Tal vez por encima de los teléfonos fijos, los videoclubes y los mapas impresos de rutas, aquel postulado que reza que “el fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y al final siempre gana Alemania” es uno de las cosas que más penosamente quedaron en desuso en los últimos tiempos. Si alguien lo tiene más claro que nadie son los propios alemanes, que decidieron echar mano a Jurgen Klopp en busca de salir del laberinto tras los pésimos resultados de los últimos tres Mundiales, impropios del segundo mejor seleccionado de la historia de la competición. Es a él, uno de los entrenadores con más prestigio en el mundo, a quien le toca la tarea de reconstruir una casa desvencijada.
Ya en el comienzo del proceso demostró que no llegaba para pasar inadvertido. En su primera convocatoria, para los cuatro partidos a jugarse por la Liga de Naciones, sorprendió al armar una suerte de dos listas en una, con el llamado a 44 futbolistas. A los primeros 22 los utilizará para los encuentros como visitante frente a Países Bajos el 24 de septiembre y en casa frente a Grecia el 27 del mismo mes. Entre ellos se encuentran Kai Havertz (Arsenal), Jamal Musiala (Bayern Munich) y el veterano Marc-André ter Stegen (Ajax), que regresa como arquero titular tras la salida voluntaria de Manuel Neuer. El otro grupo, que incluye a Florian Wirtz (Liverpool), Nick Woltemade (Juventus) y Karim Adeyemi (Barcelona), estará disponible para recibir el 1° de octubre a Serbia y enfrentar el 4 en Tesalónica a los griegos.
"Quiero conocer a tantos jugadores como sea posible", se justificó en conferencia de prensa Klopp, quien excluyó al menos por esta vez a León Goretzka (Aston Villa), Leroy Sané (Galatasaray) y Deniz Undav (Stuttgart). Remarcó además que no hay un equipo A y un equipo B, lo que sumó intriga a todo el asunto.
En todo caso, ya cumplió el cometido de agitar un poco las aguas en una Alemania que necesita recuperar el entusiasmo. No es poco, aunque diste de ser suficiente.
Alemania, obligada a cambiar otra vez
Mientras que Alemania vivió en los últimos años una evidente declinación sobre todo en el seleccionado, su prestigio como escuela de fútbol se mantiene. Se refleja por ejemplo en el interés que siguen despertando sus entrenadores en los equipos más importantes del mundo. Por ejemplo Thomas Tuchel, que llevó a Inglaterra a su mejor ubicación histórica en Mundiales disputados fuera de casa. Pero esto, por diferentes motivos, no tuvo un correlato en los resultados del otrora glorioso seleccionado.
De los últimos tropezones en las Copas del Mundo, el sufrido este año fue uno de los más traumáticos. La Mannschaft parecía haber recuperado su mística de la mano de un técnico joven y probadamente valioso como Julian Nagelsmann, pero después de un gran comienzo con goleada 7-1 a Curazao y una buena victoria 2-1 a Costa de Marfil, se desmoronó. Cayó inesperadamente 2-1 ante Ecuador y luego sufrió una despedida todavía más sorpresiva frente a Paraguay, que la eliminó por penales en los dieciseisavos de final.
La nueva decepción forzó la salida de Nagelsmann. Se interrumpió así un proceso que parecía virtuoso pero al que no lo acompañaron los resultados ni el juego en las instancias definitorias. Klopp, que a sus 59 años parecía muy cómodo en el rol de baja exposición que había tomado desde comienzos de 2025 como director deportivo de Red Bull, apareció entonces como una opción obvia para que los dirigentes alemanes lo llevaran al seleccionado.
“Esto es un gran honor. Jürgen Klopp no tiene carrera después de la selección nacional. Idealmente, este será el punto culminante de mi carrera, de mi vida, de mi vida laboral”, comentó entonces el técnico, al tiempo que marcó de entrada los límites a la prensa. “Hago el trabajo aunque he oído cómo trataron a Julian (Nagelsmann), o cómo Inglaterra trata a (Thomas) Tuchel. Si las críticas se vuelven abrumadoras o se meten con mi familia, me voy”, advirtió.
¿Cómo le devuelve Klopp la esperanza?
Una de las fortalezas que se le reconocen al nuevo entrenador es la comunión que logró en los grupos que le tocó conducir. Fue muy claro tanto en aquel Borussia Dortmund con el que consiguió el bicampeonato entre 2011 y 2012 en la Bundesliga -una proeza considerando el favoritismo eterno del todopoderoso Bayern Munich- y la llegada a la final de la Champions en 2013. También lo hizo después, en ese Liverpool que volvió a saborear la gloria europea tras 14 años con la conquista de la Champions en 2019, y a llevarse el título de la Premier League en 2020, primera coronación en tres décadas. Todos esos equipos mostraban dentro del campo de juego un compromiso absoluto con el proyecto del entrenador, que les servía incluso para superar a rivales con más posibilidades desde lo técnico.
Las mayores dudas sobre las posibilidades de éxito de Klopp en Alemania, en todo caso, no pasan tanto por si logrará hacer entender sus conceptos tácticos, sino más bien por saber si podrá trasladar ese espíritu de fraternidad al seleccionado, con jugadores que en algunos casos apenas se verán unas horas antes de los partidos y tendrán períodos de convivencia más bien breves.
De lo que se tiene plena certeza es del conocimiento absoluto del entrenador sobre todos los aspectos del juego. La presión alta, el 4-3-3 en ofensiva y los extremos a pie cambiado que tantos resultados le dieron, sobre todo en Liverpool, se pueden amoldar perfectamente a un plantel con tantos jugadores de buena técnica como el de Alemania. Aunque, como ha demostrado muchas veces la historia, todo eso deberá ser ratificado dentro del campo de juego.
Klopp, la identidad de Alemania y el dedo en la llaga
Al nuevo entrenador le tocó la misión de recuperar la identidad del seleccionado en días en que justamente el ser alemán está puesto en cuestión. Como hombre que nunca rehuyó al debate político, Klopp dejó en la misma rueda de prensa en que presentó su primera convocatoria un mensaje en favor de un “patriotismo positivo”, en tiempos en que se afianzan en el país propuestas políticas vinculadas a la extrema derecha y con fuertes consignas contra la inmigración.
"Me gustaría recuperar la bandera para mí o para nosotros. No quiero dejar el orgullo nacional en manos de las personas equivocadas”, comentó, para luego ir más allá y sentenciar: “Puedo estar orgulloso de ser alemán y ser además abierto, diverso, amable y amigable”.
Por lo pronto, en sus equipos jugarán inevitablemente los alemanes de hoy, integrantes de una sociedad enriquecida por las diferentes culturas que la habitan. Es el mismo país que hasta no hace tanto sonreía por esa Mannschaft que unía a todos en festejos que se repetían una y otra vez.
No se puede asegurar que Klopp tenga la llave para que vuelva aquel tiempo de gloria, pero sí que Alemania estaba obligada a hacer el intento de la mano de su sabiduría.
