Maradona y Messi son los nombres propios del fútbol y de Argentina

Una mañana de noviembre de 2013, un argentino sube al ascensor de su hotel en Londres. Camino al desayuno, se abre la puerta y entra una familia. Entre ellos hay un chico que lleva con alegría la camiseta albiceleste del seleccionado con el número 10 en la espalda y el apellido de Messi. “Compatriotas”, piensa el hombre, pero no se anima a hablar con ellos. Llegan a la planta baja y se vuelve a abrir la puerta. El nene le hace una pregunta a su padre sobre el “petit-dejeuner”. Son franceses. Así y todo, llevan una parte de la identidad argentina con ellos. Y todo cuando, hasta ese entonces, todavía la Pulga no pudo ganar un título en mayores con el combinado nacional.

El largo viaje de Lionel con el fútbol, desde sus comienzos en Barcelona hasta la actualidad en Inter Miami, estuvo atravesado inevitablemente por su relación con la Selección Argentina. Pasaron ya más de dos décadas desde su coronación en el Mundial Sub 20 de 2005 en Países Bajos, cuando algunos relatores empezaban a hablar del “Messías”, destinado a heredar el trono que estaba vacante desde que en 1994 se terminó abruptamente la historia de Diego Maradona con la camiseta que más amó. Ese hilo invisible uniría a los dos para siempre. Como su vínculo con el país que en casi todo el mundo viene atado a sus nombres.

Maradona y Messi: trascender desde abajo

Es en todo caso terreno de la historia o de la sociología establecer cuándo comenzó en Argentina esa suerte de necesidad de ser vistos y prestigiosos en el resto del mundo. Probablemente por cuestiones vinculadas a su ubicación geográfica en el rincón Sur del mundo, la obsesión por el reconocimiento desde los llamados países centrales es parte de la identidad nacional desde hace mucho tiempo. Maradona y Messi fueron, en ese sentido, tal vez los más exitosos en pos de ese objetivo.

Es oportuno recordar que los futbolistas argentinos despertaron admiración más allá del Atlántico ya a comienzos del siglo XX. En 1914, por ejemplo, el por entonces muy poderoso Torino de Italia, conducido por el mítico Vittorio Pozzo (único entrenador bicampeón de la historia mundialista), llegó hasta el Río de la Plata para jugar contra la Selección y Racing y tuvo que rendirse ante la superioridad técnica de los locales. Sin dejar de reconocer aquel pasado glorioso, la atención que recibió la albiceleste desde que comenzó la era de Diego Maradona ubicó todo en un nivel distinto.

Uno de los primeros grandes hitos de Diego con Argentina fue el título con el seleccionado juvenil en Japón. No solo era uno de los puntos más remotos posibles para los argentinos, sino que además se trataba de una tierra que en algún punto estaba conociendo al fútbol de la mano de ese chico de rulos de 18 años y de aquel equipo. Lindo punto de partida para empezar a ser el embajador de una causa. Algo que Maradona continuó con la camiseta celeste y blanca pero también con la de Boca, con una gira que en 1981 lo llevó de nuevo a destinos tan dispares como Malasia, Hong Kong, Costa de Marfil y Guatemala. Con su magia y sus goles, creció la admiración hacia él en todo el mundo y también la asociación con Argentina.

“Llevo más de 10 años viajando, y me pasó siempre que al llegar a cualquier sitio, incluso a lugares superremotos, aislados del resto del mundo, todos lo conocían. Eso me daba mucha curiosidad. Y, como yo me dedico a fotografíar a la gente, me sirvió mucho para entrar en confianza, que las personas se abrieran y me dejaran retratarlas”. El relato, de junio de este año en una nota con Clarín, era de la fotógrafa argentina Sofía Pardo, que viajó entre otros lugares a Sudán del Sur, las islas del Pacífico Sur, Madagascar o Siberia. Podría haberse referido a Diego. En cambio, hablaba de Messi, el continuador perfecto de ese legado.

