MÉXICO --
Cuando decidió convertirse en piloto, el hijo del legendario Gilles Villeneuve se convirtió inmediatamente en un talento a seguir. Haber tenido un padre famoso fue beneficioso y contraproducente: si bien muchas puertas se le abrieron, no se esperaba de él otra cosa que el éxito. Pronto, Jacques se hizo un nombre propio.
Nació el nueve de abril de 1971 en la parte francoparlante de Canadá, Quebec, donde su padre tomó por sorpresa al mundo del deporte y a la cual llegó junto con su familia –su esposa Joanny sus hijos Melanie y Jacques, tuvieron una vida nómada recorriendo Norteamérica con la Fórmula Atlantic en un motorhome en el cual también vivían durante sus fines de semana en Europa una vez que Gilles fue contratado por Ferrari. El pequeño Villeneuve quien creció en el ‘paddock’ de la F-1 quedó desconcertado con la muerte de su padre durante la clasificación para el GP de Bélgica en Zolder. Su madre lo envió a una escuela privada en Suiza, donde Jacques se hizo ferozmente independiente y finalmente se decidió por seguir los pasos de su padre.
Barrió con las categorías: en Italia, F-3 europea y Japón, F-Atlantic e IndyCars en los EE.UU. En 1995, con 24 años, se convirtió en el piloto más joven en ganar la Indy 500 y en ser campeón de la categoría. En 1996, Williams lo desembarcó en la F-1 y comenzó haciendo la Pole en su primera carrera. En aquel evento en Australia finalizó segundo (tuvo una fuga de aceite). Al final perdería el campeonato de pilotos contra su compañero de equipo, Damon Hill, pero en el mundo de las carreras solo se hablaba del eléctrico debut de Jacques en el serial.
En 1997, Villeneuve completó su rápido y furioso ascenso al ganar siete carreras y ganar el campeonato de manera espectacular al derrotar a Michael Schumacher, quien todavía en la última carrera en Jerez, España, hizo un intento ‘suicida’ por la corona. La infame maniobra del alemán queda en el anecdotario de un año en el que el nombre Villeneuve reivindicó su sitio en la historia del automovilismo y con el folklore que generó.
Jacques era toda una personalidad; un rockstar, o popstar, con traje de piloto de carreras. Pelo pintado, continuamente declarando en contra de las autoridades y sus colegas, a los cuales llamaba, ‘robots corporativos’. Incluso cuando ya no estaba en su mejor momento, el presidente de la FIA, Max Mosley, aceptó que la F-1 se beneficiaría con el factor Villeneuve y el escándalo que generaba. Además, su estilo de manejo era espectacularmente riesgoso y también rápido, muy.
En 1998, coincidiendo con la caída de rendimiento de Williams, su agente de toda la vida, Craig Pollock concretó su pase al equipo British American Racing team (BAR). Cuando Villeneuve se unió a la aventura, sus críticos espetaron que fue por dinero; para que Jacques fuese el segundo mejor pagado. De todos modos, el equipo no fue a ninguna parte y la reputación del canadiense se vio seriamente dañada, así como su motivación.
En 2003, después de cinco años con BAR y ya con nueva administración, su contrato ya no fue renovado y parecía el fin del ex campeón en la F-1.
Sin embargo, Renault lo contrató para las últimas tres carreras de 2004 y el año siguiente llegó a un acuerdo de dos temporadas con Sauber. En 2006 el equipo fue adquirido por BMW y el norteamericano se quedó en la organización pero a mitad del camino se le indicó que le diera oportunidad a un joven piloto polaco (Robert Kubica). A los 35 años, Villeneuve intuyó lo que venía y decidió dejar el deporte.
“A la chin… con esto”, declaró. “Es tiempo de seguir con el resto de mi vida”.
