California, en la mañana del domingo, en el cual fallecieron ocho personas más, incluyendo su hija Gianna. "Disfruto entregar cosas", me dijo en 2016. "Algunas personas quieren llevárselas a la tumba. Como si fuera 'El Señor de los Anillos'. El mundo está lleno de muchos Smeagols (quienes) no pueden desprenderse del dichoso anillo".

Kobe Bryant se desprendió del dichoso anillo tras su retiro. Cedió el básquetbol y su escenario a futuras generaciones. Pero nunca dejó de intentar inspirar a los demás.

Escribió libros, guiones de cine, podcasts, relatos cortos, poemas. Las palabras brotaban de su ser. Recuerdo haberle dicho en una oportunidad que descansara, que disfrutara un poco de su retiro. Que desacelerara. De ninguna manera, me respondió, entre risas.

Hizo contacto con atletas de todos los deportes. Llamó sin anunciarse a escritores de la talla de J.K. Rowling, con el deseo de hablar con respecto a contar historias. Líderes empresariales, actores, músicos, directores. Y no solo les llamó por teléfono. Les llamaba a diario, a veces lo hacía tres veces diarias. Les perseguía. Solo con la intención de entender cómo alcanzaron la grandeza y absorber cualquier conocimiento o inspiración que estos le pudieran aportar.

En cierta forma, era todo un acto de audacia de su parte pensar que podía averiguar lo suficiente con unas cuantas llamadas telefónicas hablando con estos amos del universo y poder dominar sus talentos un día de estos.

Ahí está esa palabra otra vez. Audacia.

Esa era la definición de Kobe.

No solo contaba con voluntad de hierro o una confianza incondicional en sí mismo. Él se creía capaz de hacer que el universo se amoldara a su voluntad.

Y, demonios, en muchas ocasiones lo logró.

Esa era su intención cuando él le decía a la gente "vive míticamente" o que escribieran la frase "Sé legendario" en las zapatillas de alguien.

Esa era la base de lo que Kobe denominaba la "Mentalidad Mamba". Y es algo que sobrevivirá luego de su deceso.

Existen imágenes que capturan esa mentalidad. Los dos tiros libres que intentó después de fracturarse el tendón de Aquiles izquierdo en 2013. La mandíbula que resaltaba en señal de desafío después de una cesta importante. El puño alzado. A partir de ahora, veremos esas imágenes una y otra vez.

Sin embargo, no podemos capturar un espíritu como el de Kobe. Y estamos plenamente seguros de que no podemos sustituirlo.

Y esa es la razón por la cual su pérdida ha hecho mella tan profunda alrededor del mundo. Lo que ahora tenemos, lo que nos quedó, son todas las formas en las cuales él se comunicó con nosotros.

Contamos con toda una generación de atletas, escritores, músicos, artistas, actores, empresarios y aficionados que sentían que solo tenían un mensaje de texto o un tuit de distancia con él. Y cuando él percibía algo especial en una persona que le contactaba, él intentaba responder.

"La gente que conozco es apasionada por lo que hace", explicó. "Simplemente, me gusta verlos hacer grandes cosas. Eso es lo que disfruto".

A veces, era simplemente una línea de texto o un emoticono. Pero parecía que él podía darse cuenta cuando alguien requería escucharle y lo que éstos necesitaban oír.

Cuando estaba embarazada de mi hijo hace algunos años, Kobe puso empeño en comunicarse conmigo. Me prometió hacerle saber cuando el bebé estuviera en camino y 38 horas después de una complicada labor de parto que terminó con una cesárea de emergencia, recibí de su parte el siguiente mensaje de texto:

"Estás aportando las bendiciones más grandes de Dios al mundo. Has sido bendecida con el don del parto, un don que algunas no pueden tener. Las mujeres son milagros andantes".

Me encontraba en una situación muy difícil. Estaba agotada. Atemorizada. Conté con muchísimo apoyo dentro del propio hospital y mediante las llamadas y mensajes de texto de amigos y familiares. No obstante, ese mensaje me afectó profundamente.

