A través de la NCAA, el COVID-19 nos recuerda que no ha terminado de impactar al deporte

Las consecuencias de la pandemia de COVID-19 se extenderán, al menos, por dos años más en el fútbol americano de la NCAA

La temporada del fútbol americano colegial del 2020 a su nivel más alto, ha sido suspendida parcialmente, convirtiendo al deporte universitario en la más reciente víctima de la pandemia de coronavirus.

Un grupo de jugadores que incluye al quarterback Trevor Lawrence de Clemson, y al corredor Najee Harris de Alabama, se unieron el pasado domingo por la noche en torno a un comunicado conjunto que incluía el hashtag "#WeWantToPlay", pero, que también delineaba ciertas condiciones para hacerlo. Entre ellas, procedimientos y protocolos universales y obligatorios para proteger a todos los estudiantes-atletas de todas las conferencias del COVID-19, la oportunidad de declinar jugar la temporada del 2020 sin que afecte su elegibilidad, y la creación de una Asociación de Jugadores de Fútbol Americano Colegial.

El mejor de los escenarios hubiera constado, quizás, de celebrar la temporada entera durante la primavera del 2021, aunque el cambio no era menor. Seguimos hablando de estudiantes, y las actividades deportivas de las universidades deben ajustarse a los periodos escolares. Simplemente mudar todos los deportes del semestre de otoño al de primavera --que, a su vez, cuenta con sus competencias tradicionales-- trae aparejado retos propios. En todo caso, este escenario depende de cómo se encuentre la situación de salud en unos meses, y la realidad actual es que no hay garantías.

En lugar de eso, cuatro conferencias de las 10 que forman la Football Bowl División --MAC, MWC, Big Ten y Pac-12--, optaron por suspender sus deportes otoñales, con miras a poder recuperar los eventos perdidos en la primavera. Previamente, las Divisiones II y III tomaron la misma determinación.

Al otro lado, la Big 12 reveló el día de hoy un calendario revisado, con la misión de jugar una temporada en este 2020 auxiliada por fechas flexibles, aunque dejando abierta la posibilidad, todavía, de revertir la decisión si la pandemia lo manda. Se espera que la AAC, ACC, SEC y Sun Belt sigan este camino, junto con los programas independientes.

Uno de los puntos que más me llaman la atención, en términos del fútbol americano --que no es el único deporte otoñal afectado--, tiene que ver con la elegibilidad de los jugadores. Un número de jugadores proyectados para la parte alta del próximo draft, como Micah Parsons de Penn State, Gregory Rousseau de Miami y Rashod Bateman de Minnesota anunciaron previamente su decisión de declinar jugar la presente temporada. En los tres casos, tienen el draft de la NFL a la vista.

No obstante, en muchos otros casos, la cosa no está tan sencilla.

Incluso antes de este cisma entre las conferencias que conforman el máximo nivel del fútbol americano, las condiciones para el deporte en el 2021 lucían complicadas.

Si se respeta la elegibilidad de los jugadores universitarios, lo cual no debe estar a discusión, entonces los jugadores que cada programa tendría contemplado para sus plantillas de otoño tendrían que, en términos generales, ser considerados para la plantilla de primavera. Pero, ¿qué pasa con los 'early enrollees', es decir, aquellos que terminan anticipadamente la preparatoria y se inscriben en la universidad desde el semestre de primavera para adelantar en sus estudios antes de la llegada del fútbol americano? ¿Se les permitirá competir por un puesto de plantilla? ¿Se les dejará fuera, con una designación de 'redshirt'?

Los tazones colegiales son una de las grandes tradiciones deportivas del mundo. Con un desfase de temporadas entre otoño y primavera que parte casi a la mitad a la máxima categoría del fútbol americano colegial, tendrá que reducirse, necesariamente, el número de juegos.

En la Football Championship Subdivisión, la cosa no es muy diferente. La antiguamente llamada División I-AA también está partida, con conferencias como la Missouri Valley Football Conference eligiendo un calendario de ocho encuentros para la primavera. Entre los programas de esta conferencia está North Dakota Sate, donde juega el quarterback Trey Lance, uno de los quarterbacks que mayor atención atraían para la campaña venidera.

