Durante la mayor parte de la carrera de Lionel Messi, en Argentina hubo un riesgo. Una inseguridad que creció a medida que las fatalidades de la Selección Argentina se acumularon. Una triste posibilidad que se hizo más visible con el correr de los años y que se desvaneció recién en 2021, cuando el ídolo tenía 34 años. Por eso este día tan especial se vivió con una felicidad más potente. Con la alegría que generan los logros más difíciles. Con un goce forjado con sacrificio y lágrimas.
El hincha argentino fue al Monumental en la penúltima jornada de las Eliminatorias para la Copa del Mundo 2026 a celebrar la épica de su héroe. A saludarlo una vez más y a agradecerle. Aunque el futuro siempre es una incógnita, hoy creemos que el partido ante Venezuela fue el último oficial de Messi con la camiseta celeste y blanca en esta tierra. El hecho tiene una trascendencia histórica gigantesca, pero sobre todo fue una oportunidad para demostrarle gratitud al futbolista más grande de su época. A uno de los dos más grandes de todas las épocas.
Su actuación esta noche fue digna de su vida en la Selección. Dos goles y una participación clave en el otro. Se divirtió con sus compañeros. Jugó él y los hizo jugar a ellos. Tiró paredes, se nutrió de la generosidad de Julián Álvarez en el 1-0, recibió una asistencia de Thiago Almada en el 3-0... fue un partido a la altura de Messi y eso ya es un elogio en sí mismo.
El pueblo argentino no ha tenido muchas ocasiones de ver en vivo a Messi. Una sensación de "hecho único" acompañó sus veinte años de carrera en el seleccionado. Forjó su carrera de clubes en el exterior y cada vez que jugó aquí por Eliminatorias, amistosos y Copa América unos miles de privilegiados se repartieron la dicha de vibrar con su talento desde las tribunas. Una generación entera cuenta con los dedos de una mano los partidos del diez que presenció. Por eso este día era tan especial. Porque era la última de muy pocas.
El Monumental es el estadio en el que más jugó en Argentina y era el escenario indicado para despedirlo. Casi cien mil personas asistieron a su función "despedida" en esta gélida noche de septiembre. Él mismo había decidido dejar bien claro que sería su última presentación oficial en casa. Como si sintiera la necesidad de que esta vez no hubiera dudas. Como si quisiera jugar sin peso sobre sus espaldas. Es que ya lo había hecho así muchas veces.
Más allá del precio elevado de las entradas en medio de una situación económica compleja en el país, hinchas de todas las edades se congregaron en el estadio de River Plate. Como ha sucedido en los últimos tiempos, fanáticos del fútbol de toda la vida que habían defendido a Messi cuando los advenecidos, los resultadistas y los meritócratas lo atacaron, compartieron tribuna con simpatizantes de ocasión. Peregrinos del tablón y tiktokers tienen permitido sentir lo mismo por un rato.
Fue largo y sinuoso el camino de Messi con la Selección. Comenzó con la esperanza de la juventud y luego llegó la confirmación de su genio en Europa. Entonces, más tarde, la espera. La espera por un éxito que tardó demasiado en llegar. Pasaron cuatro Mundiales, varias Copas América y decenas de partidos. Ilusiones renovadas y derrotas acumuladas. El círculo de la vida. En ese proceso apareció el temor. El miedo de que esta jornada de despedida no tuviera el sabor dulce del agradecimiento y el color dorado de la Copa del Mundo, sino la amargura de la oportunidad perdida. Del "cómo no le tocó a él". Cómo no nos tocó a nosotros.
Parece muy lejano aquel día de 2011, cuando Messi llegó al estadio de Colón de Santa Fe para jugar el partido de cuartos de final de la Copa América contra Uruguay envuelto en críticas a pesar de que ya era reconocido como el mejor futbolista del planeta sin discusión. Eran más los que lo miraban con recelo que los que se entregaban a su talento. Hoy, él es el rostro de tal vez el único sentimiento unánime de esta Patria: gratitud.
Pero primero en el Maracaná y luego en Lusail, el fútbol fue justo con Messi y con su pueblo. Él quizás no necesitaba la victoria para ganarse su lugar en el olimpo, pero lo merecía. Trabajó para eso. Sufrió para eso. Y después de los títulos vinieron varias noches de festejo como esta. Celebraciones populares, que unieron a la tribuna con la cancha, como pasa en todas las fiestas futboleras. No sabemos si la de esta noche fue la última, pero se sintió como tal.
Un hombre de 43 años y su hijo de 15 lloraron juntos en la popular del Monumental. Fue la primera vez que vieron en la cancha a Messi, pero lo conocen. Lo disfrutaron. Uno durante la mitad de su vida, el otro durante toda la suya. Su admiración por ese futbolista de la camiseta número diez es diferente, pero para ambos hoy termina una etapa. Eso también se sintió esta jornada. El cierre de una época en la gloriosa historia del fútbol argentino. Y en la vida de millones de personas. Una época inolvidable y feliz. No es poco.