Concéntrate en las bendiciones que te han sido conferidas, no en el dolor o el miedo.

Mientras el mundo entero lamenta su pérdida, conoceremos cientos, quizás miles, de historias por parte de personas que fueron afectadas positivamente por Kobe. Gente que le conocía un poco, o bastante. Gente que él no conocía en absoluto, pero a quienes contactaba, porque él creía que podía ayudarles o servirles de inspiración.

Candace Parker, estrella del equipo de Los Angeles Sparks de la WNBA fue contactada por Kobe antes del Juego 5 de las Finales de la WNBA de 2016. Había sido ganadora en todos los niveles de su deporte con la excepción de la WNBA, y sus intentos infructuosos se convertían en característica definitoria de su trayectoria deportiva.

Kobe le llamó y preguntó: "¿A qué le tienes miedo?", recordó Parker. "O pierdes, con temor. O vas a ganar. Es así de simple".

Parker jugó uno de los mejores partidos de su vida en ese Juego 5. Las Sparks vencieron al Minnesota Lynx para alzarse con el campeonato.

En la noche del domingo, Parker hizo acto de reflexión, evocando esa llamada telefónica de Kobe. Le comenté que yo habría intentado comunicarme con él, después de algo tan tremendo y monumental como esto.

"Sabemos que diría él", expresó Parker. "Simplemente era mejor cuando él lo dijo".

La cuestión radica en que yo no sé que nos diría él con respecto a esta tragedia.

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El australiano le rindió homenaje a la leyenda de la NBA saliendo al Rod Laver Arena con su camiseta y luego confesó haber pensado en él durante el partido.

Con respecto a su deceso, el fallecimiento de su hija, el fallecimiento de siete personas más que abordaron ese helicóptero en el Condado de Orange, en dirección a la Mamba Sports Academy de Newbury Park.

Este era un hombre que vivía en peligro, llevando sus temores hasta un lugar oscuro y profundo para reconstruirlos y convertirlos en un impulso incansable. Kobe conducía motocicletas y helicópteros, exigiendo a su cuerpo más allá de los límites humanos normales de tolerancia al dolor, fatiga y resistencia.

Él no era un ser intrépido. Sentía miedos, al igual que todos los demás. Simplemente, Bryant aprendió cómo hacer que su voluntad superara al miedo. O quizás, simplemente aprendió a burlarse de sus temores.

"Hasta cierto punto, yo era vulnerable, todos los días", me dijo en una oportunidad. "Siempre estás lidiando con el miedo, con algo dentro de tu imaginación. Algo que tú crees que puede suceder".

"No obstante, uno simplemente dice: 'No sé si puedo hacerlo. Pero lo intentaré'".

Yo no sé lo que él pensaba con respecto a la muerte o la vida eterna. Nunca le pregunté eso. Pero sí sé que reflexionaba profundamente respecto a ello.

Durante su proceso de recuperación tras esa ruptura del tendón de Aquiles, Kobe se obsesionó con la leyenda de Aquiles, el guerrero de la mitología griega que eligió tener una vida breve que sería recordada por la eternidad, en vez de contar con una larga existencia de pocas repercusiones en el mundo.

Los dioses no le dieron a elegir a Kobe, al menos, no que sepamos.

A pesar de ello, él vivió su vida como si ésta pudiera terminar en cualquier momento. Apasionadamente, con propósito, dolorosamente.

"Tienes que comprender el hecho de que somos humanos", me indicó. "Todos decimos porquerías que no deberíamos decir, todos hacemos cosas que no deberíamos hacer. Todos somos ángeles, todos somos demonios".

"¿Cómo podrás entender todo ello, con el único propósito de comprender que somos todas esas cosas?"

