La mentira de Lance Armstrong

Para los amantes del ciclismo en los inicios del nuevo milenio fue casi imposible no tener a Lance Armstrong como ídolo. Subir a lo más alto del podio del Tour de Francia en siete oportunidades de manera consecutiva después de superar un cáncer testicular que hizo metástasis en pulmón y cerebro hizo que el estadounidense fuese considerado el más grande pedalista de la historia.

Su manera de correr sobre la bicicleta era elegante, no se despeinaba ni cuando subía a las más altas montañas de los Alpes o los Pirineos y siempre quería pasar primero la raya de meta. En las prueba a cronómetro era el más rápido, movía relaciones impresionantes y pocos se dieron el lujo de vencerlo en fracciones contra el reloj.

Cuando subía al podio a recibir el ramo como ganador de etapa era normal que sonriera, mirara de reojo a sus rivales, y con sólo una seña, les hiciera saber que era el mejor. Los que siempre quedaron por debajo de él en la clasificación del Tour, aceptaron la superioridad del que en ese momento era el gran ídolo de América del Norte y de todo aquel que le gustaba el ciclismo. A Armstrong todo le funcionó dentro y fuera de las carreras. A pesar de las sospechas, se le hicieron cientos de controles para detectar algún tipo de dopaje y todos resultaron negativos.

La vida le sonreía, en su cuenta bancaria descansaban millones de dólares obtenidos por sus victorias en carretera y su imagen como deportista, que explotó a las mil maravillas con las más famosas marcas de Estados Unidos. La Fundación que él montó para ayudar a personas con cáncer recibió un decidido apoyo y unas manillas que eran la imagen de dicha entidad fueron compradas por miles de personas en el mundo.

Tras ganar su séptimo Tour, se retiró para disfrutar de todo lo que consiguió, pero no pudo, ni tuvo la tranquilidad que le espera a un deportista exitoso cuando da el paso al costado. Después de colgar la bicicleta, varios excompañeros suyos no aguantaron y lo acusaron de doparse. Ciclistas que corrieron con él contaron que Armstrong no ganó limpio, que sus triunfos en el Tour estuvieron manchados por el tema del dopaje.

El estadounidense siempre lo negó y hasta demandas ganó con el argumento de que no había pruebas de positivo en los controles que le hicieron. La mentira comenzó a salir a flote cuando la Agencia Antidopaje de Estados Unidos decidió investigarlo, y después de recoger pruebas testimoniales de ciclistas, médicos y familiares del entorno de su equipo, finalmente concluyó que Armstrong lideró el más sofisticado sistema de doping de la historia del deporte. La Unión Ciclista Internacional tomó como base la investigación de esa Agencia y le quitó las siete victorias y lo sancionó de por vida. Unos meses después aceptó en una entrevista que se dopó para ganar. Con ello, el deportista, el triunfador, el ídolo se fue al piso. No sólo en el tema ciclístico se cayó del pedestal, en el tema económico varios de sus patrocinadores le quitaron el apoyo y decidieron acabar con esa relación comercial.

Lo que fue una carrera exitosa, plagada de triunfos y registros, terminó muy mal. Lance Armstrong quién era el más grande ciclista de todos los tiempos, el ídolo de multitudes, pasó a convertirse en el más grande farsante y tramposo de la historia del deporte.