El número 10, parte de una identidad

“Se puso la 10”. La frase se ha dicho en algunas oficinas y casas de Argentina en las que nunca rodó una pelota, y ha estado en boca de personas que con suerte ven partidos solamente cada cuatro años cuando se juegan los Mundiales. Todos los que la escucharon saben que la referencia apunta a quien hizo un trabajo sobresaliente. Y aunque el significado de ese dorsal también viene desde los orígenes del fútbol en el país, nadie como Maradona y Messi en los tiempos modernos encarnó el imaginario que ató el número a la excelencia.

En España 1982, dentro del listado alfabético riguroso que dispuso que campeones del mundo como el arquero Ubaldo Fillol y el capitán Daniel Passarella usaran la 7 y la 15 respectivamente, o que Osvaldo Ardiles, uno de los mejores mediocampistas del planeta, llevara la 1, Diego fue la única excepción para calzarse el dorsal que llevaba atado inexorablemente a su imagen. Le hubiera tocado la 12, que intercambió con Patricio Hernández, avalado por el entrenador, César Menotti.

Hasta que Leo decidió que su ciclo en el seleccionado se cerrara, fue el heredero perfecto para el número mágico. Nadie pensaría en otra cosa, aunque tuvo compañeros como Alexis Mac Allister, de técnica indudable, que llevaban con justicia el 10 en sus equipos. Parte de esa tradición de la que Diego y la Pulga son símbolos cabales consiste, justamente, en hacerles saber a todos que los más talentosos de Argentina -que durante tiempos más que respetables fueron además los más talentosos del mundo- llevan asociados la cifra que mejor los representa.

Maradona y Messi, los salvadores de los pueblos

“Hoy, en uno de los controles de la ruta, la Policía nos requisó documentos, cámaras y teléfonos y nos escoltó a la comisaría. Es un país en guerra y se sospecha de que haya espías y saboteadores. Un agente vio los pasaportes de mis colegas argentinos y, entre un montón de palabras en ucraniano, dijo dos que entendimos: ‘Messi’ y ‘Maradona’. Ahí todo cambió. Nuestro gran camarógrafo Juan Zamudio mostró que tiene ¡un tatuaje de Maradona en la pantorrilla! Nos dejaron libres y nos devolvieron los equipos. Nos rescató la Mano de D10s”.

El relato de un periodista chileno en Ucrania en 2022 se parece a muchos que argentinos en diferentes lugares de riesgo reportaron desde los 70 hasta hoy. Como el del motociclista Emilio Scotto, que contó que fue arrestado en Chad en la década del 80, acusado de espiar para el líder libio Muamar el Gadafi. Cuando los guardias encontraron entre sus pertenencias una foto que se había sacado con Diego en Nápoles, dispusieron su liberación.

Casi tres décadas después, al ingeniero argentino Santiago López Menéndez lo secuestraron en Nigeria y se dio cuenta de que sus captores lo agredían por creer que era estadounidense. Empezó a gritar el nombre del 10 de Argentina. “¡Messi, Messi, Messi!”, exclamó, y consiguió que bajara la tensión. "Deciles que le agradezcan a Messi, que nombrarlo fue lo que me salvó", le pidió a la prensa poco después de su liberación.

Diego y Leo: símbolos de una manera de jugar

Aún no habías nacido

y andabas en mi envidia,

como en todos los niños

En el poema “Mi cotidiano insomnio” que escribió para Maradona en 2004, Leonardo Favio describió con maestría hasta qué punto Diego concretó con su aparición una forma de jugar que siempre estuvo presente en Argentina. En un país que amó el fútbol desde su creación, él fue la síntesis más acabada de un sueño colectivo: el de un jugador, casi un superhéroe, que permitía soñar que cualquier cosa sería posible mientras él estuviera en la cancha.

Una vez que se entendió que Diego no jugaría más al fútbol, los argentinos empezaron a conformarse con su recuerdo. Entonces apareció en el nuevo milenio otro 10 que tomó la posta. Otro abanderado de una forma excelsa de jugar.

Pero Maradona y Messi fueron más que dos talentosos sin igual. A la magia le sumaron uno de los rasgos más concretos de la argentinidad: competir como si la vida dependiera de eso. Esa marca, además de su talento, será la que quede cuando se piense en ellos como futbolistas. Y estará asociada para siempre al país en que se gestó esa forma de ser tan particular.