Un sueño llamado Facundo Campazzo

Facu Campazzo es, en la actualidad, el único jugador argentino que juega en la NBA. Getty Images

Me gustaría que la situación fuese diferente, pero me estoy durmiendo. Ya pasamos la frontera de las doce de la noche, en casa todos están acostados y estoy solo contra el televisor esperando que ocurra algo que rompa con la monotonía. Pero nada. O lo de siempre: Malone en el banco dice algo que no logro entender porque con el barbijo no hay ni siquiera chance de adivinar alguna indicación.

El esfuerzo es en vano, porque yo me duermo. Ya ni se la cantidad de noches que pasé haciendo lo mismo. Esperando primero que ponga a Campazzo, después que le den alguna pelota a Campazzo, después que Facundo juegue de Campazzo, pero nada. Campazzo no juega, y yo me duermo. Con honestidad pienso que soy un idiota, un verdadero estúpido que bien podría estar descansando como corresponde para poder trabajar sin estar en estado zombie, para ser un padre ejemplar que juega de forma activa con sus hijos sin bostezar al día siguiente, para ser uno más del ejército de los que ceden ante los encantos tempraneros de Morfeo.

Nada. Malone sigue en la suya. Yo ya no se si aflojar y desparramarme contra el sillón o estirar otra noche en vela, porque si ya toleré tanto, si ya me banqué tantas malas, qué diferencia hacen 15 minutos más. Y me quedo. Pongo Twitter y es una catarata de insultos contra el entrenador, contra los compañeros, contra todo lo que se pone enfrente en el mundo Denver. Al CM de los Nuggets no le importa nada, Facu puede jugar 30 segundos que él los pondrá como los mejores 30 segundos de la historia del básquetbol NBA. Y no es para menos, el magnetismo de Campazzo y la enfermedad recurrente del fan argentino han llevado esa cuenta a números estratosféricos por semanas sin que pase nada. O muy poco. Y cuando las estadísticas acompañan, el capitalismo celebra. Y el CM espera un potencial aumento de sueldo que quizás nunca llegue. Allá con él.

La gente se enoja porque tiene sueño. Para qué negarlo. Porque quedarse, lo que se dice tolerar cuando al otro día hay que levantarse temprano -y si hay chicos quizás levantarse durante la noche más de una vez- es un esfuerzo que merece paga. Y esa paga nunca llega. Envidio a mi mujer, a mis hijos, a mis amigos. Sospecho que mañana será ese grupito de Whatsapp el que me refregará la estadística de Campazzo en la cara: ¿seis minutos? ¿te quedaste todo el partido por seis minutos? Y tendré fuertes ganas de acogotar al interlocutor de turno, aunque sea de manera digital.

Ahora Malone le dice a Campazzo que entre. Y Facu corre por un andarivel imaginario casi como un Carl Lewis del subdesarrollo. El tipo que llevaba la pelota en el Real Madrid, el que burló a la defensa de Serbia en China con pases de fantasía, el enganche que todos admiramos, va de lateral derecho. Empiezo a desesperarme. Monte Morris no se la pasa. Gary Harris mira para otro lado. Porter Jr. la que toca la tira y atrás no agarra a nadie. Pego un grito. Recuerdo: todos duermen. "¿¿Qué pasó??", contesta desesperada mi mujer. Nada, nada, replico. Y ese llamado de atención sirve para contener las ganas irremediables de patear el LED que aún estoy pagando en cuotas.

Van tres minutos desde que entró Campazzo y sigue sin tocarla. Me duermo pero no me duermo. Estoy absolutamente convencido de que soy un imbécil y me pregunto cuántos imbéciles estarán haciendo lo mismo que yo en este momento. Perdí el tiempo, una vez más. No aprendo nunca. Ya está, basta de Facundo. Es un fracaso, voy a admitir que lo que vaticinaron los eruditos estadounidenses era correcto. Todos los argentinos somos un ejército de fanáticos enfermizos, soy un fiasco y me equivoqué. No era lo que yo pensaba. Listo: la NBA no es para todos.

Pero entonces Nikola Jokic le cruza un balón a Facu y mete un triple. Y yo que estaba casi dormido, abro un ojo a media asta. Me refriego y alcanzo a acomodarme sobre el sillón. Campazzo, en la defensa siguiente, mete las uñas entre dos atacantes que le sacan no menos de veinte centímetros y roba la pelota. Corre la cancha, asiste un compañero, triple. Me despego del sillón y en un pique corto velocidad maxibásquet me acerco al tele. Malone ahora aplaude de manera enérgica, y el barbijo que lucía tan elegante ya lo tiene de costado. Campazzo agarra la pelota en el centro, Real Madrid style, y mete un pase lacerante absurdo, ridículo, fuera de contexto, que entra como un puñal para agrietar la defensa. "Oh my, Facu! What a pass!", dice el relator. Y yo pego otro grito vergonzoso, finito, que tendrá consecuencias mañana. Pero ya no me importa nada, porque Facundo, en estado de adrenalina galopante, mete otro triple en 45 grados. Éxtasis pleno.

Estoy disfrutando. Estoy sintiendo. Estoy viviendo. Pienso: qué suerte que me quedé despierto. Cuánta razón tenía con este chico. No me equivoqué cuando dije que tenía futuro en la Liga. Antes me dormía y ahora no me puedo dormir. Pienso en la cantidad de líneas narrativas que abren estas cuatro jugadas. Y si antes quería apagarme en el sillón, ahora sueño despierto. Campazzo no solo merece jugar, merece ser titular. No menos de 30 minutos por aparición. Ir a un All-Star Game y quizás ser MVP en un futuro cercano. Visita a la Casa Blanca con el mismísimo Joe Biden. Yo sabía que podía ser más que Magic Johnson, yo les avisé. No me escucharon. Miro el reloj, la una y cuarto de la mañana. Me tengo que levantar a las siete, me quiero matar. Pero ya no tanto. La reparación será casi inmediata, porque sospecho el amanecer socarrón del grupo de whatsapp: "¿Y? ¿Qué tal jugó Campazzo?".

Y con una sonrisa de oreja a oreja, maldormido pero feliz, no tendré piedad en la respuesta: "Querido, no sabés lo que te perdiste".