Cartas desde Barcelona: Cruyffismo o barbarie, las opciones de Koeman

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Golpe de realidad para el Barcelona (1:40)

Jordi Blanco con los ecos de la derrota del cuadro catalán frente al Bayern Múnich. (1:40)

BARCELONA -- Todo o nada. A falta de futbol, de juego y de resultados, a Ronald Koeman solo se le adivina una salida de supervivencia en el Barcelona: apostar por la juventud. Pero hacerlo de manera decidida e innegociable. Lo comenzó hace un año con Pedri, con Mingueza e Ilaix... Y parece estarlo en camino ahora con Nico, con Gavi, Demir o Balde. Pero ahora está en el momento crítico, en el de la verdad. Se le reclama que esa apuesta no sea de medias tintas, de dar minutos, sino de convertirlos en protagonistas a todo riesgo. Y caiga quien caiga.

Buena parte del barcelonismo ya no cree en el Koeman entrenador y se sospecha que solo le perdonará y devolverá el apoyo perdido si es capaz de repetir en el Camp Nou la revolución que un día llevó a cabo en Valencia. Romper con el pasado y ganar el futuro. Y aunque en ese futuro, quizá, ya no sea él quien dirija al equipo, pasar a la historia como el técnico que dio paso a una nueva era.

Johan Cruyff, en 1988, llegó a un Barcelona en plena ebullición. Era el último paraguas del entonces presidente Núñez y tras encontrar una plantilla muy, muy, remodelada lo primero que hizo fue poner contra la pared a dos vacas sagradas de la época como eran Carrasco y Julio Alberto. En cuanto pudo los facturó... Seis años después, en 1994 y tras enlazar cuatro títulos de Liga (y siendo arrasado su equipo por el AC Milan en la final de la Champions) metió mano en el vestuario: se cargó de un plumazo a Zubizarreta, Julio Salinas, Goikoetxea, Laudrup y Juan Carlos, varios de ellos futbolistas trascendentales para entender el Dream Team.

Cruyff comprendió la necesidad de regenerar a fondo una plantilla a la que agitó otra vez de manera bestial al cabo de doce meses. Se marcharon Koeman, Stoichkov, Eusebio y Begiristain (medio año después de la huida de Romario). Y Cruyff, que no era perfecto pero sí el más listo de todos, pasó de señalar a las vacas sagradas del vestuario a condenar al ostracismo a la clase media con la que había regenerado la plantilla y que no había respondido a la exigencia. Y apostó, con tanto descaro como suicidio, por la cantera.

De la nada surgieron Iván de la Peña y Celades. Y Toni Velamazán, Roger, Quique o Moreno. Y se añadieron a Busquets (Carlos), Carreras, Jordi, Òscar, Guardiola, Sergi o Amor para salvar la cara del equipo. Y también del club. La aventura acabó de mala manera porque la crueldad del marcador (se aspiró a todos los títulos hasta el final y no se ganó ninguno) y el divorcio entre el entrenador y el presidente desembocó en el despido de Johan y el cambio de directrices desde los despachos... Pero fue la primera vez en la era moderna que el Barcelona demostró al mundo que su academia era un lujo. Un lujo necesario.

URGENCIA
Ronald Koeman no es Johan Cruyff. En tiempos de globalidad e inmediatez su figura, legendaria, no tiene, ni de lejos, la trascendencia, y mucho menos el aura de quien fue su maestro. Futbolísticamente, como entrenador, también está muy alejado de aquel credo entre suicida y atrevido de Johan que siguió a pies juntillas Pep Guardiola. Pero sí es neerlandés. Y sí ha dado muestras durante su etapa como entrenador de su desinhibida apuesta por la juventud... Una circunstancia que se aventura de máxima urgencia hoy en el Barça.

A Koeman le afea el barcelonismo un futbol insulso, un pragmatismo destinado a ganar desde el conservadurismo que rechaza el aficionado, y apenas se sostiene tanto por la dificultad de encontrar un sustituto que sí case con la idea como por el coste de un despido que obligaría a pagarle más de 18 millones de dólares. Y solo tiene una salida: revolucionar el equipo.

Van der Vaart, Mido, Maxwell, Sneijder, Stekelenburg o Chivu en el Ajax; Manuel Fernandes en el Benfica; David Silva, Mata o Éver Banega en el Valencia; De Vrij, Martins Indi, Vilhena, Van Beek o Boëtius en el Feyenoord; Thomas Davies, Holgate o Calvert-Lewin pueden dar fe del atrevimiento del entrenador por dar juego a la juventud. En Valencia no se olvida, siempre para mal, que condenó a tres vacas sagradas de la trascendencia de Cañizares, Albelda y Angulo... Menos que impuso una nueva juventud y que gracias a su paso también se asentaron Albiol o Alexis. Y ganando una Copa en plena guerra civil del valencianismo.

Koeman no tiene más salida a ojos de la opinión pública que dar el paso definitivo. Arriesgarse sin red con Balde y con Gavi, con Nico y con Demir, esperar a Ansu Fati y Ousmane Dembélé, dar los galones a De Jong, Frenkie, claro, y agruparlos con los Mingueza, Pedri, Ronald Araújo, Eric García, Memphis Depay, Marc-Andre ter Stegen y, quien sabe, recuperar a Riqui Puig para que el Barça del futuro comience a mostrarse en el presente.

Ese podría ser el mejor título a conquistar por un club que, al borde del colapso económico, necesita regenerarse a toda prisa. Con la bandera del Cruyffismo en una última apuesta tan arriesgada como, se sospecha, necesaria e innegociable.