Tratándose del draft, tampoco está tan sencillo. El Combinado de Talento, que se celebra tradicionalmente en el mes de febrero en Indianapolis, tendría que posponerse, lo mismo que el draft en sí. Las normas de la liga permiten celebrar el draft, por muy tarde, hasta el 2 de junio. Después de eso, se necesita votar por los dueños de la liga, aunque estoy seguro de que si fuera necesario se podría aplazar. No sería justo mantener las fechas actuales, para los jugadores que sí logren jugar en el otoño, y que quienes participen hasta primavera no puedan estar presentes. Aun con un aplazamiento, quienes jueguen en el otoño podrían llegar mucho mejor preparados para conseguir los tiempos que hacen salivar a los visores de la NFL, que aquellos que recién concluyan sus temporadas.

Encima de todo, ese escenario, nos arrojaría a uno similar al del 2020, es decir, otro año --el segundo consecutivo-- sin temporada baja para los rostros nuevos. ¿Podrían jugadores universitarios que participen en una temporada colegial de primavera, si la hay, tener suficiente tiempo para incorporarse a equipos de la NFL mediante draft y firmas como agentes libres no reclutados, absorber libros de jugadas y sistemas, y estar listos para jugar, ya como profesionales, en el otoño siguiente? ¿Podrán sus cuerpos absorber dos temporadas completas de fútbol americano a ese nivel, en un periodo de 12 meses? ¿Cuánto crecerá el número de lesiones?

Suena a demasiada presión para la nueva generación de jugadores de la NFL, como el quarterback Justin Fields de Ohio State, que es una de las escuelas de la Big Ten. Si así, como está el calendario habitual, es complicado para muchos sacudirse las lesiones que arrastran de sus universidades, y/o ajustarse a la vida de las filas profesionales, sin un periodo de aclimatación, será mucho más complejo. Este año, no hubo actividades de receso de temporada, tan necesarias para que los jugadores universitarios puedan ajustarse al que es, hasta ese punto en sus vidas, su mayor cambio. Al menos, hubo tiempo. La liga celebró su draft de manera virtual en la fecha que tenía programado, y los jugadores fueron gradualmente integrándose a sus respectivas plantillas mediante reuniones virtuales.

Bajo el escenario que nos plantamos, habría muy poco tiempo, en el mejor de los casos, para todo esto, por más que se abre en principio la posibilidad de prácticas presenciales.

Y en lo que toca a la NFL, es de suponerse que los equipos harán su trabajo habitual con veteranos durante el próximo receso de temporada, en la medida que el coronavirus lo permita, pero sus novatos de la Clase del '21 que deban esperar hasta la primavera para jugar, llegarán extremadamente rezagados a incorporarse al trabajo del resto, lo que lastima significativamente sus posibilidades de tener impacto inmediato.

¿Y si se obliga a quienes jueguen en la primavera a esperar hasta el 2022 para ser elegibles para el draft, en aras de mantener las fechas de NFL tan fijas como sea posible? Bueno, la consecuencia natural sería la generación menos talentosa en general de novatos para la liga en el 2021, seguida de una sobrecargada de talento en el 2022, un desfase que seguramente perjudicará enormemente a aquellos prospectos con esperanzas de media o baja ronda, que necesiten pelear por un sitio de plantilla.

En cualquier caso, la pandemia no ha terminado de impactar y modificar lo que para nosotros es normalidad deportiva. Desde un torneo de baloncesto en una burbuja en Orlando sin la totalidad de los equipos de NBA, una temporada de Fórmula 1 sin carreras fuera de Europa, y, desde luego, un montón de eventos sin público presente, siendo sustituido por recortes de cartón. La decisión de algunas conferencias de la FBS de posponer su temporada de otoño hasta el semestre de primavera, pero otras no, confirma que el coronavirus está lejos de permitir un regreso a la normalidad que, en el caso del fútbol americano universitario, podría tener que esperar hasta el 2022.