Juan Antonio Pizzi y Héctor Cuper ¿futuro divergente?

Eliminados tras dos choques amargos, Héctor Cúper y Juan Antonio Pizzi, dos hombres acunados en Argentina, afrontaban su enfrentamiento fratricida en el último partido del mundial tan apremiados como pesarosos.

Envueltos ambos en agudas críticas, con el vestuario al borde del motín y las respectivas federaciones, poco acostumbradas a la disparidad de opiniones y a la democracia, sobrevolando su cabeza y decisiones, como una agorera espada de Damocles.

El primero, por sus planteamientos tácticos, los mismos que habían conducido a la selección por la senda del Mundial, y que apenas dos semanas después del ansiado regreso al torneo parecían ya el origen de la debacle faraona.

Cierto es que la imagen de Egipto en el partido inaugural frente a Uruguay fue pobre. Pero fiel al librillo que el antiguo técnico de Mallorca y de Valencia aplica por costumbre, y que condujo a los faraones a su tercera Copa del Mundo, tras 28 años de ausencia.

Solidez defensiva, rigor táctico, solidaridad en la presión y una apuesta descarada por el contraataque, donde tiene a uno de los mejores jugadores del mundo en esta suerte: el delantero Mohamad Salah, tocado esta temporada por la varia del gol en una liga tan competitiva como la Premier.

Disminuido por la lesión que sufrió en la final de Champions tras un controvertido forcejeo con Sergio Ramos, la estrella egipcia vio el primer partido del Mundial desde el banco, en el que Cúper apostó con descaro por la ruleta rusa del empate.

La última bala la guardaba en la recámara José María Giménez. El defensa de Atlético Madrid la disparó en el minuto 90 y el primer cúmulo de críticas cayó en avalancha sobre al maestro de Santa Fe, al frente de los designios futbolísticos de Egipto desde 2015.

La amplia derrota ante Rusia, con un Salah intranscendente ya sobre el campo, agravó el descontento. Egipto nunca encontró el hilo al partido, ni siquiera el entramado defensivo funcionó ante unos meritorios anfitriones. En ataque, el brillo de Salah fue, además, nada más que una errática sombra.

Rotas las ilusiones, los rumores sobre el desencuentro entre los jugadores, el cuerpo técnico y la federación resquebrajaron la difícil convivencia, con Cúper y su futuro como objeto principal de debate.

Acorralado, el técnico respondió que solo seguiría "si el noventa por ciento de los jugadores y de la afición están de acuerdo con mis métodos", confiado en que una victoria ante los saudíes, que quedaría grabada en los anales del fútbol egipcio como la primera en un Mundial, le concedería capacidad de maniobra.

Minutos después de la derrota, certificada como frente a Uruguay en el tiempo de descuento en un partido en el que los saudíes llevaron la iniciativa, admitía con resignación que su continuidad dependía de la federación.

"Yo no tengo que dimitir porque se venció el contrato. No es una cuestión de dimisión, es una cuestión que mi contrato finaliza cuando terminaba el Mundial. Así que después ya se verá. Hemos tenido dos reuniones y dependeremos de una reunión cuando lleguemos a El Cairo", declaró.

El destino, siempre mudable, podría llevarle, sin embargo, no muy lejos, sobre todo si los rocambolescos y complejos mecanismos del fútbol, exentos muchas veces de memoria y sentimientos, se alinean en la vías por las que parecen transitar ahora.

A su derecha, Juan Antonio Pizzi se sentó este lunes en el banco oponente, con similares urgencias y las mismas críticas que su colega. Aplastado por Rusia (5-0) en un partido inaugural en que los saudíes dejaron una imagen penosa, pocos apostaban por su continuidad.

Algunos en el opaco seno de la dirección deportiva del reino susurraron, incluso, la necesidad de destituirle antes del encuentro frente a Uruguay, en el que los "Halcones verdes" mejoraron pero cayeron igualmente gracias al oportunismo de Luis Suárez, que sacó rédito a un grueso error en la salida del arquero.

Exultante tras la victoria ante Egipto, Pizzi admitió en rueda de prensa que su futuro sigue en el airea a pesar del histórico resultado.

Y dejó entrever su deseo de seguir con un incierto proyecto que inició en noviembre pasado, sujeto al proverbial capricho y a la veleidad implícita de los dirigentes saudíes.

La selección árabe se clasificó para el Mundial con brillantez, como primera de grupo, un éxito que no le garantizó a su bruñidor, el holandés Bert van Marwijk, la continuidad en el timón, que fue entregado a Edgardo Bauzá.

El argentino apenas duró tres meses en el cargo. Tres derrotas y dos victorias en partidos amistosos sirvieron para que le mostraran la puerta de salida a apenas seis mese del inicio de la cita mundialista.

Pizzi defendió ante los periodistas su trabajo en el escaparate del fútbol mundial e insistió en que tanto él como su cuerpo técnico "están muy a gusto".

Pero se le trocó la sonrisa en una mueca de sorpresa cuando uno de los periodistas le preguntó que le parecía que Cúper fuera a ser su relevo. No quiso contestar.