Manu Brunet: La herida sanada, el circo del éxito y la humanidad que le faltó a la Selección

En la casa de Manuel Brunet no hay vitrinas iluminadas. No hay camisetas enmarcadas en el pasillo ni una medalla de oro descansando sobre la mesa de luz. Para encontrar los rastros físicos de haber tocado el cielo en los Juegos Olímpicos de Río 2016, habría que revolver cajones profundos. Y eso no es descuido; es una declaración de principios.

"A mí, cuando me presentan en algún lado como 'campeón olímpico', me da calor. Intento que se me valore por la persona que soy. Que esos logros queden donde tienen que quedar: en un tercer plano", explica. Manu no quiere que su identidad sea un objeto de bronce; prefiere la coherencia de su trayectoria por sobre el brillo del metal.

La pedagogía del cajón: El éxito como rincón, nunca como altar

En un mundo de vitrinas iluminadas y perfiles de Instagram diseñados para el aplauso, la casa de Manu Brunet propone una ética distinta. Allí el galardón de campeón olímpico no es el centro de gravedad. No hay reliquias a la vista ni santuarios que recuerden quién fue el hombre que vestía la 24.

"Acá en mi casa no vas a encontrar la medalla ni una camiseta. Yo quiero que mis hijos vean a su papá; a un papá normal y no al deportista que ha tenido logros. Mientras menos vivan esa parte, mejor", confiesa con una transparencia que desarma.

Esta "pedagogía del cajón" es una lección de libertad. Al guardar el metal, Manu evita que el éxito se convierta en una carga para los que vienen detrás. Les enseña que el orgullo no se cuelga en una pared, sino que se lleva en la forma de caminar. Para él, la medalla es un suceso, un punto en la línea del tiempo, pero no es su definición. Al dejar el oro en la oscuridad de un cajón, permite que lo que brille sea la persona, el profesional y, sobre todo, el padre que elige ser valorado por su presencia y no por su pasado.

El lado oscuro del oro: egos y heridas sanadas

Pero detrás de esa decisión de resguardarse, también hay una historia de desencanto. El éxito olímpico no fue solo el pico más alto del hockey argentino; fue también el inicio de un sismo interno que resquebrajó estructuras y amistades. Brunet, un hombre de club, de vestuario y de códigos bielsistas, vio desde adentro cómo la gloria mal gestionada puede ser corrosiva. "Creo que esos logros se podrían haber usado para algo mejor. A mí me molestó que sucedieran cosas que hicieron que los nombres y el ego de cada uno pesara más que la camiseta. Para mí, fue doloroso en ese momento".

Con la serenidad que otorga el paso del tiempo, el rosarino confiesa que esa etapa le sirvió para realizar una radiografía cruda del entorno: "Pude ver con claridad quién buscaba el bien del deporte y quién buscaba el beneficio propio. El tiempo te enseña cómo funciona el circo y te muestra de qué está hecho cada actor".

El dolor de las otras camisetas y la falta de humanidad

Ese "circo" al que Manu hace referencia tuvo consecuencias tangibles y dolorosas para el deporte argentino. Referentes vigentes y en la cima de sus carreras —como Gonzalo Peillat o Joaquín Menini (de quien Manu es amigo)— terminaron alejándose del sistema o, peor aún para el hincha, vistiendo los colores de otras naciones. Lejos de pararse en el atril de los jueces o sumarse al linchamiento en redes sociales, Brunet hace un análisis que apunta directo al sistema: "Me parece que faltó hacernos la pregunta de por qué jugadores y jugadoras que han representado a Argentina tanto y tan bien, no están. Faltó cercanía, faltó humanidad, faltó ver de qué manera se podría haber hecho algo para que las cosas fueran distintas. Atrás de cada jugador y de cada camiseta, hay personas. En la vorágine de lo que es Argentina, se tiende a olvidar eso. A mí me resulta difícil de entender cómo se nos van esos jugadores y cómo se pierden en el camino".

La criminalización del desacuerdo

Al profundizar en las razones de su alejamiento y en la diáspora de talentos que sufrió el hockey argentino (con figuras jugando para otras selecciones), Brunet pone el dedo en la llaga: la incapacidad de la dirigencia para gestionar el pensamiento crítico. Para Manu, la crisis no fue técnica, fue humana. "Yo creo que el desacuerdo no tiene que ser, ni tendría que haber sido nunca un problema", dispara con una lucidez quirúrgica. En su visión, el fracaso institucional radicó en la falta de espacios para "exponer, hablar y entender los porqués” y agregó: “creo que va a llegar un momento en el que cada uno, cada actor, mire para atrás y vea cómo caminó".

El retiro silencioso y el vaso lleno

La salida de Manu del seleccionado no tuvo flashes de despedida. Ocurrió en un momento donde su nivel seguía siendo de elite mundial, brillando en las mejores ligas de Europa. Le tocó mirar desde afuera durante años algo a lo que podría haber seguido aportando desde adentro. ¿Siente que fue injusto? Su respuesta es una clase de perspectiva. "A nivel Selección, estuve lo que quería y más. Siempre lo hice disfrutando, me he tomado infinidad de colectivos y he viajado muchísimo para entrenarme contento. Cuando me tocó no disfrutarlo, di un paso al costado y cuando me sacaron, tampoco pasó nada", explica, desdramatizando una salida que a cualquier otro le habría generado rencor eterno. Al final del viaje, la balanza de Manu Brunet no se pesa en gramos de oro, sino en afectos. La medalla quedó en un cajón, pero los vínculos cruzaron el Atlántico. "Lo que me dio el hockey es infinitamente mayor a lo que hubiese firmado a mis 15 años. Conocí a mi mujer, a personas increíbles. Voy a Madrid y tengo gente querida; voy a Bélgica y tengo otra familia. Eso es lo que realmente ganás. Por eso uno sigue aferrado a estas cosas... lo demás está y seguirá estando en donde tiene que estar", finiquitó el papá de Luca y Franco.