Cuando hicimos ese último artículo juntos, con respecto a su muerte en el básquetbol, le dije que iba a exigirle mucho. Iba a preguntarle sobre cosas incómodas, tales como la rota relación que tenía con sus padres, el caso de presunta agresión sexual de la cual fue acusado en 2003 en Colorado, ser denominado "imposible de entrenar" por Phil Jackson e imbécil egoísta por parte de compañeros de equipo, rivales y socios de negocios.

Le iba a preguntar con respecto a lo que él realmente necesitó hacer para vivir la vida que vivió. Los errores personales y profesionales que él cometió en pos de alcanzar la inmortalidad en el mundo del baloncesto.

Kobe no hizo marcha atrás.

En algunos momentos, parecía que él estaba azuzándome. Parecía querer que yo le exigiera más, le llevara más lejos. Que le sintiera sentir incómodo. Nuestras entrevistas eran competitivas y combativas. Como una partida improvisada de uno contra uno.

Le dije que no le creía que se sintiera conforme con abandonar a un equipo de los Lakers con solo 17 victorias. El Kobe Bryant objeto de mi cobertura periodística durante todos esos años estaría furioso con tantas derrotas, sin saludar como si fuera homenajeado en una carroza del Desfile de las Rosas, mientras decía adiós a los aficionados de toda la NBA.

Nunca refutó esa idea.

"Es algo simple", escribió, a altas horas de la noche del 6 de febrero de 2016. "Me ajusto a la realidad de la situación. La acepto. Estoy consciente de la ira y la acepto mientras me concentro en tener la mentalidad apropiada para este reto, que conlleva paciencia, enseñar y comprender. Retos distintos exigen mentalidades distintas".

"A mi criterio, no se trata de una muerte; más bien, es un acto de evolución, una transformación; o como diría Joseph Campbell: 'la nueva normalidad'".

Ese año, hablamos con frecuencia sobre Joseph Cambell y su obra "El Viaje del Héroe" ("The Hero's Journey"). Kobe lo leyó de principio a fin. Lo estudió con detenimiento, siendo autor de su propia leyenda forjada durante una carrera de 20 años en la NBA y autor futuro de lo que aspiraba se convertiría en su segunda carrera, como legendario relator de historias.

Le comenté que no me sentía convencida por sus pocas muestras de nostalgia o de nervios a medida que se acercaba su último partido en la NBA. Tampoco refutó esa afirmación.

"No estaba en mi casa cocinando, pensando y reflexionando sobre el deporte", me dijo, encogido de hombros. "Ya había comenzado a trabajar con miras al futuro. Después, todo se trataba de hacerlo una última vez, de la mejor forma posible para mí".

A la mañana siguiente, luego que Kobe disputó su último partido, una actuación audaz y legendaria en la cual sumó 60 puntos, la cual nadie que la presenció en vivo será capaz de olvidar, se despertó temprano y acudió a la iglesia.

"Creo que, después de 20 años, pienso que es importante agradecer por haber tenido una vida tan llena de bendiciones", me dijo. "Quería asegurarme de ir, rendir respeto y simplemente decir: 'Gracias'".

Pensé en ello durante la jornada del domingo, mientras me dirigía a la ladera sobre la cual se estrelló el helicóptero de Kobe. Cientos de aficionados condujeron hasta allá, para ser testigos, para afligirse, para celebrar su vida y legado. O quizás, solo querían constatar con sus propios ojos lo que aún parece ser tan inverosímil.

Comenzaron a hacerse altares improvisados en homenaje a Kobe en los predios del Mamba Sports Academy, hacia donde se dirigía el helicóptero. A las afueras del Staples Center, donde jugó el partido final de su carrera y se retiraron sus dos camisetas. A las afueras del complejo de entrenamientos de los Lakers. Varias edificaciones en todo Estados Unidos fueron iluminadas con los colores púrpura y dorado.

En el día en el cual el relator de historias más grande de la historia del básquetbol falleció, las personas que fueron inspiradas por él quedaron encargadas de intentar escribir el final de su leyenda.